Por Alejandro Bovino Maciel
Algunos apuntes sobre el libro No lloro por ella, lloro por mí, de Fernando Abelenda, EUDENE, Corrientes, Argentina, 2025, ISBN: 978-950-656-276-2.
Existe la provincia de Corrientes, la ciudad de Corrientes y existe, además, otra Corrientes que raramente aparece en los fulgores del arte porque se ha diluido en este vertiginoso siglo XXI. No obstante, el arte, que está fuera del tiempo y del espacio, la puede rescatar. Fernando Abelenda ha publicado una novela maravillosa, pero no de lo real maravilloso garcíamarquesco. Eso está muy bien en su Colombia. Aquí se trata de otra cosa, y de otra Corrientes. No la que se puede ubicar en un mapa entre el Trópico de Capricornio y el paralelo 30, limitada por dos grandes ríos: Uruguay y Paraná. No. Eso es apenas geografía. La otra Corrientes ya no existe, ha sido devorada por el insaciable tiempo. Está, como un arquetipo platónico, en el inmutable pasado que se fue para siempre a menos que la mirada del escritor rescate sus retazos y nos la devuelva en medio de los fulgores de una narración, con giros del pensamiento que iluminan con fulgores toda la escena y nos hacen ver algo que nunca habíamos visto de nosotros mismos. Eso es el arte. La capacidad de mostrarnos absolutamente desnudos de esa máscara que llamamos “personalidad” tal como somos, no tal como deberíamos ser, que es un deseo largamente postergado. La novela de Abelenda consigue ese milagro. En medio de un paseo por el pasado nos muestra en un resplandor algo así: “Es como cuando un chico, trepado al caballo de una calesita, pierde de vista a sus padres por un instante que le parece eterno y, tras una vuelta, los recupera de pronto: una alegría inmensa”. O esta otra frase: “lo inútil siempre tendrá su dignidad para mí”. Para quienes vivimos el utilitarismo contemporáneo, esa frase es una cachetada.
La novela avanza por medio de capítulos o secciones que desarrollan un tema puntual. Cada parte está precedida por una receta del Dr. Fermín Miranda que es el alter ego de Fernando Abelenda imposible de ocultar. Es un médico que vive en la ciudad de Corrientes pero, como Demóstenes, se reclama ciudadano del mundo, no por un pasaporte sino por el entrecruzamiento de referencias literarias, históricas, cinematográficas y artísticas que acompañan ese avance de la fábula, es decir, la historia que nos cuenta en cada caso la voz autobiográfica del Dr. Fermín Miranda. Se menciona a Voltaire, Scott Fitzgerald, a los dominicos, a Saverio el cruel, a Desayuno en Tiffany, a T.S. Elliot, a Kafka, a Solano López, Madame Lynch, Borges, Norman Mailer. Tokyo y Yukio Mishima, Graham Greene. Se habla del mundo y con el mundo. El escritor es esa caja negra de los aviones que registra absolutamente todos los detalles de sus travesías. Cada paso del pasado ha dejado su huella y Fernando Abelenda recoge lo mejor de esas pisadas para volver a mostrarnos a nosotros, correntinos, lo que perdimos del pasado transfigurado por esa materia del arte cuando es capaz de elevarnos por encima de las miserias de la materia de la que estamos hechos.
Padre y Madre, como figuras edípicas resaltan sobre el fondo de personajes de distinto tipo. El padre como tótem inalcanzable. La madre, como la pérdida inolvidable en el capítulo 2 (Posesión) que marca un antes y un después en la vida del protagonista. El título viene de allí, de ese momento que es como una escena primaria funeraria y terrible. Esa madre del capítulo 2 seguirá acompañando cada visión de pasado, de la otra Corrientes que ya desapareció junto a la madre que ha muerto. La obra es casi elegíaca, pero no de esas tristezas depresivas y amargas sino de la nostalgia, ese sentimiento que arrebata nuestras pasiones cuando miramos hacia atrás sin petrificarnos.
Fernando Abelenda ha conseguido algo que para un escritor inédito es increíble: crear ex nihilo una novela fascinante que se lee sola porque nos lee usando una materia sagrada: el pasado común. Todas y todos quienes ya pasamos la barrera de los 40 años hemos vivido los carnavales “de antes”, los inicios de Teresa Parodi, las visitas al cementerio San Juan Bautista, las mesas de café donde los amigos debaten y las mesas familiares, la escuela primaria, el colegio secundario. Los ’70, los ’80, los ’90 de la otra Corrientes.
Curiosamente, ambos escogimos como narratario a Darwi Berti. Quien lo conoció a Darwi sabrá que era un personaje decididamente literario. Todo aquello que lo rodeaba parecía arrancado de las páginas de un libro, de ensayos de Sartre, de cuentos de Arlt, de novelas góticas o, por el contrario, del barroco antillano. Darwi era eso: refracción constante de la literatura. Nelly Obregón me dijo que alcanzó a leer mi novela. Una pena que no haya alcanzado a leer esta magnífica ópera prima de Fernando Abelenda donde su retrato es mucho más fiel y auténtico.
Celebro con creces que hayamos ganado un gran novelista. Corrientes no tiene muchos novelistas. Y la otra Corrientes merece ser materia del arte, que nunca muere y tiene la misma capacidad que dicen que tiene Cristo: resucitar de entre los muertos el pasado para entregarlo a una nueva vida que palpita entre las páginas de No lloro por ella, lloro por mí.
Felicitaciones, Fernando.
BUENOS AIRES, FEBRERO 2026