Corrientes, sábado 24 de octubre de 2026

Cultura Corrientes

Rubén Duarte y los duendes o las formas secretas de la permanencia

24-10-2026
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Por Facundo Sagardoy

Toda vida es una biblioteca en construcción. En sus estantes se acumulan las voces que nos nombraron, los rostros que el tiempo volvió memoria, las heridas que aprendimos a llevar y aquellas preguntas que sobreviven a sus respuestas. La literatura nace cuando una voz consigue dar forma al universo de la experiencia y transformarlo en una memoria capaz de ser compartida. En Duendes en mi habitación, Rubén Duarte emprende esa búsqueda mediante una singular convergencia de humor, evocación autobiográfica y poesía narrativa. Sus versos recorren las estaciones de una existencia marcada por el oficio periodístico, los vínculos familiares, la observación de las conductas humanas y la experiencia de la enfermedad. A lo largo de ese itinerario, la risa trasciende la comicidad para emerger como una forma de conocimiento, mientras la palabra abre un territorio desde el cual interrogar las incertidumbres de la vida, la fragilidad del cuerpo y el sentido profundo de la propia existencia.

La obra encuentra su cauce principal en la poesía narrativa, humorística y costumbrista, con una marcada presencia autobiográfica y testimonial. Duarte prefiere la voz conversada, la escena reconocible y el poema que avanza como un cuento breve hasta desembocar en una sorpresa. Sus versos convocan personajes y pequeñas ceremonias de la vida cotidiana. La rima acompaña esa marcha con resultados desiguales, mientras la oralidad aporta cercanía y ritmo. El lector entra en sus páginas como quien se sienta a escuchar a alguien que conoce los pliegues de la familia y las pequeñas comedias que el mundo representa cada día.

En «El oficio», el periodismo se eleva a la jerarquía de patria personal. La exclamación «¡Brindo por mí, periodista!» lo certifica: la certeza de que el trabajo, cuando ocupa décadas, termina por convertirse en una forma de mirar. Duarte celebra su identidad profesional con la voz de quien reconoce en cada noticia, cada entrevista y cada jornada una parte de su propia historia. Esa misma mirada se desplaza hacia los demás en «El pelafustán», «La clienta» y «El clavo equivocado», donde las vanidades, los equívocos y las costumbres domésticas alimentan una galería de personajes. La vida cotidiana entrega los materiales; el poeta los ordena y descubre, detrás de cada gesto, la condición humana.

El humor es la herramienta con la que Duarte abre las puertas de ese teatro. Sus personajes suelen caminar convencidos de sus virtudes hasta que una palabra, un accidente o un desenlace los devuelve al tamaño de sus actos. En «El empleado», la fantasía se pone al servicio de la ironía; en «La grosería más elegante», el lenguaje encuentra una salida inesperada; en «Suegras», la comicidad se instala en una relación familiar reconocible. Hay en estos procedimientos una afinidad con la poesía coloquial de Nicanor Parra, aunque Duarte conserva una inclinación mayor por la resolución anecdótica. También lo acerca a Mario Benedetti la voluntad de llevar la experiencia común al poema, mientras que la tradición costumbrista de Aquileo J. Echeverría ofrece un punto de comparación para sus escenas populares. Son parentescos de lectura, caminos que permiten situarlo, antes que pruebas de una influencia directa.

La risa adquiere otra profundidad cuando el autor vuelve el espejo hacia sí mismo. En «El adicto» y «El último dandy», la autocaricatura introduce una saludable distancia entre el hombre y la imagen que ha construido de sí. La ironía funciona entonces como una lámpara que ilumina las propias contradicciones. Esa mirada encuentra su contrapunto en «A mi prole» y «Mérito», donde la familia aparece como herencia, responsabilidad y continuidad. El padre reconoce sus errores, busca el perdón y contempla en sus hijos una prolongación de la vida. El árbol y el fruto trazan una imagen de pertenencia: cada generación recibe una raíz, pero también levanta sus propias ramas hacia una luz que viene de lejos.

El cuerpo, entretanto, lleva su propia cuenta de los años. En «Directo al corazón», los tres stents irrumpen al final como una revelación que transforma el sentido del título. La palabra amorosa desemboca en la anatomía, y el corazón se presenta con sus dos vidas, la sentimental y la material. En «Mi cáncer», la enfermedad adopta el rostro de un intruso y la cirugía se convierte en el acto de expulsarlo de la casa. «El sobreviviente» prolonga esa lucha con la serenidad de quien conoce el precio de cada jornada. La fragilidad deja su firma en estas páginas, pero también la voluntad de continuar. El humor se vuelve una herramienta para atravesar la propia intemperie.

Los duendes que dan título al libro habitan precisamente esa frontera. Durante la prolongada internación en el Hospital de Campaña y el Hospital José Ramón Vidal, en Corrientes, aquellas presencias adquieren para el autor una dimensión íntima. El miedo encuentra compañía y la habitación hospitalaria se transforma en escenario de una experiencia extraordinaria. Los duendes pueden leerse como figuras de la imaginación, emblemas de la esperanza o mensajeros de una fe que procura nombrar lo inexplicable. Su fuerza literaria reside en esa pluralidad. En la tradición fantástica, las criaturas suelen abrir una grieta en la realidad; aquí, además, tienden un puente sobre el abismo. Su misterio acompaña al hombre cuando la ciencia atiende el cuerpo y el espíritu busca una forma de permanecer en pie.

La escritura testimonial alcanza así su punto de mayor intensidad. Duarte convierte una experiencia límite en relato y encuentra en la narración una manera de recuperar lo vivido. El episodio de los duendes ensancha el horizonte de un libro que había comenzado entre las bromas, las vanidades y los sucesos domésticos. La habitación se vuelve un pequeño universo donde conviven el miedo, la memoria, la fe y el deseo de seguir. En ese espacio, lo extraordinario comparte techo con lo cotidiano. La literatura cumple una de sus tareas más antiguas: ofrecer una figura a aquello que el ser humano siente con intensidad y apenas consigue explicar.

La obra revela, asimismo, las tensiones de una escritura que, llevada por el impulso de narrar, encuentra en ocasiones una expresión desigual en su búsqueda de plenitud literaria. En ese equilibrio se cifra el desafío estético de Duarte: preservar en la palabra el pulso espontáneo de la conversación y, a la vez, conferir arquitectura secreta a una obra cuidadosamente cincelada. Cuando la frescura de la voz y la precisión del lenguaje convergen, la anécdota deja atrás la fugacidad de lo cotidiano, vence la dispersión del instante y encuentra en la literatura una forma perdurable de existencia.

Quizá los duendes sean una de las tantas figuras con que el hombre procura descifrar el enigma de su propia existencia. Desde antiguo, la razón y el asombro comparten el mismo laberinto; acaso sean dos nombres de una idéntica perplejidad. Rubén Duarte les concede una habitación y, al hacerlo, descubre que toda habitación es también una forma del universo y que todo universo termina por contener a quien lo imagina. El periodista que dedicó sus días a narrar las vidas ajenas descubre, al volver la mirada sobre sí mismo, que también ha sido personaje de una historia cuyo sentido apenas comienza a entrever. El cuerpo conserva sus propios archivos: las cicatrices son signos de una escritura secreta, las enfermedades, capítulos inesperados, y la supervivencia, una página que el destino dejó abierta.

Tal vez los duendes desaparezcan cuando la última noche concluya. Sin embargo, quedará la palabra, ese artificio prodigioso con que los hombres desafían la fugacidad del tiempo. Escribimos para rescatar del olvido aquello que amamos, aunque toda memoria sea, en alguna medida, una invención y todo recuerdo modifique aquello que pretende conservar. Duarte reúne en sus versos los rostros familiares, las voces perdidas, las heridas y las pequeñas victorias que componen una vida. Al hacerlo, convierte su experiencia en una pregunta que excede su propia biografía: ¿qué permanece de un hombre cuando los días han consumido sus horas y el mundo continúa su marcha indiferente? Quizá permanezca una frase, una anécdota repetida, el eco de una risa o el libro que alguien abre muchos años después. En esa posibilidad reside el secreto de Duendes en mi habitación: la literatura no derrota al tiempo, pero construye, en medio de su corriente, una pequeña eternidad. Y acaso los duendes sean eso, finalmente: los habitantes invisibles de la memoria, aquellas presencias que nos acompañan para recordarnos que incluso lo fugaz puede aspirar a lo infinito.