Corrientes, lunes 27 de julio de 2026

Sociedad Corrientes

El desafío de mantener el equilibrio y la paz

27-07-2026
COMPARTIR     
José Guillermo Alfonso

​En este lado de Occidente, atravesado por la vorágine de la modernidad y la liquidez de los tiempos efímeros, la vivencia de lo trascendente ha sufrido transformaciones profundas. La influencia de diversas corrientes religiosas —especialmente el constante avance del movimiento evangélico— ya no es un fenómeno aislado, sino una realidad consolidada que reconfigura no solo el mapa espiritual de Sudamérica, sino también sus dinámicas legislativas e institucionales en países clave de la región.

​Sin embargo, a diferencia de otras latitudes del planeta donde la diversidad de cultos deriva en pugnas abiertas, violencia o luchas geopolíticas permanentes, Sudamérica conserva una vocación histórica que hoy resulta urgente resguardar, la de ser un territorio de paz, diálogo y convivencia.

​Es precisamente en este entramado donde cobra un sentido estratégico la gira pastoral trazada desde el Vaticano hacia Uruguay, Perú y Argentina —con su estancia prevista a partir del 8 de noviembre entre Buenos Aires y Córdoba—. En una época marcada por el desencanto, la fragmentación social y las soluciones inmediatas, la presencia del Pontífice no se agota en un gesto doctrinario; se plantea como un llamado a volver a creer, a recuperar la capacidad de escuchar al otro y a reconstruir consensos.

​«Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9).

​Ese mandato bíblico se nutre del magisterio social de la Iglesia. Las encíclicas centrales que legó Francisco —como Laudato si’, con su llamado al cuidado de la casa común y la ecología integral, o Fratelli tutti, que propone la fraternidad y la amistad social frente al descarte comunitario— trazaron una hoja de ruta conceptual ineludible. Sobre esos cimientos, la continuidad en la cátedra de San Pedro y las primeras directrices magisteriales del sucesor recuerdan que, aunque los nombres cambien y la noticia acapare las portadas del mundo, lo esencial del mensaje católico permanece inalterable: la opción por la dignidad humana, la cultura del encuentro y el diálogo interreligioso.

​No debemos perder el equilibrio en la coyuntura ni dejarnos deslumbrar únicamente por el impacto mediático de los cambios pontificios. El foco debe estar en la capacidad de avanzar sobre las cuestiones de fondo.

​El mensaje que trae la visita no se dirige únicamente a atender las deudas históricas con los sectores más postergados —una tarea imprescindible en un continente atravesado por brechas sociales—, sino también a equilibrar la balanza en la esfera pública.

​La creciente presencia de nuevos actores religiosos en las decisiones de Estado, visible tanto en la representación parlamentaria regional como en el Congreso argentino bajo la actual gestión nacional, exige una madurez democrática superior. La fe no puede convertirse en una herramienta de polarización o de disputa dogmática, sino en un puente para el encuentro.
​Frente a un mundo que se agrieta por fanatismos y divisiones, el paso del Santo Padre por la región ofrece la oportunidad de reafirmar un compromiso colectivo:

 demostrar que en esta porción de Occidente es posible convivir en la diversidad, cultivar la tolerancia y encontrar en la fe un motor de paz y desarrollo compartido.