José Guillermo alfonso
La citricultura en la provincia de Corrientes no es solo una estadística económica; es un mapa que se ha ido encogiendo con el paso de las décadas. Lo que en los años 80 era un despliegue de vigor productivo que abrazaba a toda la provincia, hoy es una resistencia concentrada en el extremo sur. Mientras el mundo vuelve a mirar nuestras frutas, la infraestructura parece haberse quedado anclada en un pasado que ya no vuelve.
Hubo un tiempo en que el centro-norte correntino era el corazón indiscutido del sector. Localidades como San Miguel, Saladas, Concepción, Tabay, Tatacuá y, muy especialmente, Bella Vista por nombrar algunos, no solo plantaban cítricos; alimentaban al país. En 1984, la cuenca del Río Paraná concentraba el 60% de la producción provincial, y Bella Vista, con sus plantas de empaque y su rol de cabecera en el desarrollo varietal, era un verdadero polo dinamizador. El tren, ese cordón umbilical que llegaba hasta Saladas, era la garantía de que la naranja Valencia llegara a los grandes centros de consumo con costos competitivos.
Pero en 1992, el silbato del Ferrocarril Urquiza dejó de sonar. Con su retiro, se llevaron algo más que vagones: se llevaron la viabilidad económica de miles de pequeños y medianos productores. Hoy, el contraste es desgarrador. Según datos recientes del INTA, departamentos como San Miguel han quedado reducidos a una existencia testimonial con apenas 35 hectáreas, y el propio Bella Vista, aunque aún conserva importancia, ve su peso mermar frente a las más de 20.000 hectáreas que ostenta el gigante del sur, Monte Caseros.
La mudanza del poder productivo, del Paraná al Uruguay
El desplazamiento hacia la cuenca del Río Uruguay (Mocoretá y Monte Caseros) no fue casual. Fue una migración forzada por la logística. La Ruta 14 se convirtió en la única arteria de salida, y en ese nuevo diseño, el centro de la provincia, antes tan vital, quedó "lejos de todo".
Hoy, el productor correntino se enfrenta a una paradoja cruel: mientras se abren ventanas de exportación —a veces a medias, entre protocolos burocráticos y exigencias externas—, el costo de mover la fruta desde donde está el productor hasta el puerto devora cualquier margen de ganancia. Un productor de mandarina apenas percibe el 24% del precio final que paga el consumidor. El resto se pierde en una cadena de intermediarios y fletes que pesan más que la propia fruta.
Exportar, una carrera de obstáculos en un campo minado de costos
La "apertura a medias" de los mercados internacionales encuentra a Corrientes con una estructura de costos asfixiante. Iniciar hoy apenas 20 hectáreas de cítricos requiere una inversión que supera los 22 millones de pesos (a valores de campaña 2021), una cifra inalcanzable para aquel heredero de la tradición citrícola de Saladas, Concepción o Bella Vista que vimos morir el tren de nuestros abuelos. La reconversión y la tecnificación se vuelven desafíos titánicos sin el soporte de una logística eficiente y accesible.
Sin una política de Estado que recupere la multimodalidad del transporte o que incentive la tecnificación en las zonas postergadas, seguiremos viendo cómo el mapa productivo se sigue achicando hacia el sur.
Corrientes sigue siendo un gigante cítrico, es cierto. Pero es un gigante que camina con una pierna atada a un pasado ferroviario que le quitaron y la otra a un flete que no puede pagar. Si la Argentina quiere divisas, debe entender que la exportación no empieza en la aduana, sino en el camino que une la quinta de un productor con el mundo.-
https://www.federcitrus.org/.../Federcitrus-Actividad...
https://www.coninagro.org.ar/el-rol-cooperativo-en-la.../
http://www.coopecicor.com.ar/index.html#productos
https://cooperativamocoreta.com.ar/!