(Por Juan Fernando Marcópulos*) Para analizar el momento actual, cultural y sociológico, debo apelar a la experiencia más cercana, es decir, a la propia, asumiendo que el discurso individualista, antipopular y de exacerbación de las libertades y beneficios individuales, por encima de criterios como la solidaridad y la justicia, de la maximización de las ganancias por encima de la igualdad y del deseo personal, por encima del deseo colectivo o del deber ser.
Es en este contexto en el que quiero evaluar los actores con los que contamos para “reconstruir” un proyecto de justicia social, solidaridad y bien común.
Andando…
Yo mismo, como actor político, me podría definir como individuo, librepensador, cristiano, filoperonista y sindicado como kirchnerista por el público anarcocapitalista autodefinido como derecha independiente (antipolítica), en ese orden.
Desde la concepción del manual de conducción política del peronismo, los dos elementos primeros, individuo y librepensador, me dejan fuera.
Es imposible pensar en un movimiento jerárquico, personalista y vertical, que pueda aglutinar a una generación que siente a las palabras “persuasión” y “lealtad” como herramientas de manipulación o, al menos, de pérdida de libertad.
Tal vez los métodos de conducción, organización y militancia deban pensarse desde nuevas perspectivas, inspirados más en el espíritu de lo que el General intentaba transmitir que en las formas, el lenguaje y conceptos “novedosos” para la época, pero perimidos y superados hoy por un siglo de crecimiento de las ciencias humanas.
Pero más allá de las palabras o las ideas, pienso que lo que determina la aceptación de conceptos como la solidaridad, la organización, la comunidad o la colaboración proviene de experiencias concretas. Un contexto que ayuda a formar una subjetividad.
Sin dudas, la idea de “comunidad organizada” de Perón contaba con la experiencia de conventillos, talleres, colas de inmigrantes, colas de desocupados en la ciudad. En el interior, era la experiencia de parroquias, mutuales, cooperativas, el aislamiento que provocaban las distancias.
Nadie podía concebir el desarrollo de una persona sin el crecimiento de su vecino, de su pariente, de su “cherapichá”. “Mi maíz es polinizado por tu maíz”, decía el ganador del concurso de producción de maíz, que regalaba las semillas del maíz ganador a sus vecinos.
La experiencia actual es precedida por la naturalización de los resultados del éxito del modelo peronista o de bienestar. Más allá del discurso de que el Estado te roba, de que Milei es votado para “destruir” el Estado. Nadie de clase media, trabajador, profesional o emprendedor exitoso se imagina a sí mismo cayendo en desgracia y que no exista un sistema de salud que te dé “gratis” la insulina (ver la película *Siete cajas*, de Paraguay).
Ni tener que sacar la producción de granos y que no haya asfalto, o puertos, o sistema de comercio internacional. Nadie se imagina que un grupo de comandos brasileños, israelíes o bolivianos ingrese a usurpar sus campos sin un Ejército Nacional que los disuada. O una policía que evite la “confiscación popular” de sus máquinas agrícolas por parte de una comunidad leninista. O un juez que condene a quien lo ataca y rompe su camioneta.
Todo eso es Estado, financiado en común por nuestros impuestos… Hasta la escolarización de su peón o su doméstica, que recibe órdenes por WhatsApp.
Claro que el Estado es “socio”…
Pero la naturalización de estos bienes y servicios, la permanente apelación a la corrupción y a las falencias del mismo sin propuestas para corregirla, y la cultura del “comprar hecho”, la sobreocupación, la desocupación, la autoexplotación y una sensación de autosuficiencia provocada por la tecnología y el capitalismo financiero nos dieron una sensación de islas.
Al fin, somos dioses: lo podemos todo. Si no podemos viajar a Marte es porque todavía no nos esforzamos lo suficiente o no tuvimos la suficiente “viveza” para hacer nuestras inversiones.
Entonces, el objetivo de nuestros adolescentes es “hacerse millonarios rápido”… Nada de “ser abogado o médico como papá” (mortadela como papá, decía El Potrillo).
¿Entonces?
¿Cómo construir un proyecto de “comunidad” sin una experiencia fundante?
¿Somos islas?
Cada vez que me planteo este escenario y la complejidad de las redes, la cultura de los treinta segundos (TikTok), de la superficialidad de la comunicación y del peligro de que nos gobiernen a través de un “algoritmo”, vuelvo a "El Eternauta"…
Lo viejo sirve. Conectar las islas. Somos muchos. El enemigo es más grande de lo que vemos.
Es necesario darnos cuenta de que “los nostálgicos”, los que seguimos eligiendo la solidaridad, el bien común, la comunidad, somos más.
Pero estamos absortos mirando la “nieve tóxica”. Necesitamos “crear experiencias”…
Juntarse y arremangarse, decía Julián Zini.
Juntarse a compartir la vida, a cantar sin micrófono, a contarse las cosas en vivo. No por las redes… Crear redes donde nos abracemos, sintamos los olores, aprendamos a esperar el turno para el mate.
Yo estoy convencido de que a los que nunca participaron, a los hijos únicos, a los alienados por las redes, les va a gustar.
En segundo tiempo, juntarse para hacer algo por otros, por todos, concreto, cercano… pero no para sacar fotos y mostrar lo “buenos que somos”… Para hacer la experiencia de que “el amor vuelve”, de que el amor no se divide, se multiplica… y para que se entienda que el amor no es un sentimiento… Es una decisión política.
Tal vez, solo tal vez… después podamos hablar de comunidad, de organización, de proyecto, de historia, de economía…
De liderazgo…
De perder libertad para ganar NOSOTROS.
De identidad…
Entonces será natural volver a hablar de soberanía, de justicia y de POLÍTICA.
* Legislador mandato cumplido.