Corrientes, sábado 11 de julio de 2026

Cultura Corrientes

¡El libro rectangular tiene larga vida!

10-07-2026
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(Por José Miguel Bonet*)

Los libros son puentes que siempre llevan a un mejor lugar. ¡Por muchos puentes más!

En cuanto los abres, se inicia un proceso de meditación y de diálogo con quien escribe y con nosotros mismos; de preguntas que se abren a otras preguntas, de respuestas no satisfechas. Un viaje interminable.

Los libros aguardan cientos de miles de historias esperando ser leídas. Historias de amor, historias de guerra, historias de engaños, de fantasía, de suspenso, de terror y de cualquier temática que sea susceptible de ser impresa sobre las hojas de estos maravillosos productos. Miles de historias, cuentos, novelas e investigaciones pueden encontrarse almacenados en las estanterías de las librerías.

Tal como definió la UNESCO para fines estadísticos, un libro debe cumplir con las siguientes características: debe ser una publicación impresa no periódica, debe tener, como mínimo, 49 páginas y debe estar editado en el país y puesto a disposición del público.

El historiador Federico Palma nos aseguró que los primeros libros que llegaron a Corrientes los trajo en sus «alforjas aventureras» el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón, fundador de Corrientes («fundo y asiento en este sitio de las Siete Corrientes…», etc.). Palma dice que esos libros eran vidas de santos y algunas obras de teatro de la época que tenían éxito en España. Ese mismo año, 1588, el francés Miguel de Montaigne publicaba sus famosos Ensayos, donde dedicaba unas quince páginas al libro.

Entre otras cosas, nos decía que en los libros solo buscaba un «entretenimiento agradable» y, alguna vez, «estudio» («me aplico a la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo, la cual me enseña el bien vivir y el bien morir»); y luego confesaba: «Las dificultades con que al leer tropiezo las dejo a un lado; no me muerdo las uñas resolviéndolas… Cuando un libro me aburre, tomo otro. Apenas leo los nuevos, porque los antiguos me parecen más sólidos y sustanciosos…».

Cuatrocientos años después, el argentino Borges, en la década de 1980, en una conferencia que dictó sobre el libro —en la Universidad de Belgrano— recordaba ese capítulo de Montaigne y lo comparaba con otros instrumentos del hombre. Borges nos decía: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensión de su cuerpo. El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; el arado y la espada son extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».

Quince años después de esa conferencia de Borges, el italiano Umberto Eco, en un artículo publicado por el diario porteño La Nación, nos señalaba que «hay dos tipos de libros: los que sirven para consultar y los que sirven para leer. Los primeros —el prototipo es la guía telefónica, pero se extiende a los diccionarios y a las enciclopedias— podrán ser sustituidos por discos multimediales; así habrá más espacio en la casa y en las bibliotecas para los libros que sirven para leer (que van desde La Divina Comedia hasta el último policial). Los libros para leer no podrán ser sustituidos por ningún artefacto electrónico. Están hechos para ser tomados en la mano, llevarlos a la cama o en barco, aun allí donde no hay pilas eléctricas… Pueden abandonarse sobre el pecho o las rodillas cuando nos sorprende el sueño; van en el bolsillo, asumen una fisonomía individual según la intensidad y asiduidad de nuestras lecturas… (Prueben leer toda La Divina Comedia en una computadora, y después me cuentan). Un libro para leer pertenece a esos milagros de una tecnología eterna de la cual forman parte la rueda, el cuchillo, la cuchara y el martillo… La forma del libro está determinada por nuestra anatomía… depende de las dimensiones de nuestras manos, y esas —al menos por ahora— no han cambiado».

Por suerte, el libro rectangular lleno de hojas tiene larga vida. Realidad y simulación. El libro electrónico no es sino una imitación del libro real. El formato, la tipografía, la textura y el color mate de la página que creemos tener enfrente son fingidos. Con el libro digital no se ha hecho sino inventar lo que ya estaba inventado. Un avatar, como todos los demás habitantes del metaverso.

Cuando apagamos la pantalla, el libro ha dejado de existir; ha vuelto a la nada de donde salió. No es nuestro. No puede regalarse ni heredarse. No lo hallaremos en ninguno de esos santuarios que son las librerías de viejo. Es un fantasma que no puede ser colocado en el estante donde sabemos que los libros reales están y a los que podemos regresar cuando queramos.

*Desde Mburucuyá.