Por Alejandro Bovino Maciel
Tuve la dicha de conocerla personalmente cuando fui a hacerle dos notas para el diario “Época” allá por los ’90. Fue la cantante correntina que marcó la diferencia dentro del chamamé llorón y arrastrado que pululaba por entonces. Ramonita aprendió y enseñó a cantar. La voz límpida, clara y emotiva de matices dio vida a cada tema que interpretaba con una musicalidad natural, tan personal como su generosidad.
Por aquel tiempo, cuando la conocí y le hice las entrevistas (que salieron publicadas en el Época, que por entonces era un diario, y hoy es casi un muestrario de publicidades) le comenté que estaba yo organizando una presentación de libros de autores correntinos en el Museo “Roca” de esta benemérita ciudad de Buenos Aires. De inmediato me ofreció: “yo podría cantar dos temas”. Le expliqué que nuestra iniciativa era “a pulmón” y me dijo que eso no era ningún problema, que si éramos correntinos, ella consideraba su obligación apoyar.
Y así fue.
Se presentaron tres libros, uno sobre la ética del dinero de la querida filósofa Aída Kogan, otro de Mauro Santamaría sobre la inclusión del teatro en el ámbito de la educación formal y el último, unos estudios de campo sobre folklore del recordado y queridísimo Miguelito López Breard, que presentó la antropóloga (UBA) Marta Blache.
Ramonita fue la primera en llegar en compañía de su esposo, y la última en irse. Cantó “Puerto Sánchez” que desde entonces escucho cada vez que estoy un poco entristecido y es como el sol después de una tormenta: la voz de Ramonita me es terapeútica.
Espontánea, muy lejos de poses de diva de cine mudo, cálida, casi campechana a pesar de haber vivido prácticamente toda su vida en Buenos Aires, Ramonita es el emblema de Corrientes. Esas “litoraleñas” que yo escuchaba en los altoparlantes que había en cada esquina de la plaza de Bella Vista allá por los ’60 me ayudaron a disimular la tristeza de las tardes de pupilo en un colegio religioso regido por monjas belgas. El Collar de caracolas con colores milenarios, el Río Manso y el Río Rebelde: mira, qué cabeza loca, poner tus ojos en mí… que la peluquera que vivía enfrente (verdadera cabeza loca) canturreaba a los gritos mientras ponía a las clientas los ruleros con amoníaco y tinturas de henna.
No creo que alguien cante “Viejo Caá Catí” mejor que Ramonita. El tema ya quedó así, como un arquetipo platónico, grabado en mi núcleo accumbens del tronco cerebral. Nadie podrá mejorarlo, como no se puede mejorar el Poema de los dones de Borges.
¿Algún día las autoridades de cultura tendrán la iniciativa de hacer una Plaza del Chamamé donde señoreen las estatuas de don Tránsito, don Ernesto, don Isaco y Ramonita: son los imprescindibles del chamamé. Mi optimismo respecto de las actuales autoridades de cultura de Corrientes es más que fatuo: no se les cae una idea, ni aunque se los cuelgue patas arribas. Pero ya sabemos que por fortuna los empleados pasan y la cultura queda. No me faltan esperanzas para ver concretado este sueño en mi ciudad querida de Corrientes. Una plaza donde los correntinos y correntinas podamos encontrarnos con nuestro pasado que le da significado a este incierto futuro de baterías de litio y luces led.
Ramonita, más allá de lo que hagamos o dejemos de hacer, ya es inmortal. Ha sido una artista excepcional, y una persona con un amor a sus comprovincianos que carecía de límites. Gloria por siempre a Ramonita.
Una sola nota agrego. En 2016 vino a la Argentina el profesor Oded Balabán (Filosofía de la Universidad de Haifa) y me lo presentó Aída Kogan en su casa. Justo sobre la mesita del comedor estaba el libro “El mal dinero”, aquel que habíamos presentado en el Museo Roca allá por los ’90. Aída se lo obsequió al ilustre visitante y le comentó que cuando se presentó esa obra cantó Ramona Galarza. Balabán nos miró, incrédulo, y preguntó: ¿la de “Mi Corrientes Porá”?
Sí, le confirmé. No lo podía creer. Él había vivido de joven en Corrientes tres años y la escuchaba en la radio. Años más tarde, viviendo en Europa, fue a escucharla exclusivamente a un concierto que dio en Francia o Alemania, no recuerdo el detalle, y tenía los viejos discos de vinilo de Ramonita con Tarragó Ros. Era un admirador de Ramonita y por aquella nostalgia de la niñez o adolescencia, nos juró que hizo el viaje hasta la ciudad donde ella cantaba exclusivamente para escucharla. Se lo veía emocionado al decir todo esto. Pero lo importante vino al final: le dijo a Aída que si lo hubiese invitado a aquella presentación en el Roca, sin dudarlo habría venido, solamente por volver a escuchar a Ramona Galarza.
Eso era Ramonita: la evocación de lo más auténtico que tenemos los correntinos para el mundo. Y el mundo viene cuando detecta algo auténtico.
Solamente puedo volver a decirle a Ramonita: gracias.
BUENOS AIRES, FEBRERO 2026