(Por Alejandro Bovino*) En el Tercer Milenio se advino para la masa humana una fuerza que no fue convocada por el consenso racional como se intenta hacer en política con la participación de la gente usando mecanismos electorales. Internet se impuso de arriba hacia abajo sin control alguno. Está. Existe. En 1990 no existía para la masa. En el 2000 ya estaba plenamente instalada. De un modo autocrático entró en nuestras vidas a canje de servicios aparentemente simpáticos como facilitar la comunicación (se extinguieron los carteros, los sobres y las estampillas que únicamente se imprimen para coleccionistas) y la búsqueda de información (lentamente entraron en colapso los diarios en el que nos vendían mentiras impresas que pagábamos en efectivo) y las redes sociales, beneméritas mezclas de Gran Hermano con Gente buscando Gente.
En el planeta sobran pillos. Un grupo de técnicos con el manejo intuitivo de los algoritmos y aplicaciones, y en su mayoría con la madurez afectiva de un adolescente, se apoderó de la comunicación humana con nuestra anuencia. Quedamos como rehenes colaborando con estos verdaderos gestores aportándoles datos al exhibirnos en las redes. A partir de ahí toda la vida humana se reconfiguró. Desde los petroglifos del paleolítico hasta la invención de la imprenta en el 1550 la lectoescritura fue el modo de trasmitir los datos, conocimientos y discusiones del pensamiento humano. Con la imprenta de Guttemberg todo este proceso se masificó. El libro pasó a ser el depósito natural de ciencias, técnicas y artes. Las bibliotecas eran el refugio de toda academia y centro de estudios.
Internet reemplazó la biblioteca por textos breves, lacónicos, con signos extraños a la lengua o emoticones, palabras mal escritas, redacción simplona, sintaxis casi nula. Fotos, memes, caritas y fondo musical rítmico, la música reducida a ruidos y el canto convertido en voces guturales, arcadas, gritos. Esa es la idea central que anima los diálogos en los chats de la población sub 20. No todas y todos, por fortuna. Pero hablamos de mayorías.
Internet y smartphones arrastraron con siglos de comunicación humana basada en el lenguaje, y lo hicieron “desde arriba” en forma autocrática sin que cada cambio se consultara con una deliberación política ni análisis por parte de terceros neutrales. El avance de la maquinaria basada en las app se refugió en un mundo que parecía impermeable: la burocracia del Estado. Hoy todo se hace por la red. Cualquier trámite, hasta los más físicos como el registro de conducir se hace por Internet. Cada organismo de la administración pública abrió su propia plataforma o página. Se impersonalizó todo. Tampoco se atienden las llamadas telefónicas: atiende una máquina de opciones: marque 1, marque 2, marque 3. El teléfono inteligente empezó a emitir órdenes desiderativas para desesperación del usuario/a, quien muchas veces no halla el nicho adecuado para su reclamo. Invariablemente el asunto termina en una promesa: “espere en línea que lo atenderá un agente de la empresa”. ¿Cuánto debo esperar? La musiquita horrible del fondo no me permite anticipar. ¿Diez minutos? ¿Una hora? La hiperconectividad del Tercer Milenio nos llevó a la incomunicación. Estamos, como los reos recientemente detenidos, aislados e incomunicados. Nadie sabe cuánto durará la condena, ni cuál es la sentencia. Como en un texto de Kafka, ni siquiera sabemos cuál ha sido el delito. Lo que sabemos es que en este mundo oscuro de las redes medran los monstruos. Y salen a superficie cuando las manipulaciones les dan cuerda por medio de algoritmos.
La mayoría de los gobiernos actuales no me desmienten. Lo impensable ha sucedido. Ahora tenemos que volver a pensar. No existe otro camino que la razón para volver a la sana convivencia.
*BUENOS AIRES, ALEJANDRO BOVINO MACIEL
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