(Felictaciones, licenciada Ana Miño)
(Por Alejandro Bovino*) He leído ayer (vivo lejos de Corrientes, no estoy en el día a día) que la ministra de Educación, la licenciada en gestión educativa Ana Miño luchó y consiguió el financiamiento para mantener activas las escuelas técnicas de la Provincia después que el presidente alienado decidiera eliminar del rubro educativo la mísera (para la Nación) subvención estatal a estos centros que son claves. Si hubiesen decidido eliminar el bachillerato yo hubiese sido el primero en aplaudir. La verdad que ya desde que yo cursé en el Colegio Nacional de Corrientes (que se supone que era el mejor) detecté que el programa del bachillerato era impertinente. Las asignaturas estaban atrasadas ya por entonces, imaginemos ahora, con la irrupción de Internet que cambió para siempre la vida humana: perder una hora de clases en “actividades prácticas” que consistían en armar paneras con latas de leche Nido que invariablemente mi madre arrojaba a la basura cuando llegaban a casa. Eran feas, filosas, imprácticas. Calculemos 1 hora semanal, son 5 horas al mes, por los 9 meses de cursada tenemos 45 horas de pérdida absoluta de tiempo. Adolescencia. El momento en el que somos esponjas absorbiendo conocimientos. Otra asignatura: dibujo. No pretenderán que todos egresemos siendo Leonardos da Vinci, la asignatura no tenía aporte teórico con lo bueno que habría sido aprender los rudimentos de la historia del arte, pero no, la profesora se obstinaba en llevar manzanas, ramas, jarrones para que los dicentes intentáramos dibujar y pintar con resultados invariablemente desastrosos. ¿Qué se pretende con esta estrategia? No le veo otra utilidad que la de perder valioso tiempo. De hecho, la mayoría de los dicentes consideraban “hora libre” estas asignaturas. El resultado final fue que, aun los que nos esforzábamos por aprender algo, ni siquiera sabemos cambiar el cuerito o la goma de una canilla que gotea. Ni cambiar la llave de una lámpara eléctrica. Nuestros conocimientos de geografía son vagos e imprecisos, de la historia europea de los Borbones sabemos bocha, pero si me preguntan por el Pacto de San Nicolás, me quedo mudo. El inglés de 3 años me sirve cuando viajo apenas para saludar, no da para más. Me manejo con señas para el resto. Mucho de esto me lo debo a mí mismo, no eludo mi parte en el desastre formativo del secundario, pero entre suma y resta me queda esta conclusión: el bachillerato así como venía es poco menos que nada.
En cambio las escuelas técnicas, por su mismo espíritu pragmático, enseñan fundamentalmente conocimientos procedimentales. Uno aprende a hacer cosas que después serán útiles para resolver problemas materiales concretos en la vida diaria. Creo que tiene varias ramas: están las escuelas técnicas orientadas a la electricidad (bienvenidos nuevos electricistas en lugar de dibujadores de manzanas que parecen de Picasso), otros a la construcción (bienvenidos maestros de obras en vez de fabricantes de paneras asesinas), las hay con orientación en agricultura, que tanta falta hacen en el campo arrasado de latifundios de nuestra querida Corrientes.
Aplaudo de pie esta iniciativa de la Lic. Miño.
Defender la continuidad de las escuelas técnicas es usar los escasos recursos económicos en algo realmente útil. Y que seguirá dando como frutos egresados que ya salen con un oficio o profesión bajo el brazo y no con una panera de lata y confusas nociones de logaritmos, capitales de Asia, modificador circunstancial del sujeto gramatical, la sucesión de Fernando VII y las leyes de Newton hasta donde se comprendió el mecanicismo. Todo eso es impertinente para el sujeto del siglo XX que sin embargo, no aprendió nada de economía en esos 6 años, y la economía la necesita cada día y cada hora.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
BUENOS AIRES, ENERO 2026
*talomac@gmail.com