Corrientes, domingo 23 de agosto de 2026
Alejandro Bovino Maciel
En el asiento del bus que estaba delante del mío se aposentó una pareja de adustos orientales de unos cuarenta años. Hablaban entre sí en esa lengua reducida a sílabas cortantes y secas, como quien tartamudea en la nuestra. El hombre, de quien alcanzaba a ver apenas el perfil de su rostro anguloso, remataba el tatareo silábico con alguna vocal seca, cortante, y se quedaba en silencio unos minutos. ¿Meditaría? ¿O será que nos hemos inventado un prototipo oriental de laos tsés, confucios y budas seriales sembrando la tierra de seres introspectivos? Después subió un gringo sesentón, alto y fornido ¿teutón?, ¿helvético?, ¿valón? Llegó a último momento bufando. Cargaba una gran mochila de la que colgaban las vieiras, zurrón, sombrero y otras chucherías. El famoso Camino de Santiago incluye este tramo y ya no quedan peregrinos que lo hagan íntegramente a pie. Combinan una parte caminando y otra en buses, alternando las fases hasta arribar a Compostela. Vistiendo ropas de cazador de safari, el gringo dejaba ver dos gruesas y macizas piernas llenas de várices, sandalias y medias blancas hasta la mitad de los tobillos. ¿Adónde fue a parar la ancestral elegancia europea? ¿No llegan los figurines a la alta Sajonia? No se puede combinar (me enseñaron desde chico) medias largas con pantalones cortos y sandalias. Es un pecado original que ni Santiago con su santidad se lo perdonaría.
En los campos, a la salida de Burgos, el paisaje de sembradíos de parcelas con distintos tonos de verde se eriza con blancos y gigantescos molinos de viento para la generación de nuevas energías no contaminantes. ¿Qué diría Don Quijote de toparse, allá por el siglo XVI con estos modernos monstruos eólicos? ¿Los tomaría por gigantes, o por los fantasmas que amueblan nuestros sueños?
La dueña de la frutería de Burgos que me vendía duraznos y cerezas me comentó acerca del reciente apagón nacional de energía que sufrió España y, aunque duró apenas un día, produjo graves daños. Por poco nos lleva a la extinción, sabe usted me comentaba haciendo gestos de calamidad con los brazos en alto como si yo la estuviese apuntando con un arma. Nada funcionaba: la balanza, el cobro, el refrigerador, la iluminación.
Todo necesita de la electricidad. Como el agua y el aire, la corriente eléctrica solo existe para nosotros cuando no está. Con la muerte sucede algo similar. Pródico de Cos lo decía en el siglo IV antes de Cristo: “cuando yo estoy, la muerte no está. Cuando está la muerte, yo ya no estoy”.
En otra parada subieron varios muchachos con las típicas señales de los romeros de Compostela: bastón, la almeja, los sombreros y las mochilas. Una insólita pareja de japoneses papistas entre ellos. Serían ocho o nueve en total, todos fueron a sentarse en los asientos del fondo, cerca de los flamencos que ya habían silenciado sus saetas y parecían hipnotizados por el sopor de la siesta.
En el bus dos pantallas de 32” van anunciando el trayecto del viaje en la silueta de un pequeño móvil gris que surca líneas con nombres de villas y pueblos del camino o las cercanías, tal como aparece en el GPS de cualquier automóvil moderno.
Dos monjas con hábitos negros viajaban juntas en los asientos al costado del mío. Al hurgar en mi maleta donde debo escarbar para hallar algo, entre el desorden que genera la entropía a mi alrededor, dispersando los objetos al azar, una de ellas me miró con una sonrisa pacífica como si me deseara lo mejor. Me recordó de inmediato a la hermana Rosario, la única que “me adoptó” en el beaterio donde me encerraron a los cuatro o cinco años. Un hombre canoso extrajo un gran habano del bolsillo de su chaqueta y con toda inocencia pidió fuego a la señora que viajaba a su lado. Pasábamos por Osorno en ese momento. La vecina de asiento, casi espantada, exclamó:
—Hombre, no se puede fumar aquí.
—¿Por qué?
—¡Porque está prohibido! ¿No leyó el anuncio? —dijo, señalando el rótulo con la señal de un cigarrillo tachado en rojo que venía adherido al cristal de la ventanilla del bus.
—No sabía —es todo lo que dijo el pobre hombre, como disculpándose. Y volvió a guardar su cigarro en el bolsillo.
¡Ah, Osorno, Osorno!, jamás olvidaré haber atravesado furtivamente tus pocas calles. Alcancé a ver la silueta de lo que podría haber sido una ermita románica a la salida de Osorno. Seguí haciendo mis anotaciones al margen del esquema de las bóvedas de Burgos cuando un murmullo general me hizo levantar la vista. En las pantallas de 32’’ habían desaparecido las aburridas líneas de rutas y pueblos para dar lugar a una película pornográfica en la que un brioso y goloso mulato era amamantado por una pulposa rubia teñida. La monjita a mi lado del pasillo, como movida por un reflejo, quiso salvarme del infierno carnal haciéndome señas para que me tapara los ojos con las manos y agachase la cabeza como hacía ella ante el espanto. Los adustos orientales permanecían tan impasibles como Buda. Todo el resto del pasaje parecía divertido ante la imagen láctea entre la rubia y el mulato. Una egregia señora, de las que ocupaban los asientos delanteros, se acercó al chofer e hizo gestos señalando airada las pantallas. El capítulo sexual desapareció de nuevo en las pantallas y se retomó el itinerario con la silueta gris del bus cruzando líneas y nombres. Una andanada de rechiflas y silbatinas provino del fondo. Los jóvenes romeros se habían entusiasmado con la rubia y el mulato cuando se les interrumpió la escena para seguir con la clase de geografía que poca gracia les causaría.
JUNIO 2026