(Por Alejandro Bovino Maciel). La política de olos medios ha sido tan eficaz, año tras año machacando con las mismas ideas, que distorsionó de tal forma el “espíritu” de la Navidad hasta convertirla en un gran shopping berreta.
La Navidad para los cristianos (aclaro que soy agnóstico, no creo ni en mí mismo) viene a recordar el nacimiento del único hombre que vino al mundo a recordarnos el valor del perdón. ¿Qué es el perdón? Es la capacidad de comprender que los demás pueden cometer errores, que esos errores pueden causarnos daños y perjuicios, pero al tratar de analizar el por qué me hizo tal daño, me invito a intentar comprender esa conducta y me pregunto seriamente si en su lugar yo no habría hecho algo similar. Perdonar es perdonarse.
Fue, si la historia no miente, san Francisco de Asís uno de los primeros que puso de relieve este cumpleaños del hombre que es Dios al mismo tiempo. Densos estudiosos especulan que Cristo no pudo haber nacido un 25 de diciembre, que esa fecha se escogió por coincidir con una fiesta pagana que preexistía. Que el adorno del árbol es de origen celta, que los reyes no eran tres, etc. etc. Son todas chucherías que no hacen al fondo de la cuestión. El fondo de verdad es la intención de celebrar el 25 de diciembre de cada año aquel nacimiento prodigioso del hombre que antepuso el perdón y la comprensión a la fría severidad de la ley mosaica.
Desde al menos la década de los ’30 del pasado siglo varias empresas norteamericanas iniciaron agresivas campañas publicitarias para engordar el mundo de los negocios, que para ellos lo es todo. En EEUU todo es negocio: la educación, que es paga; la salud, que es paga; la justicia que beneficia a quien más paga. Todo es un mundo de apariencias y finanzas, que son las apariencias del dinero bajo la especie del tiempo. Comenzaron promocionando un señor obeso de barba y vestido de rojo con el cuento de que se trataba de San Nicolás, un pobre prójimo que vivió en Bari en el siglo III y tenía la costumbre de regalar carbón, carne y otras necesidades primarias a la gente del lugar en los días previos a Navidad. De ese oscuro rescate la Coca◊Cola company inventó el gordo barbudo vestido de rojo (color insignia de la empresa de café gasificado que venden como elixir) le agregó gorro, guantes, ropa abrigada, trineos, renos y el márketing de hacernos creer que consumiendo esa bebida —insufrible— y comprando compulsivamente regalos seremos infinitamente felices. Típico truco de la publicidad: hacernos comprar lo que no necesitamos. Todo es compraventa en estas fechas. Los negocios están alborotados, la gente sale de uno y entra en otro. La publicidad ataca por radio, TV, redes, cable. No hay espacio libre de propagandas que parecen hechas por EA (estupidez artificial) que ya compite en los primeros puestos con la IA.
La Navidad, para los creyentes, debería ser un día de auténtico regocijo para celebrar el nacimiento de un Dios que juzga pero también perdona, cuando hay arrepentimiento.
Toda la garrulería marketinera, además de ser berreta, de ínfima calidad, no es más que otro recurso más para idiotizar masivamente a la gente, convirtiéndolas en marionetas de los intereses comerciales de las grandes empresas, que ya son multimillonarias, pero la codicia humana, como la estupidez humana, no tienen techo.
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