Alejandro Bovino Maciel
Aquel epigrama: «sin ética no hay política sino politiquería», aunque parezca indiscutible, peca de parecer un concepto universal de la edad media: una idea tan abstracta a la que nadie se opone, pero que nadie comprende cabalmente. Si uno la pasa por un cedazo y la filtra racionalmente únicamente le quedará una moralina de catecismo, como aquel mandato evangélico: «sed santos», como si supiéramos profesionalmente sobre santidad. Yo ni siquiera sabría por dónde empezar para ser santo, aunque me lo propusiera.
En la escala de valores del poder no hay lugar para perspectivas catequísticas. Nicolás Maquiavelo en El Príncipe ya hizo de una vez para siempre la autopsia del poder y no necesitamos de la biopsia para corroborar que el mal ya está hecho desde el inicio de la carrera del poder. Pretender un gobierno impoluto de ángeles en los ministerios es tan utópico como desear que regrese la dinastía Habsburgo para resucita el Sacro Imperio Romano Germánico medieval.
La historia, mi querida gente, no retrocede. Basta abrir algún registro del pasado para detectar sus víctimas. La evolución humana no se detiene. En la segunda modernidad (siglo XX) la producción material dio un giro que ni el mismo Karl Marx pudo prever: la automatización y tecnificación agrícola que fue excluyendo a la mano de obra humana fácilmente reemplazada por máquinas (sembradoras, cosechadoras, trilladoras…) que desterró del área rural a inmensas masas de obreros y agricultores que, al carecer de calificación técnica alguna, pasaron a ser mano de obra desocupada en este posmodernismo siglo XXI. El campesinado tradicional quedó arrinconado en las peñas folklóricas, para regodeo de los festivales de doma y guitarreadas.
El otro cambio —aún mayor— es el de la cultura de masas, que tiende a homogenizar gustos, estéticas y hasta el menú del ciudadano-masa, que desayuna en Corrientes en la misma cadena de cafeterías que un empleado estatal de Bruselas, o Chicago. Y puede almorzar la misma comida chatarra en alguna cadena de Buenos Aires o Sydney. Toda esta etnología de la posmodernidad necesita de la política como eje integrador que facilite la vida social en su conjunto.
Cuando se achica el Estado, o se lo retira de la vida pública, ya podemos esperar todo tipo de calamidades. Por ahora el Estado es la única autoridad que mantiene el uso legítimo de la fuerza en el poder.
www.alejandrobovinomaciel.webador.es
junio 2026