Jose Miguell Bonet
El deporte rey tiene la capacidad única de congregar multitudes y despertar pasiones que pocos otros fenómenos sociales logran. Cuando la pelota rueda, la línea que separa el sano orgullo nacional de la hostilidad irracional suele volverse peligrosamente delgada. Esto se evidencia con total claridad cada vez que se cruzan en un campo de juego las selecciones de fútbol de Argentina e Inglaterra. Con frecuencia, desde ciertos sectores de la opinión pública y los medios, se intenta teñir estos encuentros con el tinte de una "revancha" histórica o bélica, una mezcla conceptual que confunde la esencia de la patria con los excesos del patrioterismo.
Para comprender la raíz del problema, es fundamental delimitar los términos. La patria no es un concepto que se defina por la oposición o el odio hacia el otro. Es el lazo jurídico, histórico y cultural que une a los ciudadanos con su tierra, sus instituciones, su pasado y sus proyectos de futuro. Sentir la patria es buscar el bienestar común, el respeto a las leyes, el desarrollo de la sociedad y la memoria colectiva desde un lugar de dignidad.
En el plano de los reclamos de soberanía, como el caso de las Islas Malvinas, la patria se defiende a través de la coherencia histórica y el derecho internacional. Un hito fundamental en este camino fue la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, lograda en 1965 durante la presidencia de Arturo Illia. Dicha resolución reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la República Argentina y el Reino Unido, instando a ambos gobiernos a encontrar una solución pacífica y bilateral. Este logro diplomático demostró con argumentos sólidos la condición colonial y de usurpación que afecta a las islas, estableciendo que el camino legítimo del reclamo es la vía diplomática y el derecho internacional, no la confrontación folclórica.
Por el contrario, el patrioterismo es una deformación del sentimiento nacional. No nace del amor a lo propio, sino de la necesidad de un enemigo externo para autoafirmarse. Es ruidoso, superficial, burdo,intolerante y, a menudo, manipulador. El patrioterismo no construye hospitales, no mejora la educación ni resuelve disputas de soberanía; simplemente utiliza símbolos y narrativas de conflicto para canalizar frustraciones colectivas y son corruptos profesionales.Cuando se traslada el conflicto de Malvinas a un partido de fútbol, se cae de lleno en este fenómeno. Intentar equiparar un juego de noventa minutos, regido por reglas deportivas, con un conflicto bélico que costó vidas humanas y dejó profundas heridas en la sociedad, es una falta de respeto tanto para los combatientes como para la seriedad del reclamo soberano.
Un gol no recupera territorio, un triunfo deportivo no modifica el derecho internacional, y una derrota en la cancha no debilita la legitimidad de un reclamo histórico.
El cruce futbolístico entre Argentina e Inglaterra posee una innegable carga narrativa, alimentada por partidos históricos, genialidades deportivas y la enorme competitividad de ambas escuelas. Es perfectamente válido vivirlo con intensidad, desear la victoria y celebrar el talento de los atletas. Pero confundir la rivalidad deportiva con una "revancha" por las Malvinas es degradar la memoria de los caídos y banalizar una causa nacional seria, reduciéndola al resultado de un marcador.
La soberanía se defiende con argumentos, consistencia diplomática y fortalecimiento democrático, tal como se hizo en la gestión de Illia ante la ONU. El fútbol, por su parte, pertenece al disfrute, a la cultura popular y a la competencia sana. Aprender a separar la pelota de la geopolítica es, en última instancia, un acto de madurez civil y un verdadero respeto por la patria.
Desde Mburucuyá