Corrientes, jueves 09 de julio de 2026

Opinión Corrientes

Estados Unidos a 250 años: cuando una potencia comienza a abandonar los valores que la hicieron grande

09-07-2026
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Por Noel Eugenio Breard* 

El 4 de julio de 2026 Estados Unidos celebró los 250 años de su independencia, y ninguna democracia moderna ha ejercido durante tanto tiempo una influencia tan profunda sobre el mundo, sin embargo, el verdadero interrogante que deja este aniversario no es cuánto poder conserva, sino si continúa siendo fiel a los principios que hicieron posible ese liderazgo.

Las grandes potencias rara vez comienzan su decadencia únicamente porque surge un competidor más fuerte, con frecuencia empiezan a debilitarse cuando abandonan los valores que les otorgaron legitimidad, y ese parece ser hoy el principal desafío de Estados Unidos.

Los "padres fundadores" construyeron una república sustentada sobre una idea revolucionaria: limitar el poder mediante el propio poder, el federalismo, la división de poderes y el sistema de controles y equilibrios buscaban impedir que la voluntad de un hombre pudiera imponerse sobre la Constitución. Décadas más tarde, Alexis de Tocqueville advirtió que el mayor peligro para una democracia no provenía solamente de un enemigo externo, sino de la polarización y la erosión gradual de las virtudes cívicas, y dos siglos y medio después, aquellas advertencias vuelven a adquirir actualidad.

El discurso de Donald Trump durante las celebraciones del 4 de julio sintetizó una visión muy distinta de aquella tradición republicana, la confrontación reemplaza al consenso, la guerra cultural sustituye al debate democrático, resurge un macartismo obsesionado con enemigos internos, y el individualismo extremo termina justificando una suerte de darwinismo social donde desaparece toda noción de solidaridad.

El verdadero riesgo aparece cuando las instituciones (la Justicia, la prensa, las universidades, los organismos internacionales) comienzan a ser consideradas obstáculos en lugar de garantías de la libertad. Bajo ese fanatismo ideológico, parte de la nueva extrema derecha parece transitar el síndrome de Sansón: en su intento de destruir a sus adversarios, corre el riesgo de derribar las propias columnas del templo que sostuvieron la democracia estadounidense.

La transformación también alcanza a la economía, mientras se proclama el libre mercado para los pequeños productores, el Estado despliega enormes incentivos y protección estratégica para las grandes corporaciones tecnológicas, y el resultado es una creciente concentración que algunos analistas denominan autoritarismo competitivo.

En política exterior el cambio resulta igualmente profundo, Estados Unidos abandona gradualmente el liderazgo basado en reglas para avanzar hacia un decisionismo internacional. Las declaraciones sobre una eventual anexión de Canadá, la presión sobre México, o la pretensión de incorporar Groenlandia reflejan una lógica donde el deseo del poder se convierte en su propio límite.

Paradójicamente, la propia historia territorial de Estados Unidos demuestra otra realidad: cuando declaró su independencia en 1776 apenas contaba con trece Estados, y los actuales cincuenta se incorporaron mediante compras, anexiones y guerras. Aquella expansión convirtió a Estados Unidos en una potencia continental, pero trasladar esa lógica al siglo XXI constituye un anacronismo, porque hoy la grandeza de una nación depende de generar conocimiento, innovación y legitimidad institucional, no de anexar territorios.

La misma lógica de confrontación aparece en Europa, donde Trump ha manifestado afinidad con la nueva derecha, entre ellas AfD en Alemania y Viktor Orbán en Hungría. Mientras tanto, Europa parece recorrer otro camino, construyendo soberanía tecnológica propia, y Occidente comienza a transitar a dos velocidades: una basada en la competencia geopolítica y otra en la preservación de reglas comunes.

La guerra con Irán exhibió las limitaciones de esta estrategia: Estados Unidos no logró un objetivo político claramente definido, Irán no fue neutralizado, y los aliados sunnitas quedaron con dudas sobre la confiabilidad del paraguas de seguridad norteamericano. La superioridad militar no siempre produce una victoria estratégica.

China, en cambio, compite con Estados Unidos evitando una confrontación directa, consciente de la trampa de Tucídides, mientras numerosos países comienzan a recorrer caminos propios sin reproducir necesariamente el modelo estadounidense.

Tal vez allí resida la mayor paradoja de estos 250 años: Estados Unidos no se debilita únicamente porque China asciende, sino porque es el propio Estados Unidos el que modifica los principios que hicieron que millones de personas quisieran parecerse a él.

Los Padres Fundadores comprendieron que la verdadera grandeza de una nación no consistía en la fuerza de sus ejércitos, sino en la fortaleza de sus instituciones. La historia enseña que los imperios rara vez caen exclusivamente por la fuerza de sus enemigos, con frecuencia comienzan su decadencia cuando dejan de creer en los principios que los hicieron grandes. Quizá esa sea la verdadera lección de este aniversario: el mayor peligro para Estados Unidos no está fuera de sus fronteras, puede estar naciendo dentro de ellas.

*Senador Provincial UCR.