Corrientes, viernes 29 de mayo de 2026

Cultura Corrientes

Jarumi Nishishinya: “La obra redime y alivia el dolor”

29-05-2026
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(Por Facundo Sagardoy)La artista visual Jarumi reflexionó sobre los cruces entre identidad, memoria, dolor y creación artística durante una extensa entrevista en la que abordó la influencia de su ascendencia okinawense, la presencia del imaginario del nordeste argentino en su obra y su vínculo con la salud mental.

La obra de Jarumi se construye desde un territorio de cruces: Okinawa y el nordeste argentino, la memoria íntima y la simbología popular, la belleza y lo siniestro.

La artista define su producción como “arte nikkei”, una identidad híbrida atravesada por la herencia japonesa de su abuelo y por las raíces correntinas y litoraleñas de su historia familiar. En sus pinturas, dibujos y cerámicas conviven mujeres con rasgos orientales, quimonos y peinados tradicionales junto al Gauchito Gil, figura popular que aparece como emblema de sacrificio, dolor y resistencia.

Esa convivencia simbólica entre lo oriental y lo regional no surge como artificio estético, sino como una síntesis vital que atraviesa toda su producción y le otorga una identidad singular dentro de la escena contemporánea del NEA.

Pero la obra de Jarumi también se sostiene sobre una dimensión profundamente humana y psicológica. Licenciada en Psicología y trabajadora histórica del ámbito de la salud mental, la artista incorpora a su universo creativo la sensibilidad adquirida durante más de dos décadas de trabajo con personas con psicosis, autismo y discapacidad. En sus palabras, el arte aparece como un espacio capaz de contener, traducir y transformar el sufrimiento.

Allí el cuerpo ocupa un lugar central: cuerpos fragmentados, fisurados, vulnerables, atravesados por cicatrices visibles e invisibles. La artista reveló además que su necesidad compulsiva de dibujar la figura humana nació tras una experiencia traumática de abuso sexual sufrida en la infancia, hecho que marcó profundamente su psiquismo y su búsqueda estética. Desde entonces, su obra intenta transformar el dolor en belleza y convertir la experiencia traumática en una narrativa visual cargada de intensidad emocional.

En ese recorrido también aparecen el erotismo, el sueño, la literatura y la exploración de nuevos lenguajes materiales. Durante la pandemia, el aislamiento y el miedo a la muerte impulsaron en Jarumi una producción marcada por el eros y el contacto humano perdido, dando origen a series inspiradas en el shunga japonés y en las relaciones mediadas por pantallas.

Paralelamente, profundizó su trabajo en cerámica, disciplina que reivindica como un lenguaje contemporáneo capaz de expresar visceralidad y tridimensión. Actualmente, la artista desarrolla nuevas series vinculadas a los “estados de ánimo”, donde confluyen máscaras japonesas, figuras híbridas y emociones extremas surgidas de experiencias personales recientes. Desde esa perspectiva, Jarumi entiende el arte como una herramienta de interpelación capaz de incomodar, conmover y abrir sentidos en el espectador, completando allí el verdadero destino de la obra.

- ¿Cómo influye tu ascendencia de Okinawa en la obra que estás presentando y, en general, en los espacios que recorrés recurrentemente?
- Mi abuelo vino de Okinawa, Japón, y yo me crié en un ambiente con iconografía japonesa: esculturas, pinturas y grabados. Desde que comencé a pintar y dibujar de manera sistemática en el taller Guernica, en 1994, realizo mujeres con quimonos. La estética oriental atraviesa mi obra desde un principio. A veces aparece más en algunas series que en otras, pero también escuché a críticos de arte decirme que no solo tiene que ver con ciertos detalles estéticos, sino también con una composición más oriental. Mi arte es nikkei. ¿Qué quiere decir nikkei? Es el descendiente de japoneses arraigado y nacido en otro lugar. Hay distintas generaciones. Por lo tanto, mi arte no es japonés ni nipón: es nikkei. Aparecen cuerpos más latinoamericanos; es una mezcla.

- Vamos a eso entonces. ¿Qué recuerdos de Resistencia y del nordeste argentino aparecen en tu obra?
- Tengo un abuelo de Okinawa, pero también bisabuelas y abuelas correntinas. Tengo mucha sangre correntina. Toda la familia de mi padre viene de Goya. Mi abuela se radicó en Resistencia y mi abuelo materno era de Itatí. Toda esa mezcla aparece en mi obra. También aparece el Gauchito Gil desde hace algunos años, a partir de una experiencia muy fuerte que tuve. Respeto mucho su popularidad como santo elegido por el pueblo y como figura sublevada, alguien que se negó a matar inocentes. Me resulta muy interesante porque no deja de ser un chivo expiatorio de una sociedad que lo condenó y lo mató. Desde ese mito tan fuerte surge algo muy arraigado en mí. Entonces aparece esa mezcla de una mujer que parece geisha o japonesa, con peinado oriental, junto a una estatua del Gauchito, atravesada por esa gota de sangre que corre, porque es la sangre del inocente, del sacrificado.

- El arte es un elemento fundamental de la cultura y también de la psicología, de la ciencia del alma. ¿Cómo se encuentran en tu obra estas reflexiones sobre la condición humana y el arte visual que mostrás para el goce estético, el recuerdo y la memoria de un origen lejano, pero también cercano?
- Soy licenciada en Psicología y trabajé siempre en instituciones. Mi primer trabajo fue en el neuropsiquiátrico San Francisco, de Corrientes, dando talleres de arte antes de recibirme. Siempre elegí trabajar en el ámbito de la salud mental. Hace más de veinte años trabajo con personas con psicosis, con autismo y con discapacidad. Eso influye profundamente en mi sensibilidad. Estas personas muestran una desnudez humana muy particular, tanto en el sufrimiento como en la alegría. Sus expresiones son honestas y su humor muy singular. A mí me conmueven profundamente. Trabajo apasionadamente para escucharlos, contenerlos y, en algún punto, aliviar el dolor que generan las alucinaciones y las complejidades propias de la psicosis.

“MI ARTE NO ES JAPONÉS, ES NIKKEI”

- Tu arte es respetado y admirado por artistas y colegas de toda la región. ¿Quiénes marcaron tu trayectoria hasta llegar a esa voz propia que surge desde el nordeste?
- Antes de responder, me gustaría decir que mi arte también tiene algo visceral que surge de unir la psicología con las personas con las que trabajo. En mi obra aparece mucho el dolor, lo visceral, la tragedia. Mis maestros fueron Juan José Techmer en pintura, Rolando Sá Fleitas en dibujo y Schenone, en escultura. También tomé cursos con Mariano Sapia, discípulo de Carlos Alonso, e hice becas Antorchas. Todos tenemos influencias. Están mis maestros, pero también todo aquello que uno consume y admira. Yo decía: “Quiero pintar como Bacon”, aunque después mi obra no tenga nada que ver con él. Admiro mucho a Francis Bacon, a Goya y a Klimt. Tal vez algo de ellos aparece en mi obra.

- Pasemos al cuerpo, que en el arte contemporáneo se convirtió en un campo de disputa simbólica. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en tu obra y qué te interesa explorar a través de él?
- El cuerpo humano me obsesiona desde muy niña. Mi madre cuenta que, a los ocho años, le pedí que me llevara a aprender dibujo porque me preocupaba no poder hacer bien la figura humana. Personalmente adhiero a una idea de Marisa Wagner, escritora y referente de las artes vinculadas a la salud mental, quien dice que no conoce artistas que no provengan del dolor. Mi infancia estuvo atravesada por un dolor muy fuerte. Entre los tres y los cinco años sufrí abuso sexual por parte de un tío político. Eso marcó profundamente mi psiquismo y mi necesidad de dibujar el cuerpo humano una y otra vez. Siento que me rompieron el alma a través del cuerpo. Desde entonces dibujo compulsivamente: bocetos, cuerpos, figuras humanas. Cuando era adolescente iba sola a cafés con mi cuaderno y dibujaba personas durante horas. Creo que todo eso tiene que ver con intentar simbolizar tanto dolor y tanta fragmentación. Transformar la basura en belleza, como dice Marisa Wagner. Quiero que ese dolor aparezca en la obra, porque la obra redime y alivia el dolor. Hay algo en mi obra que transmite eso, incluso sin conocer mi historia personal. Hice una denuncia penal y debí hacerlo público para presionar al Superior Tribunal de Justicia del Chaco para que avanzara el juicio. Todo eso ya es público. Más allá de eso, mi obra intenta transformar lo terrible en belleza. Esa parte siniestra que aparece es también parte de la belleza que uno intenta generar en el mundo.

- ¿Cómo manejás la vulnerabilidad y la tensión emocional al momento de crear una obra y de exponerla públicamente?
- Tengo una vida onírica muy vasta y prolífica. Sueño mucho y muchas veces me levanto con imágenes que después llevo a la cerámica, al dibujo o a la pintura. Puedo ver una escena cotidiana —una madre embarazada sentada junto a su hijo, ambos mirando el celular— y conmoverme profundamente. Entonces llevo esa escena a la obra. Trabajo en dibujo, pintura y cerámica. También me inspira mucho la literatura. Intento plasmar la vulnerabilidad, las fisuras, las cicatrices. Me interesa rescatar la belleza de lo diferente y también de lo monstruoso.

- Me recuerda mucho a Felipe Noé. ¿Qué te atrajo del shunga japonés para desarrollar “Imágenes de primavera”?
- Hace mucho tiempo quería hacer una serie erótica. Primero apareció un libro del Kamasutra hindú que me habían regalado. Después llegó la pandemia. Vivía sola con mi perro y mi gato. Creía que iba a morir de COVID porque había tenido una operación de pulmón y me consideraba de riesgo. Eso me hizo cambiar completamente la perspectiva sobre la vida. Entonces decidí pintar como una condenada a muerte. En ese contexto apareció el eros. Justamente lo prohibido era el contacto físico. Pensé que era el momento de trabajar la carnalidad, los abrazos, los besos, el contacto humano. Volví a revisar las estampas eróticas japonesas y, después de empaparme de esa estética, hice mi homenaje al shunga. En ese momento Alberto Fernández recomendaba el sexting y el sexo virtual. De ahí surgió la serie “Shunga e hipermodernidad”, donde incorporo pantallas y celulares. Todo eso nace de lo que vivimos durante la pandemia.

“TRANSFORMAR LO TERRIBLE EN BELLEZA ES PARTE DE MI OBRA”

- ¿Qué lugar creés que ocupa el nordeste argentino dentro de la escena nacional y regional?
- ArteCo es la feria de arte más importante del NEA. Tiene trayectoria y una enorme calidad curatorial. Esta octava edición me emociona profundamente. Ver jóvenes, adolescentes y chicos maravillándose con las obras y sacando fotos me da esperanza. Todo lo que estoy viendo es muy positivo para la región. A nivel nacional ya conocen nuestro arte.

- ¿Creés que el arte puede incomodar e interpelar socialmente?
- Para mí, el arte debe interpelar. Mi obra busca incomodar, mover y hacer pensar. Me interesa el arte que saca al espectador de la comodidad. No necesariamente tiene que ser algo explícitamente rebelde o sangriento. A veces un paisaje gris con un cuervo puede generar esa incomodidad. El arte tiene que tocar fibras desconocidas. La obra se completa en el espectador. Por eso es tan importante exponer y circular las obras. No tiene sentido que queden guardadas en el atelier.

- Hablemos de la materialidad. ¿Qué posibilidades expresivas te permiten la cerámica, la pintura y el dibujo?
- Comencé con el dibujo. Es mi fuerte y nunca lo abandoné. La pintura me costó más, pero durante la pandemia encontré un método propio. Trabajo mucho con técnica mixta. Mi dibujo tiene algo pictórico y mi pintura algo muy ligado al dibujo. Dibujo directamente con el pincel. La cerámica es otra cosa. Me permite una visceralidad distinta. La arcilla siempre estuvo presente en mi vida porque mi padre trabajaba con ella. Desde 2004 trabajo sistemáticamente en cerámica. Durante mucho tiempo se la consideró un arte menor, pero hoy esos prejuicios quedaron atrás. La cerámica es una materia tan noble como cualquier otra y me permite trabajar desde el cuerpo y la tridimensión.

- Para cerrar: ¿qué búsquedas artísticas o conceptuales te movilizan actualmente?
- Siempre trabajé por series. Investigué el mundo de las geishas, el shunga y la vida de los luchadores de sumo. Todos esos universos me interesan porque combinan belleza y oscuridad. Actualmente estoy mezclando todas esas series. Trabajo en una nueva llamada “Estados de ánimo”, una serie profundamente visceral. Creo que tiene que ver con los últimos años de mi vida, especialmente desde que hice la denuncia penal por abuso sexual. Todo eso generó una escalada emocional muy intensa a nivel personal y familiar. Hoy mi búsqueda pasa por transformar esos estados anímicos en obra. Estoy en pleno proceso.

- Muchas gracias.
- De nada.