(Por Francisco Tomás González Cabañas) .Hace un tiempo escribí un artículo donde usé la metáfora que transcribo y hoy cobra otra relevancia producto de una tragedia náutica.
Imaginemos una ciudad, bañada por un río, con temperaturas tropicales, que en el estío superan los 50 grados centígrados. Como todas las del mundo globalizado, bajo un sistema institucional “democrático”. Ratificados en las urnas los gobernantes y representantes, la mitad de la población total de tal lugar, le puede escapar a la pobreza y la marginalidad. Tal vez se deba a cuestiones estructurales, a fenómenos irredimibles de asuntos internacionales, lo cierto es que “milagrosamente” ya no se trata esta problemática o inequidad ni tampoco se presenta como un asunto de estado, ni mediático, ni social, ni cultural. Segregados a una suerte de horda invisibilizada, lo que preocupa y nos ocupa es la otra mitad.
Tienen el estado presente en sus trabajos, por ende en sus haberes, en la disponibilidad del acceso a la salud, a la educación, a la jubilación y al ocio recreativo. Cuentan con seguridad, logística e infraestructura para ahuellar una y otra vez los caminos del entramado o el lazo social.
En tal ciudad imaginada, no sería alocado pensar que la ciudadanía pretende bañarse en el curso de agua. El estado dispone e impone, normativamente, el uso de playas con las respectivas reglas para ello. Un grupo de pudientes, o qué dispone de otro medio de movilidad en el agua (lanchas o embarcaciones pequeñas), observa en el medio del río un banco de arena. Este capricho de la naturaleza es tomado como un sitio en donde las reglas del estado, del que son sus principales benefactores, no llega para los supuestos bañistas. Empoderados en la individuación exaltada de que la posesión es la única manera de contabilizar lo que uno es en cuanto tal, cancelan la noción de la traducción o intercambio que genera los lazos de lo común. Tener es la única validación y contribuir, es una enajenación de colectivistas que impiden la competitividad.
Esta suerte de Guantánamo del ocio, refleja que el plano de lo simbólico se corresponde más luego que el campo de lo real.
¿Sí los pudientes o poderosos, sea un estado o un grupo de ciudadanos, no precisan de las disposiciones de lo normativo, o del derecho, porque entonces debiera ser imprescindible o necesario para los otros? Esta en definitiva es la pregunta obvia, que tal vez posea respuestas conjeturales harto pensadas.
El interrogante o cuestión oculta, lo que el orden simbólico pretende esconder. Tal vez sea esto mismo la discusión a la que quieren llevar a la democracia actual.
¿Es el estado imposible de ser escindido de la sociedad?