(Por Alejandro Bovino Maciel*) Después de tomar mates amargos me dispuse a la visita a la Catedral.
Se ingresa por el portal del Sermental, pero antes de ingresar conviene rodear el edificio. Me dirigía a la plaza de Nuestra Señora por un callejón que, creo, se llama Embajadores, cuando repentinamente, entre las dos paredes que salen a la plaza aparece la imponente fachada brillando bajo el sol de junio, como si una joya envuelta en una trama de encajes resplandeciera bruscamente al darle la luz. Solo para nosotros, para dejarnos mudos. Las dos torres frontales con ese delicado calado que parece hecho de metal, como Eiffel, y no de la rústica piedra indócil. Pero es piedra. Piedra de noble cantera que resistió bastante airosamente la injuria de lluvias, soles abrasadores, tormentas y franceses. Y otras plagas que admite el arte.
Los pináculos, la galería superior tan finamente entretejida con florones, columnas, volutas y tréboles todo se impone al mudo viajero que necesita tiempo para asimilar la construcción. La belleza deslumbrante siempre nos deja mudos. Pensar que este enorme edificio hecho de piedras (no hay un solo ladrillo) se realizó en el año 1200 cuando no existía electricidad, motores ni Carterpillar que valiera. Todo está hecho a fuerza de mano e ingenio humano.
Entrar en el edificio es percibir entre sombras el resplandor de las luces que se cuelan por los vitrales del claristorio, los amplios ventanales ojivales con vitrales. Impresiona especialmente el azul al resplandor del sol. Es un cielo fugándose al cielo. En ese fondo se recortan figuras de abades, obispos mitrados, santos, escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, ángeles rústicos y borlas ornamentales que separan el vidriado paisaje de la pared que lo contiene. El altar mayor es obra de maestros ebanistas y talladores, íntegramente cubierto de pan de oro. Detrás, en el ábside, los vitrales siguen narrando secuencialmente la vida de Cristo y su pasión final en el patíbulo de la cruz.
Visité también el Real Sitio de Huelgas que conocí arrobado por el arte encerrado entre los muros de este monasterio medieval con arcos románicos, salas góticas, mausoleos reales, todo descripto por un guía que prefería hablarnos continuamente de paramentos y telas como si fuese un mercader del Once, en Buenos Aires. Parece ser que allí depositaban a las niñas nobles para que estuviesen resguardadas de los acechos de la carne. Desde los doce años ingresaban al convento político y en ese hospedaje podían profesar como novicias y luego monjas, o salir para casarse con un marido que les habían destinado sus padres y a quien las niñas ni siquiera conocían de mentas. Pobres damas que recibían el matrimonio por licitación.
La estación de buses de Burgos tiene algo de triste. Me embarqué rumbo a León. Allí la Catedral mantiene íntegras las vidrieras del siglo XI, aunque las piedras calizas del edificio, más el terreno inestable sobre el que se edificó, reclamaron sucesivas restauraciones ante los desgastes y amenazas de derrumbes. Yo sabía de antemano que más allá de la planta basilical y los pináculos y torres mi atención debía centrarse en las magníficas galerías de vitrales altos y bajos para ponderar la grandeza de aquellos humildes operarios medievales cuyas vidas serían casi miserables, y sin embargo pudieron elevarse por encima de su condición para crear belleza.
¿Es triste la terminal de buses como dije, o las sensaciones que nos invaden ante la despedida? Sé que hay un 99% de posibilidades de que esta sea la última vez que vea Burgos antes de morirme.
Toda despedida es una pérdida más que la insolencia del tiempo nos impone. Como el muy canalla, oculto en su madriguera, nunca se detiene, cualquier adiós anticipa el definitivo adiós a la vida cuyo destino final es un nicho en el cementerio, o lo peor: esa moda bárbara de quemar a la gente como si fuese basura para esparcir después las cenizas en un romántico jardín.
BUENOS AIRES, JUNIO 2026