Corrientes, lunes 19 de enero de 2026

Cultura Corrientes
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Chamamé: El corazón del litoral en el canto compartido

19-01-2026
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(Por Facundo Sagardoy) La segunda luna del chamamé se manifestó como territorio vivo, un espacio donde la música alojó cuerpos, memorias y trayectorias, y donde el canto sostuvo su función más antigua: reunir. En ese ámbito compartido, la herencia actuó como pulso en movimiento, práctica cotidiana de arraigo, capaz de abrazar infancia y vejez, nostalgia y esperanza, intimidad y comunidad, confirmando al chamamé como cultura que respira en la voz del pueblo.

En la segunda luna, la noche asumió forma de tránsito y la música desplegó su decir como conversación profunda. El canto encarnó verdad compartida y el chamamé recuperó su pulso primero, respirando con la cadencia de la tierra observada desde adentro, lenta y necesaria. Avanzó con el paso del río, ejerciendo su grandeza en cada curva.

Al abrirse la segunda luna, la noche descendió sobre el anfiteatro como poncho antiguo, trayendo el espesor tibio de los veranos del litoral. El tiempo giró con mansedumbre, siguiendo el cauce, encendido en las luces del escenario y posado sobre los hombros de quienes llegaron buscando abrigo. En esa noche, el aire colmado de sapucays se organizó como casa y el canto eligió morada, abrigo tejido con música y danza.

El escenario abrió su boca como fogón temprano. Benjamín y Joaquín Morales caminaron la noche con pasos sostenidos por la infancia compartida y por una herencia activa. En sus voces, el chamamé custodió lengua primera y pronunció el mundo con la naturalidad del agua naciente.

“Canto y bailo chamamé” circuló como fórmula clara, dicha en cercanía, sosteniendo la ronda, el tereré compartido y el orgullo sembrado junto al suelo correntino.

El arte tomó forma de juego serio. Los hermanos trazaron el círculo y convocaron a los suyos desde una juventud enlazada a la raíz. El público acompañó con atención serena, cuerpos y gestos siguiendo el pulso común.

El chamamé compartido se manifestó claro y solar, de líneas limpias como senderos de arena junto al río. Un chamamé de iniciación, donde la melodía avanzó liviana, sostenida por la brisa del estero, inspirada en patios familiares, mañanas largas y en la transparencia del agua correntina.

La escena se ordenó como ceremonia doméstica. El anfiteatro se volvió umbral cruzado, fuego extendido y casa abierta bajo el cielo del litoral, corazón activo del sur americano.

MEMORIA Y SANGRE

Los nombres de Florencia y Florencio brotaron en las canciones como semillas antiguas. “Adiós lucerito” sostuvo un puente generacional, conversación viva donde los mayores marcaron el compás y las nuevas voces lo continuaron.

Las evocaciones al maestro Escobar tomaron cuerpo en el zapateo dialogando con la tierra roja y en la danza saludando a los ancestros a través de gestos heredados.

La memoria adquirió forma de movimiento. Cada giro sostuvo gratitud y cada acento custodió legado. El chamamé circuló como sangre consciente, transmisión activa atravesando la noche.

El estilo desplegado sostuvo profundidad ritual, chamamé de raíz espesa con cadencias cercanas al latido del monte cerrado. Sonó a madera antigua, a sombra fresca bajo lapacho y a pasos marcados por generaciones que aprendieron a decir el mundo con música.

La música ocupó el centro de la ronda como ofrenda sencilla, permitiendo que pasado y presente compartieran el mismo fuego.

IDENTIDAD Y TERRITORIO

Juan Manuel Mora llegó con cadencia formada en el afecto. “Lejano Sapucay” delineó al paisano formal, vestimenta sobria y pecho encendido, identidad practicada en cada encuentro.

Las bailantas nombradas ardieron como costumbre viva. El orgullo circuló como pulso comunitario, saludo que reconoce pertenencia y afirma presencia.

“Dueño de mi corazón” floreció como amor cultivado con paciencia. “Y te olvidaré” desplegó una melancolía contemporánea, decisión madura sostenida por los acordes.

La experiencia artística se entrelazó con el paisaje. El canto se mezcló con el perfume del río, con la humedad del aire y con la noche amplia del litoral argentino, centro sensible de Sudamérica.

El chamamé se manifestó narrativo y humano, capaz de alojar amor y despedida como el río aloja reflejos y corrientes. Un chamamé de tránsito, inspirado en caminos de tierra, atardeceres largos y en la convivencia entre lo antiguo y lo cotidiano.

RAÍZ, AMOR Y TRABAJO

Desde la Tierra Colorada, Cheroga Chamamé trajo canciones pobladas de calles conocidas y enramadas expectantes. La nostalgia tomó forma de paisaje y encendió al pueblo en la memoria.

José Álvarez Grupo nombró al chamamé como fuerza venosa. La tierra roja recorrió la piel en melodías de resistencia, dignidad y esperanza. El amor ausente apareció como deriva sostenida por la canción.

La naturaleza acompañó el relato. La noche húmeda abrazó cada verso, el suelo respiró junto a los pies danzantes y el monte rodeó la escena con su latido antiguo.

El chamamé sonó espeso y terrenal, cargado de barro fértil y horizonte abierto. Un chamamé que camina descalzo, inspirado en la geografía roja del nordeste, en la amistad compartida bajo galerías y en la dignidad sencilla del trabajo cotidiano.

El Ballet Oficial, guiado por Luis Marinoni junto a los Hermanos Núñez y la voz de Alicia Viñola, bordó la vida del mensú en homenaje a Ramón Ayala. El cuerpo narró trabajo, sacrificio y esperanza, monte hecho danza.

RÍO Y HERMANÍA

Nahuel Pennisi envolvió el anfiteatro con “Corrientes no tiene invierno”, y el frío se transformó en experiencia espiritual sostenida por el canto. El corazón vibró con sensibilidad compartida.

“Viejo pescador del Paraná” trajo la figura de Don Jacinto. Bajo la luna del arenal, el río enseñó nobleza y paciencia, hermandad aprendida en la correntada.

El paisaje acompañó al artista. El agua respiró en cada nota, el cielo sostuvo la voz y el litoral se reconoció en esa lección mansa de dignidad y oficio.

El chamamé ofrecido fluyó contemplativo, con melodías que avanzaron como corriente serena, inspiradas en la luna sobre el agua, en la soledad acompañada del pescador y en la enseñanza silenciosa del Paraná.

COMUNIDAD Y REGRESO

Gente de Ley elevó el escenario en abrazo compartido con “Relincho en la loma”. Ricardo Escófano regresó con sonrisa sostenida, talento y amistad flotando sobre la ronda. “El hijo de tus entrañas” proyectó futuro, generación deseada, amante de la tierra y de la música.

Belén Bel Castro y Luis Moulín, junto a Tallí, cantaron en cercanía. El chamamé vibró como llamado de la sangre. “Tierra de Mantilla” trajo el regreso prometido, con mandarinas, truco, cantina y cielo guardado en un puñado de suelo.

Manuel Cruz y su Cuarteto Estampa Correntina llevaron el estilo de Paso de los Libres con fluidez reconocida. “Correntinita” y “Villanueva” cantaron devoción y distancia, pago vivo sostenido en la voz que viaja.

La noche cerró su círculo. Susy de Pomper unió docencia y música con “Regreso” y “El tatú mulita”. El chamamé permaneció encendido como hogar común, abrigo que enseña, cuida y continúa, mientras el tiempo gira con la calma del río eterno.