Por Alejandro Bovino Maciel
Existe un extenso debate entre dos posiciones con respecto a la libertad en las redes sociales: la primera, nacida de los creadores de las grandes empresas digitales que gestionan las redes, especialmente Meta, pregonan a los cuatro vientos la necesidad de mantener la libertad de opinión, cueste lo que cueste. La segunda posición, más cauta, propone regular los contenidos que se harán públicos para evitar engaños en el campo de la acción. China, por ejemplo, exige la fuente de todo dato de carácter médico o científico que se desee publicar en las redes. Además, exige la idoneidad para que, por ejemplo, el piloto de avión (o la imponderable madame Bullrich) no opine sobre la utilidad o inutilidad de los tratamientos médicos sin tener la menor noción de patología médica, microbiología, oncología y otros tantos etcéteras de los que carecen tanto el piloto como madame Bullrich. Bueno, madame Bullrich carece de muchas cosas más ya que es sabido que ni siquiera sabe pilotear un avión.
Recientemente en redes una amiga mexicana hizo una pregunta que esconde una falacia: ¿me van a permitir abortar pero no decidir si me opongo a las vacunas?
Esto es, obviamente, una trampa.
El Estado, que es el que nos preocupa, no puede acaparar las conciencias de sus ciudadanos. Únicamente puede proveer las herramientas legales para hacer que sus vidas gocen del máximo de libertad y el mínimo de restricciones. La discusión sobre el aborto fue ampliamente consensuada tras años de debates en la ciudadanía. Se llevó a las cámaras legislativas durante el gobierno de Macri (lo aclaro para que no sigan pensando que fue la izquierda quien lo implantó), se debatió exhaustivamente, se votó y la ley se aprobó: aborto libre, gratuito y sanitario.
¿Esto significa que las mujeres están obligadas a abortar? De ninguna manera. Únicamente las mujeres que por H o por B decidan realizarlo saben que contarán con la protección legal y médica para realizarlo sin grandes riesgos. Como vemos, este procedimiento personal (la decisión de esa mujer de abortar) únicamente merece debate de aquí en más entre esa mujer y su conciencia. El Estado no puede ni debe entrometerse en ese ámbito sagrado llamado conciencia. El acto no afecta a la población general. No somete a riesgos colectivos.
En cambio lo que proponía esta amiga mexicana “no me quiero vacunar” excede el ámbito privado y se proyecta a lo colectivo porque si ella enferma de una peste afectará a otros/as con quienes se cruce en el camino. No podemos olvidar los millones de muertos del COVID-19. Es inmoral olvidarlo.
Defendía su posición alegando que si yo me vacunaba quedaría protegido y entonces ella quedaba en libertad de no vacunarse, total, que yo ya estaba vacunado y no corría peligro.
Este es el peligro del pensamiento simple, que se sustenta en el aire o en párrafos leídos en Google.
Le pregunté si sabía qué eran los linfocitos T, cuántos tipos conocía y para qué servían cada uno de ellos. Me respondió con vaguedades, como era de esperar, ya que esta señora nada sabe de medicina ni biología.
Ahí está el peligro que acecha en la “libertad de opinión” en temas específicos de carácter técnico o científico. Si uno no conoce nada del sistema inmunológico caerá fácilmente en estas falacias de pensar que simplemente la cuestión de “vacunas sí/vacunas no” se resuelve en simplificaciones. La misma madame Bullrich dio claras muestras del cinismo que se oculta cuando agitan las mentes con reivindicaciones de libertades vacías. Durante la pandemia encabezó caravanas que se oponían a la vacunación con argumentos filoparanoicos de índole conspirativas. Ella agitaba las masas pero después revelaron que ella sí se había vacunado, con día hora y lugar.
Si hay una epidemia, por más que yo esté vacunado, corro el riesgo de infectarme igual. La enfermedad en mí estará atenuada por mis defensas activadas mediante la vacuna, pero si padezco enfermedades previas que debilitan mi sistema inmune, el contagio no será tan inocente y puede resultar complicado y llevarme a la muerte porque tres imbéciles decidieron no vacunarse ya que son libres de disponer de su cuerpo. Recordemos a esos jóvenes libertarios que no se vacunaron, transmitieron el COVID a sus padres y abuelos que hoy están dos metros bajo tierra.
No todas las opiniones son respetables. Cuando una persona predica estupideces su libertad de opinión está limitada por el daño social que puede generar su idiotez.
Aplaudo a China que ahora exige que cualquier opinión en redes sobre temas científicos o técnicos exija la fuente de la que extrajeron sus proposiciones y la aptitud del autor/a acerca del tema del que quiere hablar.
No sé de qué le dejarían opinar a madame Bullrich ya que sabemos que su discapacidad para casi todos los temas es absoluta.
¿Inventarán alguna vez una vacuna contra la estupidez?
BUENOS AIRES, FEBRERO 2026