ADIVERTEN SOBRE DESIGUALDADES PERSISTENTES. En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, un informe expuso la evolución del suicidio en adolescentes en el país durante las últimas tres décadas.
El suicidio adolescente constituye una de las manifestaciones más graves de mortalidad evitable y representa un desafío creciente para los sistemas de salud, las instituciones educativas y las políticas de protección social. En la Argentina, el fenómeno presenta una paradoja: mientras los indicadores entre los 10 y los 19 años mejoraron durante la última década, las muertes por suicidio aumentaron entre los jóvenes adultos.
Detrás de estas diferencias aparecen interrogantes sobre los vínculos familiares, el acompañamiento institucional, las condiciones de vida y las herramientas disponibles para identificar situaciones de sufrimiento.
En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, UNICEF presentó su Monitor de Suicidio Adolescente, una investigación que reconstruye la evolución de esta problemática durante las últimas tres décadas. El relevamiento utiliza estadísticas de la Dirección de Estadísticas e Información de la Salud (DEIS) y del Sistema de Alerta Temprana de Suicidios (SAT-SS), con el propósito de identificar tendencias, desigualdades territoriales y diferencias según la edad y el sexo.
LAS CIFRAS DEL SUICIDIO ADOLESCENTE
Durante buena parte de las décadas de 1980 y 1990, la tasa de suicidio entre adolescentes de 10 a 19 años permaneció relativamente estable, con valores de entre 2 y 3 muertes cada 100.000 habitantes. Sin embargo, desde finales de los noventa comenzó una escalada que alcanzó su máximo en 2014, cuando se registraron 7,4 fallecimientos cada 100.000 adolescentes.
Diez años después, en 2024, el indicador descendió a 4,8, lo que representa una reducción cercana al 36%, aunque todavía supera los niveles históricos de tres décadas atrás.
La evolución tampoco resultó uniforme dentro de la adolescencia. Entre los 10 y los 14 años, las tasas se mantuvieron considerablemente más bajas y registraron una disminución del 28,5% desde 2014. En cambio, entre los 15 y los 19 años, la reducción alcanzó el 36%, aunque este grupo continúa concentrando un riesgo mucho mayor. Las diferencias también se profundizan entre varones y mujeres: durante la adolescencia tardía, la tasa masculina es 2,5 veces superior a la femenina, una brecha que persiste durante los primeros años de la adultez.
La situación cambia al observar lo que sucede después de los 20 años. Según UNICEF, la tasa de suicidio entre los 20 y los 29 años aumentó un 14%, al pasar de 12,8 a 14,6 muertes cada 100.000 habitantes. El crecimiento resulta especialmente significativo entre los 25 y los 29 años, una etapa atravesada por nuevas responsabilidades económicas, laborales y personales.
En paralelo, los registros del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) muestran que, para el conjunto de las edades, las víctimas registradas pasaron de 3.262 en 2020 a 5.209 en 2025, el máximo de la serie y un incremento del 22,6% respecto de 2024. Estas cifras corresponden a otra fuente estadística y no deben confundirse con las tasas específicas de adolescentes.
Para Alejandra Barcala, directora del Doctorado de Salud Mental Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús, esta diferencia obliga a revisar las políticas de acompañamiento. La especialista cuestionó que muchas veces se trate el malestar adolescente y juvenil como si respondiera a una misma realidad, cuando los datos muestran comportamientos diferentes. En ese sentido, planteó la necesidad de investigar qué dispositivos institucionales sostienen a los adolescentes durante la escolaridad y cuáles desaparecen cuando comienzan su vida adulta, especialmente en un contexto en el que las exigencias de autonomía no siempre encuentran oportunidades concretas para desarrollarse.
El problema también presenta importantes contrastes geográficos. Las tasas provinciales más elevadas se concentran principalmente en el norte argentino, aunque el análisis por departamentos permitió detectar zonas de alta incidencia en otras regiones.
Julián Onaindia, integrante de la Subcomisión de Salud Mental de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), vinculó parte de estas diferencias con las dificultades para acceder a servicios sanitarios. Sin embargo, Agustín Yécora, secretario de Salud Mental y Adicciones de Jujuy, advirtió que la disponibilidad de profesionales no explica por sí sola las desigualdades: existen localidades con una oferta relativamente mayor que igualmente presentan indicadores preocupantes, lo que demuestra la influencia de otros factores sociales y culturales.
¿POR QUÉ UN ADOLESCENTE LLEGA A PENSAR EN SUICIDIO?
La adolescencia es una etapa de transformaciones físicas, emocionales y sociales en la que adquieren especial importancia la construcción de la identidad, el reconocimiento de los pares, los vínculos familiares y las expectativas sobre el futuro. Estas experiencias, además, están profundamente condicionadas por las desigualdades económicas, las situaciones de violencia y las oportunidades de cada comunidad.
Entre los factores de riesgo identificados por UNICEF aparecen los conflictos familiares graves, la violencia intrafamiliar, el abuso sexual, las dificultades escolares, el rechazo de compañeros y el bullying. También deben considerarse las experiencias de discriminación, el aislamiento, los problemas de salud mental y los antecedentes de intentos de suicidio.
Ninguna de estas circunstancias determina por sí misma una conducta suicida, pero su acumulación puede incrementar la vulnerabilidad. Entre las señales que requieren atención se encuentran los cambios persistentes en el estado de ánimo, el retraimiento, las alteraciones del sueño o de la alimentación, las expresiones de desesperanza y las referencias a la muerte o a la posibilidad de hacerse daño.
Uno de los aspectos que más preocupación genera entre los especialistas es la soledad adolescente. Barcala explicó: "Las investigaciones realizadas durante la pandemia permitieron reconocer la importancia de la escuela como espacio de encuentro, reconocimiento y construcción de vínculos".
No obstante, advirtió que las instituciones educativas también pueden convertirse en "escenarios de sufrimiento cuando existen situaciones de exclusión, violencia o discriminación". Por eso, sostuvo que la prevención requiere escuchar directamente a los jóvenes, comprender qué experiencias les producen malestar y construir respuestas con su participación, en lugar de limitarse a intervenciones individuales frente a problemas de origen colectivo.
Desde Jujuy, Yécora aportó un dato que refleja la magnitud de este desafío: "En los relevamientos provinciales, uno de cada tres adolescentes manifestó que, cuando enfrenta un problema grave, no lo conversa con nadie". El funcionario explicó que esta situación convirtió a la falta de escucha en uno de los ejes centrales de la estrategia provincial. También señaló que las dificultades económicas de las familias, las extensas jornadas laborales de los adultos y la sobrecarga de las escuelas y los servicios sanitarios reducen las oportunidades de acompañamiento cotidiano.
Para Onaindia, "la familia sigue siendo uno de los principales factores de protección, aunque también puede constituir un espacio de riesgo cuando existen situaciones de violencia, abuso o conflictos persistentes". El especialista remarcó que acompañar no significa vigilar ni controlar, sino mantener una presencia disponible y prestar atención a manifestaciones de sufrimiento que muchas veces aparecen mediante síntomas físicos, problemas escolares o cambios de conducta.
Además, advirtió que las expresiones relacionadas con la muerte en niños de 10 a 14 años nunca deben minimizarse ni interpretarse automáticamente como intentos de llamar la atención. En rasgos generales, la soledad aparece como uno de los aspectos más preocupantes.
REDES SOCIALES, SALUD MENTAL Y EL RIESGO DE BUSCAR UNA ÚNICA EXPLICACIÓN
La influencia de las pantallas y las redes sociales también formó parte del debate. Onaindia reconoció que las tecnologías modificaron las formas de comunicación y pueden facilitar la circulación de contenidos perjudiciales, pero rechazó que se las considere una explicación suficiente del suicidio adolescente. Barcala, por su parte, mencionó investigaciones de UNICEF en las que niños y adolescentes expresaron que el uso de dispositivos digitales afecta su bienestar y que, en algunos casos, sienten dificultades para reducir el tiempo de conexión. Sin embargo, aclaró que todavía existen limitaciones en la evidencia disponible para establecer relaciones causales concluyentes.
En esa misma línea, Yécora propuso concentrar el análisis en la transformación de los vínculos sociales antes que responsabilizar exclusivamente a las plataformas. El funcionario señaló: "Las interacciones digitales pueden convertirse en una de las pocas alternativas de contacto para jóvenes que carecen de espacios presenciales de pertenencia".
Al mismo tiempo, destacó que las herramientas tecnológicas también ofrecen oportunidades para ampliar el acceso a la atención psicológica y psiquiátrica en localidades alejadas, mediante dispositivos de telemedicina y asistencia virtual.
La dimensión social del problema también quedó reflejada en el testimonio de una joven estudiante de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Moreno, quien relató su experiencia con la depresión durante la pandemia y las dificultades económicas para sostener tratamientos de salud mental.
Su intervención puso el foco en los obstáculos que enfrentan quienes deben pagar consultas, medicamentos o traslados mientras intentan estudiar y acceder al empleo formal. También destacó la importancia de las organizaciones comunitarias y los espacios juveniles para encontrar contención frente a situaciones de violencia familiar, aislamiento o exclusión.
UN SISTEMA DE SALUD QUE NO SIEMPRE LLEGA A TIEMPO
Las dificultades de acceso a la atención representan uno de los mayores obstáculos para prevenir nuevas muertes. Matías Irarrázaval, asesor regional en Salud Mental de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), advirtió que solo dos de cada diez adolescentes que necesitan atención en salud mental la reciben, de acuerdo con los datos regionales que presentó. A su vez, señaló: "Apenas alrededor del 2% del presupuesto sanitario se destina a salud mental en la región, una limitación que condiciona la disponibilidad de profesionales, la continuidad de los tratamientos y el desarrollo de programas preventivos".
El especialista explicó que el fenómeno excede las fronteras argentinas y que la región de las Américas presenta una tendencia especialmente preocupante en comparación con otras partes del mundo. Según los datos regionales que expuso, la mortalidad por suicidio entre niños, adolescentes y jóvenes mostró un incremento sostenido durante las últimas dos décadas.
"Frente a este escenario, no alcanza con ampliar los consultorios, también es necesario involucrar a los sectores de educación, desarrollo social, vivienda, deporte y cultura, porque las condiciones materiales de vida pueden dificultar tanto el bienestar emocional como la posibilidad de sostener un tratamiento", sostuvo.
Onaindia identificó otra debilidad estructural: "Muchos adolescentes pierden contacto regular con los servicios médicos a medida que crecen, especialmente los varones, y llegan a la adultez sin mecanismos adecuados de transición asistencial". Además, reconoció que parte del personal sanitario carece de formación suficiente para detectar problemas de salud mental o teme formular preguntas sobre el suicidio por no saber cómo intervenir después. Por eso, reclamó fortalecer la capacitación de pediatras, los circuitos de derivación, el seguimiento posterior a una crisis y la articulación con las escuelas y los organismos de protección.
Fuente: Ámbito.