José Guillermo Alfonso
¿En qué momento la política dejó de ser la confrontación de grandes proyectos colectivos para convertirse en un concurso de carisma individual?
Esa es la pregunta incómoda que flota sobre nuestras democracias actuales. Vivimos en una era donde las estructuras partidarias tradicionales —aquellas maquinarias capaces de planificar a largo plazo, formar cuadros técnicos y sostener una línea ideológica en el tiempo— parecen haber sido sepultadas por el peso de la individualidad y el algoritmo.
Hoy, la capacidad de saber gobernar y el rigor de una planificación seria cotizan a la baja. En su lugar, el mercado electoral premia la destreza para el acting, el tuit ruidoso y la habilidad de endulzar los oídos de una ciudadanía legítimamente cansada.
Las consecuencias de este fenómeno están a la vista de todos:
Los partidos históricos se desdibujan frente a "marcas personales". El candidato ya no representa a una plataforma; la plataforma es lo que el candidato dice que es esa semana.
La planificación a 10 o 20 años fue reemplazada por la promesa mágica que cabe en un video de 15 segundos. Se busca el impacto emocional inmediato, no la solución estructural.
Ganar una elección con dulces palabras es relativamente fácil si se toca la fibra sensible adecuada. El problema empieza el día después, cuando el "personaje" se sienta en el sillón de mando y descubre que para mover los hilos del Estado se necesitan consensos, equipos y, fundamentalmente, estructura.
Detrás de cada campaña moderna hay un fenomenal trabajo de maquillaje estético y discursivo. Se diseñan puestas en escena milimétricas, gestos ensayados y discursos empaquetados para ocultar las falencias de fondo. Pero el maquillaje, tarde o temprano, se corre con el sudor de la gestión diaria. Es ahí donde emerge esa verdad incómoda que todos, en el fondo, conocemos pero preferimos ignorar mientras dura el show: los problemas estructurales siguen intactos, esperando soluciones reales que ningún eslogan puede ofrecer.
"El peligro actual no es que los políticos nos mientan, sino que hayamos decidido que nos conformamos con que nos entretengan. Pero en la economía real de los pueblos, nada es gratis: el costo del entretenimiento de hoy se paga con el atraso de mañana."
No se trata de añorar un pasado perfecto que nunca existió, sino de advertir un presente peligroso. La superficialidad tiene patas cortas y los problemas complejos —la economía, la seguridad, la educación— no se resuelven con carisma ni con filtros de pantalla.
Cuando compramos el personaje y validamos el circo, estamos firmando un cheque en blanco que la realidad se encargará de cobrar con intereses. Nada es gratis en el destino de una nación o de una provincia; cada solución mágica postergada es una hipoteca sobre el futuro de las próximas generaciones.
Si la individualidad definitivamente superó a la estructura, corremos el riesgo de quedar atrapados en un ciclo eterno de mesías que nacen y mueren al ritmo de las tendencias de las redes sociales. Es hora de volver a exigir que, detrás de la sonrisa, el maquillaje y la frase pegadiza del candidato, haya un mapa de ruta, un equipo real y la capacidad probada de gestionar la realidad, no solo el relato.