Por Alejandro Bovino Maciel
Por varias razones los y las ciudadanos hemos olvidado las nociones básicas del funcionamiento de la política, que es el arte de conducir el Estado en el mayor beneficio posible para la población.
Aunque esto muchas veces no se cumpla (lo del mayor beneficio) básicamente esa es la función de la política, nociones que hemos perdido y, como decía un pensador, el precio de abandonar nuestra participación en la sociedad (que es de todos) es el ser gobernados por los peores. Esto se cumple siempre. Si yo me desentiendo del manejo de mi casa, sucede lo mismo: desorden, anarquía, conflictos.
Desde el célebre enunciado de Francis Fukuyama, allá por los ’90 cuando anunció que “las ideologías han muerto en política”, ese no fue sino el eco del derrumbe del Muro de Berlín que separaba a los países comunistas de los países liberales durante la larga Guerra Fría que empezó en febrero de 1945 en Yalta y culminó con la Perestroika soviética en 1989. El capitalismo triunfante (ya que el socialismo había colapasado) se tomó la revancha convirtiéndose primero en neoliberalismo, y después, ya entrado este desconcertante siglo XXI, en capitalismo financiero. Esto significa poco más poco menos que las grandes corporaciones empresariales tomaron el comando de la sociedad y, como los viejos señores feudales, se dedican a vivir de rentas explotando a todos los que están por abajo.
Recuerdo que allá por los ’90 durante la infamia menemista ciertos amigos del círculo de filosofía de la UBA me decían que “ya no se gobierna con ideologías sino con pragmatismo”. Yo los recusaba diciéndoles si acaso el pragmatismo no era una ideología fundada por James. Me refutaban diciendo que empezaba un nuevo ciclo histórico, yo les respondía que en mis 50 años ya había vivido suficientes ciclos históricos argentinos para saber que no iba a cambiar un carajo. Y así fue. El menemismo retrasó al menos 30 años al país, fue la peor lacra del siglo XX después de las dictaduras.
Con la perestroika y la caída del Muro de Berlín (1989) todo parecía color de rosas, el capitalismo triunfante del cow boy senil (Reagan) y la Dama de Hierro (Thatcher) consiguió un mundo unificado lleno de buenas intenciones, color de rosas, donde súbitamente todos los seres humanos entramos en modo “fraternidad universal” al menos en Argentina ya que por entonces al decir del farabute de Menem teníamos “relaciones carnales” con EEUU comisario del Mundo. Un presidente (Bush hijo) lo dijo claramente: “EEUU no tiene amigos, solo tiene socios comerciales”. Y no lo acuso, es deber del gobierno de EEUU defender los intereses de EEUU. Como es deber de nuestro gobierno defender a uñas y dientes los intereses de Argentina.
Como todos y todas sabrán, esa primavera eufórica del 89 no sirvió de nada. El mundo unipolar siguió siendo tan desigual e injusto como el de 1988. El problema no era al socialismo sino el capitalismo salvaje que sigue saqueando y produciendo guerras donde pone sus garras. Hoy EEUU ya no es la potencia del ’89, hoy es un imperio decadente que escogió por segunda vez a un megalómano que se cree Napoleón. Están en una situación desesperada con una sociedad dividida al borde de la guerra civil. El triunfalismo berreta de los Reagan y los Bush ya no convence a nadie. Han sido tan torpes que empezaron una guerra instigados por un aliado como Israel, que siempre ha sido un forúnculo en Oriente Medio. Ahora están nadando en el fango, los iraníes no les dan treguas atacando con drones baratos pero sostenidos e inteligentes en cuento a objetivos estratégicos. Si, para empeorar, a EEUU se le diera por desembarcar tropas, Vietnam parecerá un juego en un pelotero de jardín de infantes al lado de esto.
Mientras tanto el presidente títere que tenemos sigue del lado equivocado. Busca los peores aliados, toda la cúpula que lo rodea está metida en actos de corrupción a coro, no hay forma de salir airoso en todo esto.
La sociedad argentina lentamente despierta del letargo que le dio un baño de medios de difusión masiva adictos al dólar-prensa, una nueva categoría financiera, y una CGT que parece víctima de una sobredosis de Rivotril. El acto del 24 de marzo lo demostró contundentemente que la sociedad ya no cree en “mañana estaremos mejor” y aquellas falsas promesa como dice el chamamé.
PISA, MARZO 2026