(Noel Eugenio Breard*) La idea de Joseph Schumpeter sobre la “destrucción creativa” explicaba que el capitalismo no avanza por equilibrio sino por sacudidas: lo viejo se destruye para dar lugar a nuevas formas productivas, más innovadoras y eficientes. Ese proceso, sostenía, podía elevar la productividad y el bienestar general, siempre que el Estado amortiguara los costos sociales que inevitablemente genera.
El problema es que la Argentina contemporánea vive una versión deformada de ese mecanismo. Aquí no asistimos a una destrucción que abre nuevas capacidades productivas, sino a una demolición del tejido industrial sin que aparezca innovación que lo reemplace. No se sustituyen fábricas por sectores de punta: se las reemplaza por importaciones. Más que destrucción creativa, lo que padecemos es una destrucción financiera.
Schumpeter pensaba en empresarios que invertían, innovaban y transformaban sectores enteros. En cambio, la experiencia argentina volvió a girar en torno a un capitalismo rentístico, sostenido por tasas de interés elevadas, apertura importadora, endeudamiento y valorización financiera. El resultado es conocido: entra capital especulativo, se atrasa el tipo de cambio, se cierran fábricas, cae el empleo y luego llega la crisis.
Como advirtió Karl Polanyi, cuando el mercado se desancla de la sociedad termina destruyendo la base productiva que lo sostiene. Y Keynes fue aún más claro: cuando la economía se convierte en un casino financiero, el trabajo se hace mal. En la Argentina actual, la bicicleta financiera vuelve más rentable especular que producir, desaparece el crédito productivo y la inversión real se congela.
Las políticas vigentes profundizan esa lógica. Se celebra la estabilidad financiera y el ingreso de dólares de corto plazo, mientras la industria pierde competitividad por el atraso cambiario. Las pymes, que son la principal fuente de empleo en las provincias, enfrentan costos imposibles y una competencia importada directa que las empuja al cierre.
Este proceso no solo aumenta la desigualdad, como advierte Thomas Piketty, sino que también tiene un fuerte sesgo territorial. Las ganancias se concentran en el sistema financiero y en el núcleo porteño, mientras el interior productivo absorbe los costos: caída de economías regionales, pérdida de empleo y mayor dependencia fiscal.
En el NEA, el NOA y amplias zonas del país, cada apertura importadora arrasa sectores industriales y agroindustriales, paraliza la obra pública y empuja a la informalidad y la migración interna. Así, la financiarización no solo debilita la economía, también erosiona el federalismo.
Schumpeter imaginó un capitalismo dinámico y creador, acompañado por educación, crédito productivo y políticas de reconversión. La Argentina padece uno extractivo, centralista y sin innovación. Y mientras no se reoriente el sistema hacia la inversión real y el desarrollo territorial equilibrado, cada ajuste será apenas el prólogo de una nueva crisis.
*Senador Provincial UCR Corrientes.