Alejandro Bovino Maciel
En Burgos me alojé en un hotel muy cerca del centro histórico (una recomendación: cuando busquen hotel: fíjense siempre a qué distancia de la catedral queda el sitio que les ofrecen. La catedral es siempre la referencia más precisa en las ciudades antiguas para saber que se está en el centro. Los taxis en Europa no son baratos, y si su hotel, aunque tenga una constelación de estrellas, queda en un sitio muy alejado, se pasará usted pagando taxis al mismo precio que le saldría una cena. Mi hotel quedaba a tres cuadras de la Catedral de Burgos. Todo bien.
El gótico de Burgos es arrobador. Hay que prestar atención a la arquitectura de esa catedral. Esa planta de cruz latina, los altos muros de las naves, el deambulatorio, las capillas laterales, el ábside, el coro. Ese agregado colateral que es la capilla de los Condestables de Castilla donde, como premio, tiene colgada de una pared una Magdalena atribuida a Leonardo y su alumno. Un Da Vinci lejos de los cardúmenes de japoneses con cámaras y paraguas puntiagudos del Louvre, ya es una proeza. Me puse frente al cuadro: ahí estuvo la mano de Da Vinci. El sfumato es perfecto. La mirada de la santa, el fondo, todo menciona a Da Vinci. Las manos parece que son obra del discípulo, algo no cierra en ese brazo derecho cruzado sobre el pecho. Pero ese rostro es Da Vinci.
Las vidrieras, que es el otro elemento clave del gótico temprano, acá son desestimables. Al retirarse las tropas napoleónicas (que fueron casi peores que las de árabes y vándalos) volaron un polvorín en un castillo cercano a la Catedral. La onda expansiva de la explosión hizo estallar en añicos toda la vidriería medieval de Burgos, solamente quedaron tres o cuatro vitrales originales, todo el resto es moderno y superfluo a los fines de mis indagaciones.
Observé y anoté con cuidado los detalles de la construcción: las altas bóvedas, las disposiciones de las capillas laterales, la mezcla de piedra gótica y madera estofada y con pan de oro del barroco de los retablos. Todo eso servía a mis fines.
Mi tesis es simple. Las historias del arte simplemente describen el proceso de cada estilo de arriba hacia abajo. De los estamentos de poder: la Iglesia, la nobleza, la realeza al pueblo que era quien hacía el trabajo. Yo quiero pensarlo al revés: de abajo hacia arriba. Quiero partir de los deseos de esos anónimos cantereros, escultores de piedras, vidrieros, plomeros, coloristas, pintores, albañiles y operarios artesanos que levantaban andamios en el siglo XI sin otra ayuda que sus manos e ingenio mecánico. ¿Ellos permanecerían ajenos al proceso estético solo porque obedecían bocetos y directivas «de arriba»? No lo creo. Alguna intervención siempre tiene una persona al realizar una obra. No son meros copistas ya que no hay un original a la vista del cual se puede copiar mecánicamente. Estaban creando un nuevo estilo arquitectónico. Vagos dibujos y esquemas traídos desde la Isla de Francia y otras regiones franconas servían de planos de ejecución, pero eran tan imprecisos como escasos. Cada picapedrero no podía tener frente a sí un dibujo del profeta Isaías exhibiendo su filacteria donde anuncia al Mesías. Tenía que ingeniárselas para calcar del románico que recordaba algunas de las figuras hieráticas de arquivoltas y parteluces. Pero, y ahí estaba la tentación, aquel escultor del alto medioevo estaría tentado a sumarle alguna expresividad a esos rostros de piedra austeros, tal como lo estaba haciendo su compañero de sillar donde trabajaban. Y por qué no, hasta dotar de algún movimiento al arcángel Gabriel al ofrecer a la Virgen el anuncio y un lirio tan blanco como su pureza.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
JUNIO 2026