Por José Guillermo Alfonso
Arranca el fin de semana largo de carnaval, la política argentina atraviesa una metamorfosis tan profunda como peligrosa. Hoy, mientras los referentes nacionales del PRO parecen disfrutar de una eterna agenda de viajes y partidos de golf, su militancia en las provincias deambula como “gato sin cola”: desorientada, sin conducción clara y viendo cómo sus cúpulas se debaten entre la identidad original o la absorción total por el ecosistema de Milei.
En este tablero desconfigurado hacia 2027, el peronismo correntino ensaya su propia receta. Bajo el sello de “Fuerza Patria”, el senador “Pitín” Aragón ya recorre los barrios con una agenda de Axel Kicillof. El llamado “chico soviético” por sus detractores se convierte en el norte de un sector que busca un refugio ideológico frente a una desfragmentación partidaria que parece no tener techo.
Sin embargo, detrás de la incursión de las redes sociales —esa que nació con la esperanza digital de Obama en 2007— hoy se esconde una trampa de banalidad. La política se ha trasladado a las pantallas de los celulares, pero no para debatir ideas, sino para inundarnos con bailes, memes, canciones y filtros virales.
Esta "estetización" de la política tiene un objetivo perverso: no hablar de los problemas reales. Mientras el algoritmo premia el video gracioso o la respuesta ingeniosa, el interior del país sufre el impacto de una realidad que no tiene filtros de Instagram:
La desocupación que golpea silenciosamente en nuestras localidades.
El cierre de fuentes laborales y pequeñas industrias que eran el motor de los pueblos.
Una crisis económica que no se soluciona con un reel, sino con gestión y acuerdos que hoy parecen imposibles.
Boleta Única y el fin de las instituciones
La implementación de la Boleta Única de Papel (BUP) profundizará este cambio. Ya no habrá "efecto arrastre" ni escudos partidarios que protejan a los desconocidos. La elección se convertirá en un casting de personalidades. Si el periodismo, hoy desacreditado y sumido en la lógica del "clic" y la militancia, no recupera su rol de guardián de la verdad, el ciudadano quedará solo frente a los social bots. Estos perfiles automatizados no buscan informar, sino profundizar la polarización y proyectar personalidades artificiales.
El radicalismo y el peronismo se enfrentan al mismo dilema: ¿volver a los lemas de Perón o Yrigoyen, o entregarse al discurso híbrido que exige la modernidad líquida? La desfragmentación de los partidos, instituciones reconocidas por nuestra Constitución artículo 38, es el preámbulo de una democracia de "marcas personales" donde los grandes acuerdos nacionales brillan por su ausencia.
Banalizar la política a este nivel es desprestigiar la democracia. Si permitimos que la gestión se convierta en un contenido de entretenimiento, estaremos consolidando una sociedad de espectadores mientras las fuentes de trabajo se cierran y el futuro del interior se desvanece. Es hora de exigir que la política baje de la pantalla, guarde el palo de golf y vuelva a sentarse a la mesa de los problemas reales.