Corrientes, viernes 25 de septiembre de 2026

Sociedad Corrientes

La Dictadura del Algoritmo y el Altar de la Vulgaridad: La Hiperdemocracia de Ortega y Gasset hoy

25-09-2026
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Jose Miguel Bonet

El filósofo español José Ortega y Gasset acuñó en su célebre ensayo La rebelión de las masas (1930) el término hiperdemocracia. No lo hizo para celebrar una versión perfeccionada de la soberanía popular, sino para advertir sobre una patología política: aquella en la que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos.

En la hiperdemocracia, el "hombre-masa" —aquel que se sabe vulgar, pero lejos de asustarse, milita y consagra el derecho de la vulgaridad— no debate; arrolla todo lo diferente, excelente o especializado. Casi un siglo después, este diagnóstico no es solo una profecía cumplida, sino la descripción exacta de nuestra realidad política global y, de manera hiperbólica, de la dinámica argentina contemporánea.
La historia universal demuestra que cuando la participación política prescinde de la mediación institucional y el respeto por las minorías, los sistemas colapsan en tiranías de la multitud o cesarismos.
El antecedente más remoto se encuentra en la asamblea ateniense posterior a la muerte de Pericles. Filósofos como Platón y Aristóteles describieron cómo los demagogos (como Cleón) inflamaban las pasiones de la multitud, llevando al voto impulsivo, la persecución de las mentes más brillantes (el juicio a Sócrates) y decisiones bélicas desastrosas. El gobierno de la razón fue sustituido por el gobierno del clamor instantáneo.
Durante la Revolución Francesa, la soberanía popular mutó en hiperdemocracia radical cuando las turbas de los sans-culottes, mediante presiones directas y violencia física, dictaron la agenda de la Convención Nacional. La ley y los procedimientos deliberativos se arrodillaron ante la supuesta "voluntad general" encarnada por el grito de la masa parisina en las tribunas.

El contexto exacto en el que Ortega escribe es el de la Europa de los años 20 y 30. El colapso de las democracias liberales tradicionales ocurrió porque las masas, desencantadas de los partidos institucionales, buscaron la acción directa. Mussolini y Hitler no destruyeron la democracia desde afuera; la fagocitaron utilizando la movilización de masas de carácter anti-institucional, donde la opinión experta y el disenso eran catalogados como traición a la totalidad.La hiperdemocracia ha encontrado su hábitat perfecto en las redes sociales y los ecosistemas digitales. Si en el siglo XX la masa requería de la plaza física, hoy requiere de un hashtag o una tendencia viral.Representacion o debate versus material digital,respeto a las memorias versus linchamiento digital,respeto a la idoneidad versus el meme validado.por millones
El ejemplo global más nítido de la realidad actua les la crisis de autoridad de los expertos. Durante debates complejos —desde políticas fiscales internacionales hasta bioética o salud—, la opinión científica es igualada o superada por la intuición de la masa digital. El "hombre-masa" actual es el usuario que, con un hilo de X (Twitter) o un video de TikTok de 30 segundos, pretende refutar décadas de estudio institucional, consagrando lo que Ortega definió como "la soberanía del individuo no cualificado"

Argentina representa el laboratorio de pruebas más radical de esta hiperdemocracia. Históricamente expuesto al hiperpresidencialismo y las crisis cíclicas de representación, el país ha mudado su piel política hacia un modelo donde la mediación institucional está casi extinguida.
En la política argentina actual, el fenómeno se manifiesta de tres formas precisas:
El ecosistema político ha asimilado que la validación ya no se busca exclusivamente en el Congreso o en los partidos tradicionales, sino en la reacción algorítmica instantánea. Las decisiones de Estado se anuncian, celebran o descartan en plataformas digitales según la temperatura del "aplausómetro" de las redes. La masa digital actúa directamente imponiendo sus gustos, tal como advirtió Ortega.

Siguiendo la tesis orteguiana del "bárbaro rebelde", los liderazgos modernos en Argentina construyen su legitimidad atacando explícitamente a los intermediarios del sistema: legisladores, periodistas e intelectuales. El líder se comunica de manera directa con la masa, salteando los filtros republicanos, bajo la premisa de que las instituciones tradicionales entorpecen la "verdadera" voluntad popular.

El debate público local se ha "conurbanizado" digitalmente. El insulto, el apodo degradante al adversario y la simplificación de problemas macroeconómicos complejos en consignas de tribuna futbolera son la norma. El "alma vulgar" se sabe vulgar y exige que esa vulgaridad guíe la política exterior, económica y social del país. Quien intenta aportar matices, datos técnicos o racionalidad institucional es inmediatamente catalogado como parte de una élite decadente y sometido a la cancelación.

La hiperdemocracia de la que hablaba Ortega y Gasset no es el exceso de libertades, sino la aniquilación de las formas democráticas por el peso de la multitud enfurecida. Argentina demuestra hoy que cuando el grito del algoritmo sustituye a la deliberación de la ley, la república se convierte en una sucursal de la tribuna: ruidosa, intolerante y peligrosamente al borde del abismo institucional.