Corrientes, jueves 16 de julio de 2026

Opinión Corrientes

No es lo mismo producir caramelos que acero: La inflación tampoco tiene una única causa

16-07-2026
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Por Noel Eugenio Breard*

La historia económica argentina avanza pendularmente entre extremos, unas veces el Estado como respuesta para todo, otras el mercado como solución absoluta, unas veces el proteccionismo sin competencia, otras la apertura irrestricta. La realidad enseña siempre la misma lección, las sociedades complejas no admiten respuestas simples ni dogmas inmutables.

Existe una frase atribuida a José Alfredo Martínez de Hoz que sintetiza una concepción económica, "es lo mismo producir acero que caramelos." Décadas después, cuando el presidente Javier Milei afirma que Argentina "solo produce dulce de leche", reaparece una idea semejante, el tipo de producción sería irrelevante porque el mercado decidiría espontáneamente qué actividades deben sobrevivir y cuáles desaparecer. Pero la experiencia del mundo demuestra exactamente lo contrario, no es lo mismo producir acero que caramelos, ni fabricar maquinaria agrícola que importar bienes terminados, ni exportar software, biotecnología, reactores nucleares o satélites que limitarse a vender materias primas. Cada actividad genera distinta calidad de empleo, diferente capacidad tecnológica, mayor valor agregado y una posición distinta dentro de la economía mundial.

Ninguna nación desarrollada alcanzó ese lugar renunciando a construir una estructura productiva diversificada, Estados Unidos protegió durante décadas su industria naciente, Alemania consolidó una poderosa base manufacturera, Japón, Corea del Sur, Singapur y luego China combinaron competencia, innovación, inversión pública y planificación estratégica. Ninguno dejó librado exclusivamente al mercado el diseño de su futuro. La buena política no consiste en elegir entre apertura o proteccionismo, consiste en encontrar el equilibrio adecuado entre competencia, productividad, innovación, industrialización e integración inteligente al mundo.

Ese mismo error de simplificación aparece hoy en el debate sobre la inflación, durante años se sostuvo que era exclusivamente consecuencia del déficit fiscal y de la emisión monetaria, y sin desconocer la importancia del equilibrio de las cuentas públicas, la realidad obliga a ampliar el diagnóstico. Después de casi dos años de gobierno libertario, con fuerte ajuste fiscal y superávit financiero, Argentina continúa registrando una de las inflaciones más elevadas de América Latina, mientras numerosas economías desarrolladas conviven con elevados niveles de deuda pública, recurren a la emisión cuando las circunstancias lo requieren y mantienen inflaciones anuales del dos o tres por ciento. La evidencia conduce a una conclusión difícil de ignorar, la inflación no es un fenómeno monocausal, es multicausal.

Intervienen la política fiscal y monetaria, pero también las expectativas, la credibilidad institucional, la productividad, la estructura de mercados, el tipo de cambio, la disponibilidad de divisas, el costo del crédito y el contexto internacional. Los dogmatismos tienen dificultades para aceptar esa complejidad, prefieren las explicaciones únicas porque ofrecen certezas, pero la economía real nunca responde a una sola variable.

Existen además señales que merecen reflexión, cuando la inflación sube por el ascensor y los salarios lo hacen por la escalera, el poder adquisitivo se deteriora, el consumidor puede beneficiarse transitoriamente con productos importados más baratos, pero ese consumidor también es trabajador, comerciante, profesional o empresario, y si pierde empleo, ingresos o rentabilidad, pierde también capacidad de consumo. Ningún mercado interno puede sostenerse indefinidamente sobre empresas que cierran y salarios debilitados.

A esto se suma que mantener tasas de interés reales positivas por un período prolongado encarece el financiamiento para empresas y familias, y esto suele reflejarse en el aumento de la mora bancaria y extrabancaria, síntoma de una economía que comienza a tensionarse. Si además el tipo de cambio se atrasa respecto del resto de los precios, aparecen desequilibrios en los precios relativos, la inflación puede moderarse transitoriamente, pero al mismo tiempo disminuye la competitividad de quienes producen y exportan, mientras aumentan los incentivos para importar.

La historia argentina ya recorrió ese camino, con enormes diferencias políticas, institucionales e internacionales, las experiencias de José Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Cavallo y Javier Milei presentan rasgos comunes, la prioridad otorgada a la estabilización nominal, la utilización del tipo de cambio apreciado como instrumento antiinflacionario, la apertura económica y la confianza en que el mercado reasignará automáticamente los recursos. Cada proceso tuvo características propias y sería un error equipararlos mecánicamente, pero también sería un error ignorar las enseñanzas que deja la historia.

La convertibilidad es un ejemplo elocuente, durante sus primeros años derrotó la hiperinflación y devolvió previsibilidad a la economía, un éxito que permitió la reelección de Carlos Menem en 1995. Sin embargo, con el paso del tiempo se acumularon desequilibrios productivos, cambiarios, financieros y sociales que terminaron comprometiendo la sustentabilidad del modelo. Juan Vital Sourrouille, ministro de Economía durante la presidencia de Raúl Alfonsín, formuló una advertencia que el tiempo confirmó, "cuanto más dure la convertibilidad, más daño hace", y agregaba que el régimen solo podía sostenerse mientras existiera financiamiento extraordinario del Fondo Monetario Internacional, porque cuando los mercados advertían los desequilibrios estructurales, el crédito voluntario comenzaba a cerrarse. La estabilidad monetaria es indispensable, pero nunca suficiente, ningún país puede sostener indefinidamente un esquema económico si pierde competitividad, debilita su aparato productivo, aumenta su dependencia financiera y deteriora su cohesión social.

Los dogmatismos (de izquierda o de derecha) comparten un mismo defecto, creen que una sola teoría puede explicar toda la realidad, y cuando la realidad la contradice, no revisan el diagnóstico, intentan forzar la realidad para que encaje en sus convicciones. La buena política es exactamente lo contrario, es el arte de construir equilibrios, es comprender que el mercado y el Estado no son enemigos sino instrumentos, que la estabilidad debe convivir con el desarrollo, que el equilibrio fiscal debe complementarse con una estrategia productiva, que la apertura debe fortalecer la competitividad y no destruirla. Como enseñaba Aristóteles, la virtud está en el justo medio, no como sinónimo de tibieza, sino como la búsqueda prudente del equilibrio entre los excesos.

La Argentina necesita una nueva generación de acuerdos nacionales, no para repartir poder, sino para construir políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos, sobre estabilidad macroeconómica, educación, ciencia y tecnología, infraestructura, innovación, federalismo productivo, seguridad jurídica e inserción inteligente en el mundo. Salir de la grieta no significa ubicarse en el medio de dos extremos, significa superarlos, comprender que ninguna ideología posee el monopolio de la verdad y que la realidad siempre es más compleja que cualquier doctrina. Los extremos ofrecen certezas, los acuerdos construyen futuro, esa es la diferencia entre el fanatismo y la política.

El sector público y el sector privado no son adversarios, sino socios estratégicos de un mismo proyecto nacional, el Estado debe garantizar estabilidad, reglas claras, infraestructura, educación e innovación, el sector privado debe invertir, producir, competir, exportar y generar empleo. Cuando ambos trabajan de manera armónica, el país progresa, cuando se enfrentan por razones ideológicas, pierde toda la sociedad. Salir de la grieta es reconciliar el futuro con la política, recuperar la política como el arte de construir equilibrios y generar coincidencias duraderas, porque los pueblos no prosperan cuando gobiernan los dogmas, prosperan cuando gobiernan la inteligencia, la prudencia y la capacidad de construir acuerdos.

*Senador Provincial UCR.