Por José Miguel Bonet
Mi infancia son recuerdos de una casa pueblerina, unida en el fondo con la casa de mis abuelos; sus árboles, sus olores y todo lo humano que ella contenía.
A mi papá Pepe le decían respetuosamente "el Ing.". Fue el segundo agrónomo en habitar Saladas.
Vivía lejos de las apariencias; era muy él: camisa y pantalón de grafa, con su cigarro en una mano.
Siempre ameno y con un humor muy propio de él, dispuesto a enseñar y resolver las dudas que muchos venían a plantearle.
Se fue muy pronto, pero dejó huellas importantes por donde repetir y transitar.
Siempre lejos de la soberbia y las apariencias, nunca indiferente y siempre solidario.
Muy familiar, le gustaba juntarse con todos, y esos momentos eran de gloria. Trataba siempre de mantener el ramillete unido y rosagante.
Me dejó una herencia que no se puede conseguir sin el tiempo y la lealtad. Me dejó honestidad y el deseo constante de recrear las virtudes.
Ya en sus últimos días me enseñó que lo que le pasaba a él no era nada extraordinario. Me dijo: "Nací mortal y aquí está dando sus frutos".
Tuvo mucha paz e hidalguía para aceptar su final. Pidió que lo dejaran junto a sus padres en Mburucuyá. Recuerdo que un sacerdote amigo vino a confesarlo y él, con esa paz que solo da el buen andar, le dijo: "Nunca hice el mal conscientemente; que Dios me perdone la inconsciencia. Él sabe la verdad".
De ese capital que dejó recuerdo uno. Un día fui a retirar una importante suma de dinero de la venta de maderas, a lo cual le dije: "¿Dónde tengo que firmar?". Un señor ya de edad me preguntó: "¿Usted qué es del Ing.?". Le contesté: "El hijo". Entonces respondió: "No tiene nada que firmar". Ese legado trato de acrecentar y que mis hijos hereden.
Cuando finalmente partió y la casa quedó en silencio, recorrí cada rincón vacío que guarda su esencia con cuidado. Mis ojos buscaron en vano su figura en el salón y el eco de su risa; todo era solo un rumor en mi confusión, una memoria dulce que se transforma en dura realidad.
Quedé habitando los espacios que un día fueron nuestros, entre los fantasmas de la dicha y las vivencias que el ayer dio, llevando esta carga de nostalgia por todo lo que hemos vivido, con el consuelo de haber transitado con verdad y con fe, aunque ese afecto, con tu partida, sea el origen de tristeza y mucha esperanza.
Te extraño un montón.