Maricarmen Abascal, la octogenaria cuyo desalojo del apartamento en el que residía en Madrid desató una ola de protestas en España, murió ayer convertida en un símbolo de lucha de en un contexto de creciente tensión por la vivienda, que derivó en la convocatoria de elecciones anticipadas.
“Maricarmen vive, la lucha sigue”, cantaban centenares de manifestantes congregados cerca del Congreso de los Diputados, en el centro de Madrid. Muchos procedían de la cercana Plaza de Sol, donde desde hace diez días acampan manifestantes por el derecho a la vivienda.
Allí el ambiente era de luto, con hileras de velas depositadas entre las tiendas de campaña y manifestantes abrazándose emocionados tras guardar un minuto de silencio por esta jubilada, cuyo desahucio el 23 de septiembre prendió las movilizaciones.
“A Maricarmen la han matado. Han hecho que a una señora de 87 años sus últimos días sean de angustia y en un hospital”, aseguró con la voz entrecortada por la emoción Nora Boumghait, una trabajadora en marketing de 25 años.