José Guillermo Alfonso
Pude observar y tomar algunos puntos de las exposiciones realizadas el lunes 3 de agosto en Corrientes Capital, en el Salón Tupasy de San Juan 1002, donde el arzobispo José Adolfo Larregain OFM, la Dra. Marisa Spagnolo (especialista en Derecho Procesal) y la Prof. Lucía Abad presentaron la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas. El documento, firmado en mayo de 2026 en el 135º aniversario de Rerum novarum, no llega como un grito de alarma tecnófobo ni como un manual de prohibiciones. Llega como una invitación a un discernimiento colectivo: la inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero no puede convertirse en el sujeto que manipula a la sociedad ni que reemplace el encuentro humano.
Las diapositivas fueron claras y reiteradas. La Doctrina Social de la Iglesia no es un conjunto estático de normas que se aplican de manera mecánica ni un modelo económico o político que se impone frente a otros. Es un camino de discernimiento comunitario que se mide, en cada época, con las res novae —las cosas nuevas— a la luz del Evangelio. La IA no es un apéndice temático ni una emergencia que hay que “gestionar” desde fuera. Es una transformación que interpele desde dentro las categorías mismas de la doctrina y exige un desarrollo más profundo, siempre en fidelidad a la dignidad de la persona. Y está presente en todos los niveles: en la educación, en la economía, en la justicia, en la salud, en la comunicación y en la vida cotidiana.
Uno de los puntos más contundentes de la exposición —y de la encíclica— es el rechazo explícito a la búsqueda de poder. La Iglesia, se subrayó, no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad ni ocupar bastiones culturales o cargos de influencia. “Lo importante no es, ante todo, ocupar puestos de poder o controlar bastiones culturales, sino iniciar procesos de bien y dejar que maduren”. La voz eclesial se alza no para dominar, sino para servir a la comunión: cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas humanos, cuando la economía se vuelve contra la persona o cuando la ciencia traspasa los límites de su método.
Este enfoque tiene consecuencias directas para la Argentina de 2026. Nuestro país forma parte de los tratados internacionales de derechos humanos que la Constitución Nacional consagra con jerarquía superior. Las lecciones de las guerras y de los grandes conflictos del siglo XX fueron, en buena medida, las que impulsaron tanto esos tratados como las grandes encíclicas sociales. No se trata solo de normas positivas: hay principios universales que atraviesan el derecho romano, la tradición de Bartolomé de las Casas en defensa de la dignidad indígena, y también la arquitectura constitucional que adoptamos inspirándonos en Estados Unidos. El desafío actual es no olvidar esa raíz humanista cuando la tecnología promete eficiencia y control.
En la exposición se recordó con fuerza el diagnóstico de Laudato si’: el creciente afianzamiento de un paradigma tecnocrático en el mundo globalizado, la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas. Ese paradigma se potencia hoy con el poder digital. Se planteó, además, una realidad concreta y preocupante: que apenas un puñado de personas en el mundo concentra el control de lo digital. El riesgo no es la tecnología en sí, sino que se convierta en un instrumento opaco de concentración de poder, de homogeneización de comportamientos y de exclusión de quienes no entran en los patrones de los datos.
Una de las diapositivas más precisas: no es posible dar una definición única de la IA, pero hay que evitar el equívoco de equipararla a la inteligencia humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones, a menudo las superan en velocidad y amplitud de cálculo, y ofrecen beneficios concretos. Sin embargo, su potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos. No viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Pueden simular e imitar, pero no comprenden: se adaptan a estadísticas. No hay crecimiento personal ni creación real de vínculos. Existen incluso datos de sistemas que han actuado en contra de sus creadores. No sienten dolor ni tienen sentimientos. Esa diferencia no es menor: es la diferencia entre una herramienta y una persona.
Frente a eso, la propuesta de la Doctrina Social es de equilibrio: reconocer que las realidades terrenas tienen consistencia y orden propio, acoger las aportaciones de las ciencias sociales, fomentar un diálogo serio y leal, y aceptar la diversidad de opiniones sin pretender ofrecer “una palabra definitiva”.
El llamado no es solo para los católicos. Se dirige a la conciencia cívica de todos. La Iglesia no reclama un espacio privilegiado; reclama que se dé verdadera condición de vida a la humanidad a través de un desarrollo integral. No se trata únicamente de mejorar aspectos aislados de las personas —salud, educación, ingresos—, sino de promover un florecimiento humano completo: relaciones, sentido, comunidad, trabajo digno y capacidad de encuentro. Una economía más diversificada, que ponga a la persona en el centro y no al algoritmo o al capital concentrado, es parte esencial de ese desarrollo.
En este punto resulta especialmente urgente mirar a las escuelas. Existe el riesgo real de cometer un error profundo: convertir todo en tecnológico y dejar de lado la integración de persona a persona, el vínculo humano con humano. Cuando la máquina dialoga solo con la máquina del algoritmo, se empobrece la formación del criterio, de la empatía y de la responsabilidad. La educación no puede reducirse a pantallas y sistemas automatizados. Necesita el rostro, la palabra, el conflicto resuelto en el aula, la mirada del docente que no es reemplazable por un software.
La misma lógica se aplica a la producción y al ambiente. No somos ajenos al impacto ambiental en Argentina y, especialmente, en Corrientes. Los casos de Santa Lucía y Lavalle, donde se han documentado problemas de salud —incluyendo cáncer en parte de la población— muestran que producir sin cuidar a las personas y al territorio no es desarrollo, es daño. Ante la presencia de integrantes del Superior Tribunal de Justicia de Corrientes, y con el conocimiento de zona que tiene el Dr. Chain, la exposición recordó que el desarrollo integral exige producir sin dañar. La eficiencia y el lucro no pueden gobernar solos.
La imagen del poliedro, presente en las diapositivas, resume bien la propuesta: una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena; que no elimina los conflictos, sino que los transfigura; que recompone lo que la historia tiende a dispersar. En un momento de la exposición se escuchó una frase que resume el horizonte: “Construir juntos para edificar el bien donde Dios y la humanidad habiten juntos no es una utopía”. Y se mencionó la Torre de Babel como la otra opción posible: levantar una nueva torre de uniformidad y poder técnico, o edificar una ciudad donde la humanidad y su dignidad sigan siendo el centro.
Magnifica Humanitas no pide que se detenga el desarrollo tecnológico. Pide que no se entregue la soberanía humana. La inteligencia artificial puede ser una aliada para el diagnóstico médico, la optimización de recursos o la inclusión educativa.
Pero solo si permanece como instrumento al servicio de una humanidad que no se deja manipular y que no renuncia al encuentro real entre personas. El discernimiento que propone la Doctrina Social —abierto, comunitario, orientado al bien de todos—, tal como se transmitió en Corrientes, es una contribución cívica de primer orden. No exige adhesión religiosa. Exige lucidez.