Corrientes, martes 17 de marzo de 2026

Cultura Corrientes

El Sol Naciente en la Tierra Sin Mal: Allende los mares, con aromas a cerezos

08-03-2026
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Por Facundo Sagardoy

Mi mente evoca
multitud de recuerdos.
¡Estos cerezos!

Matsuo Bashō

A tus manos, lector, llega hoy “Allende los mares, con aromas a cerezos”, abierto como una evocación floral y como una metáfora traída por los vientos de Oriente; un jardín que irrumpe en medio de la llanura correntina, un puente de pétalos tendido entre la tierra roja y el Sol Naciente. Entre tus manos se despliega, junto al primer equinoccio, para que la memoria —que respira como un río subterráneo—, la identidad —que late como un tambor antiguo— y la persistencia cultural —que arde como un farol encendido en la noche— encuentren cauce común donde reconocerse y perdurar.
Desde aquí saluda la Asociación Japonesa de Corrientes, una casa hecha de memoria y futuro, donde cada pared custodia una historia y cada ventana se abre hacia dos horizontes. Es un puente suspendido sobre el océano de la distancia y, a la vez, un faro tenue que —como una luciérnaga obstinada en la noche— guía a quienes no desean extraviarse en la niebla del olvido. Desde aquí habla, la tradición que camina descalza con la serena sabiduría de un árbol que reconoce, sin prisa, el paso de las estaciones.
Aquí renace la grulla —sí, aquí— ligera como cometa de papel que asciende y se pierde en el vasto cielo del tiempo, llevando en sus alas la promesa antigua de la longevidad y la fortuna serena. Aquí se eleva, para que usted la nombre y la siga con la mirada como quien sigue un pensamiento que se expande: su vuelo se enlaza con el del senbazuru, y en cada pliegue se revela la paciencia del mundo, en cada ala se levanta una plegaria silenciosa que atraviesa generaciones. Y aquí, lector, el arte nipón lo llama. Entre letra y letra el papel —humilde, frágil, casi invisible— comienza a respirar en sus manos, cómo mil grullas dobladas que depositan su saber en mil instantes de atención, figuras que son respiraciones del espíritu, un rosario de aire tejido por dedos humanos, donde el deseo toma forma y la esperanza, como un vuelo leve sobre el agua quieta, toca apenas la superficie del mundo… y al tocarla, la bendice.
Aquí se abre la historia de Sadako Sasaki, como una cicatriz luminosa en la piel ardiente del siglo XX que vuelve a respirar entre nosotros. Su origami es una llama pequeña y obstinada que no se extingue ante el viento de la tragedia: arde, sí, arde en silencio, arde en las manos que pliegan el papel y en la memoria que se niega a olvidar. Y en ese gesto —frágil como los papiros de Santa Ana, firme como el monte Fuji— se reconoce una escuela de perseverancia, un evangelio civil de paz sin púlpitos ni campanas. Cada grulla se vuelve latido contra la sombra, palabra lanzada al mundo en un vuelo tenue pero irreductible: una sílaba de esperanza que, al alzarse, recuerda a la humanidad que incluso el gesto más pequeño puede inclinar la historia hacia la luz.
Cuando la comunidad lleva sus grullas de papel a las escuelas y a la Legislatura, el papel deja de ser papel y se vuelve bandera callada. Pequeñas alas nacidas de manos pacientes atraviesan los umbrales de los edificios solemnes y entran como entra el viento, sin pedir permiso, sembrando algo que no se ve de inmediato: memoria. Y la memoria, cuando toca la tierra viva de un pueblo, germina ciudadanía. Así lo íntimo abandona la mesa doméstica y sale a la calle; el símbolo se yergue y aprende a hablar, como el rumor del río cuando besa la orilla, con la voz de Corrientes. Responde despacio, con la paciencia de las mareas que ascienden sin estrépito pero sin pausa. Los niños preguntan cómo suenan las palabras del Japón, y en su mirada arde la chispa del conocimiento. Manga, animé: puertas corredizas detrás de las cuales aguardan miles de años de historia. Con el resplandor de sus luces vivas, la cultura pop abre un sendero inesperado hacia el tiempo remoto y profundo del saber nipón.
La gastronomía irrumpe como un perfume que atraviesa calles, asciende por los balcones y se mezcla con el aire común de la ciudad. El sushi reposa en los platos como pequeñas lunas que han descendido a la mesa; el dorayaki es un abrazo dulce que se abre y se disuelve en la boca; y cada bocado, sí, cada bocado, es un mapa vivo y comestible donde archipiélagos lejanos y esteros litoraleños se reconocen como hermanos. ¡Salve la mesa compartida!, territorio sin fronteras donde la diversidad se sienta, conversa y alza su copa invisible de hospitalidad.
La Feria “Sabores del Japón” florece cada año —como un cerezo que despierta a la primavera— convocando manos solidarias que trabajan, que amasan, que doblan sueños en silencio y los ofrecen al mundo. Cada puesto brilla como un farol en la tarde; cada receta llega cargada de memoria, como si una antigua historia fuese servida en cuencos tibios que pasan de mano en mano. Allí el pueblo se reconoce en la abundancia sencilla de los sabores, en la alegría del encuentro, en el rumor de voces que celebran la vida.
Y el torii, imán de la diosa del Sol, se levanta —alto, rojo, hospitalario— como un arco detenido entre dos cielos. Es una puerta simbólica donde lo sagrado se inclina con humildad y entra en lo cotidiano. Umbral entre dos geografías que se miran largamente a los ojos: Japón y el Litoral respirando en un mismo aire. Bajo su sombra, los pasos suenan como campanillas de bienvenida, y cada visitante que cruza siente, aunque sea por un instante, que el mundo entero cabe en ese puente leve tendido entre las orillas del espíritu.
Hoy, el cincuentenario institucional suena como una campana de bronce que convoca a la memoria y hace vibrar medio siglo de ecos en el aire. Cincuenta años: cincuenta anillos hondos en el tronco de un árbol que ha crecido bajo soles benignos y también bajo tormentas, que ha resistido sequías y vientos y aun así levanta su copa hacia el cielo abierto. Cada aniversario es una estrella añadida al firmamento de la memoria compartida; cada año una chispa que permanece encendida en la vasta noche del tiempo humano.
Alicia Higa se alza allí —rodeada por tres generaciones que respiran su nombre— como raíz firme que sostiene la tierra y como rama generosa que se multiplica en hojas nuevas. En su figura laten las manos que cosieron trajes, las manos que amasaron arroz y dulzura, las manos que enseñaron palabras que cruzaron el océano para quedarse a vivir en esta orilla. Su historia es un hilo dorado —sí, un hilo paciente y luminoso— que cose pasado y porvenir en la misma tela donde la comunidad ha bordado bajo su nombre su propio destino.
Aquí, lector, se alza el jardín japonés, imaginado antes de existir como una promesa verde trazada en el mapa del Taragüí: un oasis que respira en medio del asfalto ardiente, un poema visual vivo escrito con piedras, agua y silencio. El Paseo de los Inmigrantes se perfila como una brújula de contemplación, un lugar donde el paso humano desacelera y la mirada aprende, una vez más, a demorarse ante la fiesta de la floración —el Hanami—, que cae sobre el litoral como una lluvia de pétalos sin fin. Bajo el cielo correntino, cada flor es una campana diminuta suspendida en el aire que anuncia la verdad breve de la belleza: nace, resplandece, cae.
Ahora oiga el latido profundo en el Anfiteatro José Hernández. Allí los tambores del taiko golpean la noche como un corazón gigantesco, antiguo como la tierra misma. Las danzas de Okinawa giran y dibujan círculos en el aire, un oleaje de cuerpos que recuerda la respiración del mar. Y el río Paraná escucha —lo sé— y responde con su murmullo ancho, como si también él quisiera aprender ese ritmo remoto. Entonces todo se reúne: la música, la geografía, el viento, la memoria; y en ese instante las corrientes del mundo se abrazan.
Mire los talleres de origami —mírelos con calma— y advierta que allí sucede algo más que un simple ejercicio de manos. Las manos se inclinan, pliegan con atención, repiten el gesto una y otra vez; y el papel, ligero y preciso, se transforma bajo esa disciplina hasta volverse figura, ala, forma en equilibrio.
Observe también la caligrafía: la tinta avanza sobre la página blanca con la firmeza de un trazo que ordena el espacio. Cada signo nace del pulso entrenado, de la paciencia del cuerpo que aprende a medir su movimiento. Cada pliegue, cada trazo, guarda una pausa donde el arte se afirma y el sentido aparece. En esa pausa —breve, concentrada— la mano y el pensamiento se encuentran.
Dirija ahora su mirada hacia la escuela de idioma japonés. Véala erguirse como una lámpara encendida en la penumbra: sílabas —una tras otra— que se tienden como puentes de luz hacia el océano del tiempo, a través de cientos de generaciones.
Y llegan las celebraciones: el Tanabata, los encuentros de Ojiichan y Obaachan. Y el calendario se ilumina como un cielo de constelaciones familiares. Los abuelos brillan como faros antiguos; los nietos, barcos nuevos, aprenden a orientarse.
Oiga el viaje del Chamamé cruzando el océano como una paloma que invierte la ruta del viento. Corrientes envía su acordeón como brújula sonora, y en la Casa de Japón el ritmo que serpentea el litoral se encuentra con otro eco antiguo que nutre su alabanza a la lluvia. Entonces se comprende: el intercambio donde las culturas se miran y se reconocen en un mismo espejo. Sepa que aquí la bandera blanca de corazón rojo conversa con la celeste y blanca como dos cielos que comparten el mismo amanecer. Y el Sol Naciente se refleja en los esteros como una moneda dorada que fue arrojada por Tupã hacia las aguas del tiempo.
Observe ahora hacia el pasado. Verá a los primeros inmigrantes cruzando el mar, hombres y mujeres convertidos en semillas lanzadas hacia una costa desconocida.
Y finalmente, deténgase —aunque sea un instante— en la respiración breve de la poesía. Oh, poesía. El Haiku, relámpago que ilumina un segundo de eternidad. El Senryū, que sonríe ante la condición humana. Y el Tanka, que canta entre siglos como una carta perfumada. Y así, lector, comprenderá que en estas formas breves late algo vasto: un instante que se abre como horizonte, una palabra pequeña que contiene al mundo.
Y llega la literatura del Norte Grande, como una constelación vecina que comparte el mismo firmamento de palabras.
“Allende los mares, con aromas a cerezos” respira sobre la ciudad como una fragancia persistente: flota por las calles, se posa en las plazas, acompaña a quienes abren sus páginas bajo la siesta o la lámpara de la noche. Cada lectura, cada voz que pronuncia sus líneas, es un viento leve que aviva ese perfume y lo deja expandirse por los barrios, por las veredas, por la memoria de la gente que el universo ha reunido en un mismo presente.
¡De Japón a Corrientes, y de Corrientes a Japón, este libro es identidad que fluye! Un río amplio que curva su cauce entre dos mundos. Aprender japonés en Corrientes, moldear un onigiri junto al Paraná, dejar que el chamamé encuentre eco en Tokio: todo ello levanta puentes invisibles entre orillas lejanas en espacio y a la vez cercanas en conocimiento. La comunidad japonesa en Corrientes crece como un árbol de doble raíz, profundo en dos suelos, abierto en un mismo follaje que respira el viento del archipiélago con aroma a litoral.
Aquí lo tiene, lector. Contémplelo, respírelo, déjelo desplegarse ante sus ojos. Un cruce inimaginado hace catorce mil años, cuando en Japón las manos moldeaban la arcilla y la arcilla guardaba memoria, historia y tiempo; cuando aún no habían llegado las corrientes de China y Corea, cuando el budismo todavía no extendía su aliento, cuando la escritura no había trazado sus signos y el sintoísmo murmuraba, entre montes y ríos, su antigua reverencia por la vida. De esa lenta respiración del mundo nacieron la armonía, la tradición, la delicada belleza que habita en cada gesto cotidiano.
Contemple también estas otras orillas del tiempo: hace diez mil años, en la región que hoy llamamos Corrientes, los ríos Paraná y Uruguay corrían amplios y generosos, acompañando el paso de los primeros nómadas del clima, del agua y de la fauna. Ellos aprendieron el lenguaje de la tierra, el pulso de las estaciones, el rumor de los peces bajo la corriente. De aquellas caminatas profundas en la historia surgieron los guaraníes, migrantes de la exuberante naturaleza amazónica, sembradores de mandioca y maíz, hombres y mujeres que avanzaban con la mirada puesta en poblar la Tierra sin Mal.
Aquí están, ahora, ante sus ojos: mundos lejanos, memorias antiguas, corrientes de vida que durante siglos caminaron separadas, y sin embargo estaban destinadas a encontrarse. Hoy confluyen en el presente como ríos que se abrazan. Aquí, lector, en estas páginas, traen consigo los colores del tiempo vivido, abren un umbral entre continentes, levantan un canto amplio que atraviesa generaciones y lo invitan a mirar más hondo, a sentir más cerca, a reconocer en lo cotidiano la eternidad.