José Miguel Bonet
«Los sueños tienen gente.
y uno, dormido, es como una casa
que de golpe se llena de personas.
Hay veces que ellas y uno, todos, caminamos y hablamos
y nos oímos apenas como si conversáramos desde lejos recuerda el gran poeta salteño Manuel J. Castilla ,que el alma busca siempre el encuentro.
Ese sueño de Castilla es la perfecta alegoría de la vida de Dolfi Sosa: una casa de puertas abiertas que jamás se vacía, habitada por el constante anhelo de juntarse, abrazarse y compartir.
Jorge Luis Borges, decia «la amistad no necesita frecuencia, el amor sí; pero la amistad, y sobre todo la amistad entre criollos, no». Hablar de Dolfi sin nombrar de Teco es como hablar del sol sin nombrar la sombra que lo proyecta; son dos personajes hermosos, entrañables y ligados por una lealtad invisible. Hablar de Santa Rosa sin nombrarlos es como hablar de Roma sin su mítica Fontana di Trevi. Teco y Dolfi son, en la física de la vida, el cóncavo y el convexo perfecto.
Dolfi tuvo motivos de sobra para renegar del destino, pero eligió una aritmética distinta para su existencia: solo sabe sumar y multiplicar; detesta la división y la resta. A pesar de haber perdido un brazo en su juventud, jamás permitió que la ausencia física restara un solo acorde a su espíritu,como decía la inolvidable Negra Sosa, «la poesía es una forma de resistencia, pero la alegría es la victoria». Y Dolfi decidió vencer: esa incapacidad no le impidió abrazar la guitarra. Su fiel sombra, Teco, pone los dedos en el traste para marcar los acordes mientras Dolfi rasguea las cuerdas, logrando juntos melodías casi celestiales. Un verdadero milagro a cuatro manos que confirma la premisa: «Hacer música no me alcanza para vivir, pero me hace vivir».
Cada 9 de septiembre, Dolfi convoca a sus amigos a festejar un año más de vida. Su lista de invitados es un corte transversal de la sociedad: en su mesa conviven desde el personaje más encumbrado hasta el más simple y humilde del pueblo. Todos reunidos detrás de alguna nota esquiva —como diría el poeta Jensen—, en una jornada donde la única norma implícita es la afectividad. León Tolstoy sin imaginarse a Dolfi dice «el que tiene el corazón en paz ve una fiesta en todos los poblados».
Aquel hombre de un solo brazo, un poco gordito y de ojos meteóricos es, para muchos de nosotros, un auténtico Quijote moderno. Alguien que por rigor, entrega y coraje puso una carga de profundidad en su existencia. Sabe, como pocos, que ante la vida se camina con la frente en alto y que solo ante Dios se es mendigo. Correntino auténtico, libre y dueño de su propio señorío, lleva en la frente nuestros universos más entrañables y en el pecho un corazón abarrotado de compadres.
Hay dos maneras de vivir la vida: una como si nada fuera un milagro; la otra como si todo lo fuera». Dolfi encarna con maestría la segunda,. Parodiando al viejo pensador Demócrito, «una vida sin fiestas es como un largo camino sin posadas», este visionario Santa Roseño,ha sabido construir posadas de afectos magnanimes a lo largo de todo su viaje, y aún sueña con fundar muchas más.
¡Salud, Dolfi Sosa! Que la música nunca deje de sonar.
Por más muchos 9 de Septiembres y en Santa Rosa,mejor.
desde Mburucuyá