Corrientes, lunes 16 de febrero de 2026

Cultura Corrientes
LA POESÍA COMO PUENTE ENTRE LO ÍNTIMO, LO COLECTIVO Y LO AUSENTE

El alma de lo sencillo hecho canto y recuerdo colectivo

16-02-2026
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«ALLENDE LOS MARES, EN BUSCA DE PAZ». Obra editorial de carácter cultural y testimonial que reúne poemas de Gustavo Adolfo Ojeda y Yirala Yampey con obras del prolífico músico, compositor y director de orquesta paraguayo, Herminio Giménez, presentada oficialmente en la 26° Feria del Libro Chacú-Guaraní.

Por Facundo Sagardoy
16 de febrero de 2026

Gustavo Adolfo Ojeda camina por el pasaje Álvarez y siente el zanjón del Poncho Verde bajo sus pies. Cada nombre que pronuncia parece resonar en las paredes de las casas viejas, en los murales que el tiempo dejó. «Pedro Sosa / Que fue militar y obrero / Que trabajó en la fábrica de hielo / Que se casó con la Carmen / Y fue un hombre bueno» (Pedro Sosa en el recuerdo).

La memoria se hace carne en Ojeda. Cada gesto cotidiano, cada saludo, cada venta de diarios, es un acto de resistencia contra el olvido. La vida humilde se convierte en literatura viva, en una ética silenciosa que reconoce la dignidad de todos.

Como Neruda en Canto General, Ojeda sabe que los nombres pequeños pueden contener grandes historias. «Tu eres / lo que soy, lo que fui, lo que debemos / amparar, el fraternal subsuelo / de América purísima, los sencillos / hombres de los caminos y las calles /». La poesía se convierte en un acto de justicia que no necesita tribunales ni testigos.

En el barrio, los espacios guardan secretos y recuerdos. Detrás del Zanjón / Del Poncho verde, hoy entubado / Viene un niño / Recitando las noticias (Zanjón del Poncho Verde). El sonido de la infancia se mezcla con el olor del papel y la tinta, con el murmullo de la comunidad, con la memoria colectiva.

Ojeda nos recuerda que los lugares no son solo geografía, sino conciencia. Como Machado decía en Campos de Castilla, «¡Oh Soria!, cuando miro los frescos naranjales / cargados de perfume, y el campo enverdecido, / abiertos los jazmines, maduros los trigales, / azules las montañas y el olivar florido /», los paisajes viven y guardan historia.

El barrio se convierte en escenario de memoria, donde la diáspora libanesa y las familias locales conviven y se reconocen. El paisano nuestro / Que vino del Líbano / En su idioma nuevo / Aprendió el guaraní (Leo). La lengua y el trabajo son puentes entre culturas.

La ética de Ojeda se manifiesta en los gestos mínimos. Dar memoria es dar vida, dar reconocimiento, dar paz. Khalil Gibran decía: It is when you give of yourself that you truly give (Es cuando te das a ti mismo que realmente das.). Ojeda da memoria y da esperanza.

La paz, en sus poemas, no es utopía abstracta. Se construye con nombres, con pasos que caminan juntos, con sueños compartidos. «Dos hombres / Dos nombres / Un solo sueño: la paz del mundo que habitamos» (Y Danza será gozo).

Cada árbol, cada flor, cada casa es testigo de la historia de quienes habitan el barrio. La Tierra Guaraní, Tupá, María, la Virgen y los guaraníes conviven en sus versos. «La Tierra Guaraní / Que nos dejó Tupá / De manos de María / Dulce María del Caá Cupé» (Mujer Paraguaya).

La poesía de Ojeda es celebración, memoria y ética. Cada aroma de jazmín, cada murmullo de feria, cada niño que aprende a leer, forman un tejido que une barrio y mundo, pasado y presente.

La escritura de Ojeda dialoga con Juan Gelman, que también reconoce la voz de los humildes y la memoria de los pueblos. La infancia y los nombres propios son hilos que unen generaciones y territorios.
En sus poemas, lo cotidiano se vuelve universal. Los pregones, los periódicos, las calles, los nombres y los oficios son símbolos de una historia más grande que ellos mismos.

Su poesía también recuerda a Alejandra Pizarnik en la precisión de las imágenes y la intensidad de la memoria, aunque Ojeda elige la celebración más que la introspección dolorosa.

La vida del barrio, con su ruido, sus olores, sus ruidos y sus juegos, es un laboratorio de ética y de memoria. Los nombres se convierten en versos, los versos en reconocimiento, y el reconocimiento en paz.

Ojeda celebra los vínculos, los afectos, las alianzas entre vecinos y amigos. La alegría, el cuidado, la mirada que protege y enseña, forman parte de su universo poético.

La poesía del autor refleja también la historia de los inmigrantes y sus descendientes, que llegan y se integran en la comunidad, compartiendo raíces y sueños.

Sus versos buscan reconstruir un tiempo donde la convivencia y el respeto eran el tejido de la vida cotidiana. Cada historia, cada oficio, cada familia, se convierte en testimonio de dignidad.

Ojeda integra tradición y modernidad, rituales y memoria, fe y ética. Su mirada es amplia y profunda, capaz de ver en lo pequeño la totalidad de un mundo posible.

Su lenguaje es directo, íntimo y cercano. Los nombres propios se repiten, como un rosario de memoria y reconocimiento que sostiene la vida del barrio y la historia de sus habitantes.

En Ojeda, la memoria se convierte en acción, la acción en poesía, y la poesía en puente entre generaciones, culturas y territorios.

ENTRE LA PATRIA AUSENTE Y LA RESISTENCIA: YIRALA YAMPEY

Yirala Yampey escribe desde la ausencia y la memoria, como Roque Dalton. Sus montañas libanesas y los valles de Bekka son símbolos de raíz, resistencia y pertenencia. «Brillan las cumbres nevadas / De montañas esmeraldinas» (Nevadas Cumbres).

La memoria filial se mezcla con la patria que se extraña. «Qué alegre tristeza / Recordar tus días, / Tus sanos consejos, / Y la luz que fulgía / En tu hablar libanés» (A mi padre libanés). La nostalgia es ética, un acto de cuidado hacia los que vinieron antes y hacia los que vendrán.

Yampey recuerda a Mahmud Darwish en la forma de conjurar la patria ausente y la vida en exilio: «We have on this earth what makes life worth living: April’s hesitation, the aroma of bread, and the earth’s tenderness (Tenemos en esta tierra lo que hace que valga la pena vivir: la vacilación de abril, el aroma del pan y la ternura de la tierra)

La guerra y la destrucción atraviesan sus versos. «En el sur serrano, silban los misiles, / Matan y destruyen casas, sin reparos / Pero… Ya vendrán mañana, / De la paz la senda, / Y voces precisas en las oraciones». La poesía se convierte en resistencia y esperanza.

Los cedros y las montañas son metáforas de permanencia. «Dejan sus cedros / Los hijos libaneses, / Sueltan sus montañas / Y forjan ciudades» (Los Libaneses). La geografía se hace testigo de la memoria y de la identidad.

La elegía filial recuerda a Rainer Maria Rilke y a Pizarnik. Amar es recordar; recordar es sostener la identidad. La memoria familiar se convierte en poesía y ética.

Yampey dialoga con la poesía latinoamericana en la denuncia social y la esperanza. Como Nicolás Guillén, Idea Vilariño y Alfonsina Storni, todos encuentran en su poesía un puente hacia lo colectivo.

Su lenguaje es solemne, metáforico, lleno de antítesis y símbolos. Cada montaña, cada cedro, cada viento que cruza los valles es un verso que sostiene memoria y esperanza.

Ojeda y Yampey se encuentran en el eje de la memoria. Uno celebra lo logrado; el otro denuncia lo perdido. Uno canta la comunidad; el otro canta la diáspora y la resistencia.

Sus estilos reflejan esta tensión: Ojeda cercano, anafórico, con nombres y oficios; Yampey, solemne, elevado, con símbolos y paisajes. La ética estimula sus formas y define sus narrativas.

La integración cultural y la diáspora son constantes. Ojeda muestra cómo la migración puede enriquecer la comunidad; Yampey narra cómo la distancia puede fortalecer la memoria y la identidad.

Sus versos construyen un puente entre Latinoamérica y el Líbano, entre barrio y patria, entre lo cotidiano y lo universal.

La poesía, de ese modo, se convierte en un acto de justicia, memoria y esperanza. Los niños, los vecinos, los emigrantes, los ausentes, todos encuentran su lugar en la palabra poética.

Ojeda recuerda lo que está cerca; Yampey, lo que está lejos. Uno es celebración; el otro, elegía. Ambos son ética y estética, memoria y poesía.

La comunidad y la diáspora se entrelazan en un tejido poético donde lo íntimo y lo colectivo dialogan, se reconocen y se sostienen.

La naturaleza, la geografía y los símbolos culturales se convierten en protagonistas de sus versos. Árboles, montañas, valles, ríos y cielos contienen memoria y ética.

La nostalgia y la esperanza son motores de la poesía de ambos autores. Recordar no es un acto pasivo, sino un acto de cuidado y compromiso con los otros.

La literatura se eleva sobre su origen como una corriente de resonancias compartidas, que nutre la respiración de voces que dialogan más allá del tiempo y del territorio. En ese entramado, la palabra se reconoce en otras palabras, se espeja, se continúa y se transforma. Así, el recuerdo se transforma en cuerpo vivo, y su geografía en memoria trascendente.

En la convergencia de estos universos, la poesía celebra la vida, denuncia la injusticia, protege la memoria y ofrece esperanza. Barrio y patria, nombres y paisajes, pasado y futuro se entrelazan en cada verso.

Ojeda y Yampey nos muestran que la poesía puede ser memoria, ética, resistencia, celebración y belleza. Que cada palabra lleva consigo la vida de quienes la pronuncian, y que la literatura universal se construye en la memoria de los nombres, los lugares y los sueños que habitamos.