Corrientes, jueves 15 de enero de 2026

Sociedad Corrientes

El mundo bajo la dinámica de Donald Trump.

11-01-2026
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- Por Máximo Tomás Gonzalez Cabañas

El 3 de enero de 2026, en una operación quirúrgica por la madrugada y pasados unos días de los festejos del nuevo año, la unidad especial Delta Force realizó una incursión exitosa capturando a Nicolás Maduro, quien ejerció el poder de manera ininterrumpida por 13 años. Las primeras imágenes lo mostraban a bordo del USS Iwo Jima, dirigiéndose a las cortes de Nueva York para ser finalmente juzgado; una puesta en escena que, junto al operativo en sí, dará a Hollywood material para los próximos años. Nos queda esperar cuánto tiempo tardará la sentencia. Más allá del hecho puntual, el mensaje y la cosmovisión que deja para el resto es mucho mayor e importante.

Lo que aconteció se puede leer de varias maneras, más allá de la explicación básica sobre el petróleo, los recursos o la amenaza para Estados Unidos. La realidad es mucho más compleja, llena de vaivenes y entrecruces que enriquecen los sucesos. Tenemos una oportunidad para ver más allá de lo evidente, para pensar aquello que incluso los propios protagonistas desconocen. Este hecho nos invita como pocos a reflexionar sobre uno de los ejes centrales de lo humano: el poder. ¿Cómo se entiende ahora? ¿Se interpreta? ¿El poder se tiene, se demuestra o se hace? ¿O ambas?

Se puede debatir no solo estas cuestiones, sino la legalidad por la cual fue derrocado Maduro, pero también es cierto: ¿qué se podía hacer si no? Es aquí donde la cuestión reside en el poder, no solo por la detención ejercida, sino por la operación para extirparlo. Empero, detrás hay un tema frágil: la propia institucionalidad, sus flaquezas y si en algún momento esta va a cumplir su función, si es que tiene alguna.

Tanto Venezuela como Estados Unidos se convirtieron en los actores principales en la anarquía internacional, pero este último, al ejercer su poder, nos genera la duda del porqué, mientras en el país latinoamericano reina la incertidumbre del qué. Fuera de ellos, queda plantear: ¿qué pasa con el resto? ¿Cómo queda el tablero geopolítico mundial? ¿Cómo influye a otros actores y cómo nos afecta a nosotros?

Cada aspecto daría para un análisis en profundidad, pero el objetivo de este escrito es poner en discusión estas cuestiones. Ir más allá de lo sucedido, invitar a pensar y a debatir, y no dejarnos llevar por las narrativas mediáticas que buscan apagar lo más humano que tenemos: la palabra.



El corolario Trump: poder y el nuevo paradigma. Las decisiones estadounidenses, “el porqué”.



Desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y con mayor énfasis tras la Segunda, Estados Unidos consolidó su imagen global no solo como potencia, sino como defensor de los ideales democráticos. Durante la Guerra Fría, dispersó sus fuerzas para contener a la Unión Soviética, pero siempre asegurando lo que hoy vuelve a resonar con fuerza: el hemisferio americano.

Años después de aquel enfrentamiento bipolar, el mundo presenta nuevas disposiciones. Ya no existe una rivalidad directa con una única potencia, pero el dominio unipolar estadounidense parece haber cedido paso. ¿Estamos ante una realidad multipolar? ¿Tienen los actores autonomía verdadera en el continuum de las decisiones políticas? Es difícil responder de forma taxativa, pero lo cierto es que la captura de Maduro cambia estas percepciones por completo.

No es un misterio que Venezuela fue un objetivo histórico buscado y deseado por Donald Trump. Ya desde la primera vez que fue presidente intentó, bajo diversos medios, quitarse a Maduro de encima; sin embargo, ahora lo ha logrado con una sagacidad y vehemencia que no tuvo en sus anteriores cuatro años. De aquí surgen los primeros planteos para el análisis: ¿Por qué ahora? ¿Por qué Venezuela?

La rapidez del operativo sorprende. No es solo la audacia del comando, sino la autoridad con que se realizó: sin interpelaciones, haciendo uso libre de las herramientas de poder de las que Trump dispone. La interpretación del petróleo es la más evidente: el propio presidente no oculta que se transportarán entre 30 y 50 millones de barriles a EE. UU. Pero el trasfondo es más complejo. Ante los débiles cimientos económicos de su administración, los vaivenes con la FED y el fracaso estrepitoso de su política arancelaria frente a China, Trump necesitaba un golpe de autoridad.

En sus primeros días al mando, Donald Trump empezó a amenazar a diversos países con una subida de aranceles hasta el 2 de abril de 2025, con el famoso “Día de la Liberación”, en el cual anunció decenas de impuestos. Esto, con el fin de negociar o de aplicarlos en verdad, resultó ser un fracaso estrepitoso, mucho más lejos de lo que Trump creía. No solo tuvo que renegociar la mayoría de los mismos sin conseguir concesiones o acuerdos beneficiosos para Estados Unidos —donde algunos se zanjaron con mantener las situaciones como estaban—, sino que su principal “rival”, China, quedó en una posición mejor al finalizar el año. Esto dejó en claro dos cosas: comercialmente China es, al menos, muy difícil de igualar, y Trump perdió autoridad.

Esta autoridad —o, mejor dicho, Poder de negociación y credibilidad— la perdió en el terreno y bajo las reglas de los acuerdos y dinámicas que creíamos reinaría desde el lado americano (haciendo la aclaración por la invasión de Rusia a Ucrania, un tema delicado con sus propias lógicas). Lo que hizo Trump en Venezuela no solo realza su figura y lo empodera, sino que demuestra que sus comentarios por redes sociales (la nueva forma de comunicación política) van en serio. Dejó en la incógnita a aliados y enemigos: a los que creían en su caída por la cuestión arancelaria y a los que contaban con ellos, porque, con tal de ejercer el poder, puede ir más allá de lo que se pensaba eran “locuras” fantasiosas.

Las advertencias a Colombia y a su presidente Gustavo Petro —el cual, sabiendo su posición de inferioridad, ya se comunicó con la Casa Blanca—, como a México —donde ya se anunció un operativo terrestre contra cárteles y cuya presidenta, Sheinbaum, según Trump, está preocupada— o Cuba lo hacen evidente. Pero más aún la obsesión por Groenlandia: para no decir que arremete contra la OTAN, habla de seguridad del hemisferio. Todo esto forma parte de la nueva dinámica impuesta por Trump; al que se le teme es a él y a su figura, poniéndose como el temor de Rusia o China, los cuales se mantienen expectantes entendiendo que, más que comercial, no tienen injerencia cierta en el hemisferio.

La ambición de poder de Trump floreció a comienzos de este año y no sabemos si va a terminar. Sin prestar atención a África, manteniendo a Medio Oriente y Europa en vista, y sabiendo que hacia más allá de Japón o Corea del Sur no tiene mucho por hacer, enaltece la parte de América. Habla de hecho de una nueva doctrina Monroe, rebautizada como "Donroe", dejando clara esta cuestión del poder: cómo lo ejerce y cómo lo usa ahora para constituir su propia narrativa.

El porqué detrás de este deseo será desconocido seguramente; más allá del bien de Estados Unidos, entramos en una nueva realidad de líderes que se ponen por encima, como Putin en Rusia y Xi Jinping en China: personajes que moldean el tablero a su gusto. Quizás la razón sea más humana de lo que se piensa, y sea el miedo más humano: la muerte. Donde, desde que fue empresario exitoso hasta presidente, en su último mandato busca quedar en la historia y así asegurarse no “morir” en el sentido espiritual. O tal vez sea una decisión unilateral que toma al azar; la verdad solo la sabrá él.

No se puede desconocer que es su último mandato y que, además de ser criticado, ya empieza a tener reveses electorales como en Nueva York, donde ganó Zohran Mamdani del partido demócrata como alcalde, representando una clara confrontación a su uso del poder. Incluso, el politólogo Andrés Malamud sostuvo que la base electoral republicana rechaza intervenciones en el extranjero, por lo que Trump debe justificar ante ella que la acción traerá un beneficio económico concreto.

La interna que parece dilucidar en el partido entre J.D. Vance y Marco Rubio —el artífice de la operación— también dan lugar para pensar cómo se expone esta actuación. Rubio emerge como figura y se engrandece, planteando una semejanza con Kissinger en paralelismo con la Guerra Fría. En su análisis de realismo clásico, Rubio hace lo propio en un mundo distinto: busca centralizar instrumentos para construir esa esfera de influencia y diversificar las herramientas que se conviertan en las directrices americanas para los países de América.

Dejando completamente de lado las instituciones o la legalidad democrática —tema que trataré más adelante—, Donald Trump demuestra cómo, bajo las nuevas dinámicas y el nuevo orden multipolar, se tienen que seguir manteniendo las viejas artimañas del poder. Como si de Maquiavelo se tratase, esta jugada deja algo en claro: lo que hace, es y será Poder.



El “que” Venezolano, la deriva del ápeiron: ¿Que queda para el resto del hemisferio?



Que Maduro fue un dictador que se perpetuó en el poder bajo acciones fraudulentas es un hecho. Cada quien determinará si fue un buen gobernante para su pueblo o no; a pesar de los casos de corrupción o la censura política, sentenciar de manera tajante un juicio de valor en lo que respecta a su manejo lleva al enfrentamiento entre aquellos seguidores de su ideología y aquellos que están en contra.

Aquí, lo sucedido dejó un vacío en el aparato chavista del líder despojado de su cargo. A pesar del bajo nivel de vida en el que vivieron los venezolanos, la realidad es que la certeza de Maduro, aunque negativa por ese lado, era justamente eso: una certeza. Delcy Rodríguez, quien asume el mando presidencial, es una figura fuerte dentro del chavismo que ha ocupado cargos muy importantes dentro del aparato y que se suponía componía un eje férreo que haría frente a Donald Trump. Por el contrario a sus papeles, responde a EE. UU. como una socia en el llamado proceso de estabilización o etapa uno.



Una ecuación que tanto para Estados Unidos como para la misma Rodríguez llega a una igualdad fructífera para ambas partes. Trump, por su lado, no puede ser objetado por imponer o controlar directamente Venezuela con alguno de sus hombres; si bien está claro que ahora Caracas responde a los intereses americanos, sacando a Maduro los nombres siguen siendo los mismos: el cambio se da en lo correspondiente. Rodríguez en sí busca lo mismo que Trump, pero bajó una posición inferior: poder. Aquí se vuelve a demostrar esta nueva disposición, o la imagen que se proyecta al mundo, de que con tal de asegurarse la permanencia se es capaz de todo, hasta cambiar la posición histórica en los alineamientos de un partido como también las teorías de traición. También que, en el caso de la gobernante venezolana, no hay opciones, siendo ya amenazada por Trump con sufrir peores consecuencias; pero resulta evidente ver cómo todo el aparato que respondía a Maduro acata y colabora sin resistencia, por lo menos en la práctica, con tal de continuar con sus posiciones. Una imagen que desarrolla la idea de que no existen valores o ideales a sostener, sino poder a manejar.

Para el pueblo queda la peor parte. Desde la perspectiva de Maduro, aquellos que sufrieron o lo padecieron, si bien confían en que tendrá su castigo correspondiente, saben que no responderá este a los crímenes realizados en su patria, o no será juzgado por los mismos, sino por lo que hizo contra Estados Unidos. Esto deja, al menos de una parte, una pena simbólica —no en términos legales— con respecto al pueblo venezolano. Tampoco está clara la situación interna: el aparato ya empezó a liberar presos políticos, pero no se sabe cómo continuará. Estados Unidos no ha dado directrices claras para el pueblo, sino las concesiones que se deben realizar a la nación y cómo será su trato a partir de ahora con ella y con las que considera enemigas. Queda ver si habrá elecciones, o si Edmundo González Urrutia o María Corina Machado responderán a aquellos que los proclaman como vencedores de las elecciones, a pesar del descarte de los mismos hecho por Trump. La vuelta de un sistema claro está lejos, y bajo la decisión y opinión de Estados Unidos, lo que queda por saber es: ¿Realmente Venezuela y su pueblo le importan a Estados Unidos en materia humana e institucional? ¿O solo responden a intereses materiales sin importar la figura de poder?

También queda un sendero inconcluso en términos del hemisferio. La doctrina Monroe ya no expone la completa libertad y autonomía de los países en el sistema; quedan a merced de su servidumbre con Estados Unidos, o al menos de lo que ellos consideren necesario. Hechos como en Argentina, donde el propio Trump aseguró que gracias a él Milei obtuvo la victoria en las elecciones legislativas, o Nasry Asfura en Honduras durante las elecciones presidenciales, demuestran que a pesar de pequeños gestos, el presidente de los Estados Unidos empieza a manejar los hilos de América.

Este cambio o giro que se está notando en la tendencia de América hacia la derecha, más que un cambio de mentalidad, quizás se debe a la dependencia y a la condición de estar ligados a Estados Unidos, siendo países como Brasil el principal exponente que no cumple con la condición, que a través de sus vínculos con los otros países que componen la dinámica multipolar (China, Rusia, India, con los cuales conforman el BRICS) se aseguran al menos una salida y una dinámica autónoma en este proceso de cambio.

Aun quedando escollos sin resolver como la cuestión de Cuba o la dictadura en Nicaragua, quedan algunas aristas o faltaría pulir aspectos teóricos en esta Doctrina Monroe: ¿A quiénes aplica? ¿Por qué casos? ¿Cuál es la diferencia con su predecesora? Lo que se puede asegurar con certeza es que la misma fluctúa y vive en un cambio ante las decisiones de Trump que, quizás, sean para prepararse en un escenario de confrontación con los otros actores, justificando así el hecho de que América no se alía con China y esté alineada con Estados Unidos, generando unión bajo un único mandato y ejerciendo ese poder.

Lo que queda por dilucidar son las consecuencias que llevará Trump con la cuestión Groenlandia, la cual tarde o temprano será su próxima victoria internacional. Las tensiones con Dinamarca ya son difíciles de manejar, y difícilmente Europa se oponga a las decisiones estadounidenses. Trump afirmó que no desmantelará la OTAN ni mucho menos, sino que supone un riesgo para su seguridad nacional el hecho de no poseer la isla. Sin mucho potencial económico o en materia de recursos, la realidad va más por el sentido ya comentado previamente a lo largo del artículo: la doctrina Monroe, la seguridad nacional y los sueños de Trump, además de lo estrictamente geopolítico y el impacto que este llevaría como también la posición estratégica en caso de una confrontación con China o Rusia.

Siendo este último el objetivo que más próximo se ubica dentro de la agenda del mandatario, el tiempo evidenciará cómo se da el desenlace de los sucesos; lo cierto es que cada aspecto, el cual se podría analizar bajo un foco especial, queda condicionado por Trump, bajo su lógica, la propia perspectiva y su deseo, haciendo uso de su poder.



La concepción internacional, desde la periferia a la potencia.



Desde la mirada internacional y ubicados en la periferia, lo que mejor condice con el mundo que se nos avecina es lo que explicaba el politólogo argentino Carlos Escudé con su realismo periférico. Las coincidencias con esta teoría son claras: vemos estados que dictan las reglas —en este caso Estados Unidos para nuestro hemisferio, pero también China en su órbita—; estados que toman las reglas, como los países que se alinean por la injerencia de Trump y terminan por acercarse a Washington; y estados rebeldes, como era el caso de Venezuela, que pagó el costo.

Ante las nuevas lógicas que plantea el presidente estadounidense, Escudé nos da un sustento teórico para comprender el accionar de los países. Nos muestra cómo podemos, a pesar de no tener libertad plena (si es que alguna vez Latinoamérica la tuvo), utilizar nuestra autonomía y aprovecharnos de lo que nos puede ofrecer una potencia. Eliminar las confrontaciones y mantener “relaciones carnales” nos permite, aún bajo la vigilancia de estar en su hemisferio, progresar. Aceptar nuestro rol como actor periférico sirve para, a partir de allí, construir más en el plano interno que en el internacional, entendiendo que no tenemos la autonomía suficiente para plantear nuevas reglas de juego.

El estadounidense John Mearsheimer también nos ofrece una mirada para explicar la postura de Trump, la cual, junto con lo planteado por Escudé, aclara el porqué de estos hechos en la anarquía del sistema. El realismo ofensivo de Mearsheimer deja claro que las proposiciones de Trump sobre seguridad nacional y defensa del hemisferio se condicen con la idea de que los Estados solo quieren seguridad, y la única forma de conseguirla es teniendo más poder que el resto. Así se enmarca la lógica de Trump dentro de la dinámica del mundo multipolar.

El objetivo que persigue Estados Unidos es el mismo que describe Mearsheimer: ser el hegemón regional. La incertidumbre sobre lo que pueden hacer otros actores representa una amenaza; por lo tanto, la seguridad mediante el poder es fundamental, siendo este ilimitado: mientras más, mejor.

Estas teorías, enmarcadas bajo la perspectiva realista, definen lo que es el sistema internacional en estos días y, seguramente, describirán los sucesos por venir mientras la administración Trump esté al mando y se encargue de hacer uso del hard power. Se dejan de lado las acciones del soft power que, si bien son importantes en diversos ámbitos, no se comparan ni igualan a lo que se gana haciendo uso del poder duro.

Si bien se podrían explicar estas situaciones bajo otros lentes, el análisis aquí se plantea desde el eje del poder. Cómo Trump lo está manejando configura un escenario que, lejos del idealismo, nos obliga a movernos dentro de las vertientes realistas. Esto nos aleja de miradas globales idílicas y nos asegura que el sistema, anárquico como siempre, se maneja mediante relaciones de poder; y son estas, precisamente, a las que apunta el presidente de los Estados Unidos.



El sentido de lo institucionalidad y el futuro expectante



Por último y sin entrar en detalle, al ser un tema que de por sí daría para analizarlo por sí mismo, el rol de la institucionalidad —tanto internacional como democrática— merece al menos una mención. No sólo por constituir los cimientos de lo que conocemos como sociedad, sino para pensar acerca de su funcionalidad y efectividad: ¿son realmente necesarias? ¿deben ser modificadas?

De la parte internacional queda más que claro que hace años parecen obsoletas. Las reuniones de la ONU solo funcionan como el espacio para presentaciones o discursos carentes de resultados reales. Desde su mala composición hasta su poca capacidad de acción, no se esperaría años para resolver situaciones como la reciente de Venezuela. Estados Unidos abandonó 66 organismos de la misma; otros países que no participan tampoco, y esto plantea la duda: ¿para qué sirve la ONU verdaderamente? ¿Se tiene que reestructurar? ¿Cómo?

Quizás se pueda acusar a Trump por el derecho internacional sobre la legalidad del acto, pero ¿qué se le puede decir? Ha solucionado una problemática a su manera, con la defensa del agravio a su nación por delitos relacionados al narcotráfico. ¿Qué organización acaso podría sancionar a Estados Unidos por esta imposición que realizó la misma ONU, que no puede ofrecer soluciones a problemas más importantes? La legalidad del hecho es discutible, pero tampoco se podría llegar a una resolución de la misma; nos queda nuevamente pensar el cómo plantear maneras de que se puedan tomar decisiones sin que aparezcan este tipo de confrontaciones en el ámbito legal que discute cuestiones políticas que, bien o mal, reinan en el territorio del poder.

Otros organismos como el MERCOSUR, del cual recientemente se aprobó su acuerdo con la Unión Europea luego de 25 años, permiten pensar o incluso concebir que cuestiones esenciales o básicas requieran un cuarto de siglo en discutirse. La fragilidad también de la OTAN con la cuestión Groenlandia marca que ni siquiera en organizaciones de defensa las normas están claras; y como es lógico, los intereses tienden a chocar, siendo hasta incluso uno de los motivos del conflicto entre Rusia y Ucrania. ¿Qué queda para las mismas en materia de poder y organización si sus propios intérpretes se superponen a las mismas?

La democracia también queda en duda: cómo Trump puede transgredir los procedimientos de la legalidad institucional del país para tener su objetivo. Diversos líderes del mundo celebran el atropello a la misma —como por ejemplo Emmanuel Macron, presidente de Francia— mientras apoya el régimen de Paul Biya en Camerún. Entonces, ¿qué es lo que verdaderamente defiende? ¿Qué es una dictadura? ¿Qué representa un atropello a la democracia?

Más que hablar de democracia, podríamos utilizar el concepto de poliarquía introducido por el politólogo estadounidense Robert Dahl. Sin embargo, aun teniendo a la democracia como ideal, el sentido al cual le podemos dar carece de moral o perspectiva cuando vemos que, de un lado, las acciones importantes se deben realizar por fuera de lo institucional y los apoyos varían dependiendo de la conveniencia geopolítica de cada uno.

Hablar tanto de democracia como de los organismos internacionales representa análisis y discusiones que invitan a pensar también en otras perspectivas y otras propuestas, que deben ir más allá del análisis de esta situación particular de Venezuela. Pero no quería dejar de hablar en un apartado de las mismas, porque sé que componen el quehacer cotidiano de la cuestión del poder; aunque este siempre se interponga, son los frenos que hay al mismo, pero los cuales no tienen cimientos sólidos ni claros y, en defensa de la institucionalidad, se utilizan medios que no lo son.

Nos queda para el plano internacional repensar el rol de las instituciones: si verdaderamente conforman actores dentro del sistema o las podemos ya evidenciar como simples observadores con pequeñas e ínfimas injerencias. El devenir de los acontecimientos nos marcará cómo se desarrolla bajo las nuevas lógicas del mundo multipolar y cómo se configura el tablero; si hablamos de un nuevo paradigma, si entendemos este hecho como un caso aislado, o si es solo por obra de Trump. ¿Acaso Xi Jinping o Vladímir Putin no tendrán también sus anhelos de seguridad nacional?

Desenlaces como el de Rusia y Ucrania o las tensiones de Medio Oriente, sin olvidar la fragilidad o construcción institucional en África, son los focos a los que podemos apuntar este año. Pero lo que ocurrió en Venezuela nos marca que lo internacional también nos toca de cerca; no estamos lejos de los acontecimientos y hay que tratar de pensar en ellos. Las nuevas dinámicas del poder plantean escenarios distintos, los cuales seguro que no conoceremos en su plenitud, pero de lo que está claro es que, a pesar de todo, la historia y las decisiones se basan en una sola cosa: el poder.