Corrientes, jueves 12 de febrero de 2026

Sociedad Corrientes

La violencia es el último recurso del incompetente

20-07-2025
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El Título reproduce una cita de Isaac Asimov


Cuidado con virulencia dialéctica y los efectos dañinos que acarrea para la política la deshumanización del adversario, sus protagonistas suelen enzarzarse en el estéril debate sobre quién lanzó la primera piedra, como si eso diera patente de corso para no cesar en el acoso y derribo personal.La Vanguardia

((mala fe). Se distingue la mala fe, del engaño y la mentira porque en ambos casos el sujeto sabe la verdad, aunque la oculta o la disfraza a otros. Para Sartre la mala fe –y con ella la violencia– no tiene ningún fundamento moral ni psíquico sino exclusivamente ontológico, en el sentido existencialista de la expresión. Y es que con la mala fe intentamos ocultarnos a nosotros mismos el hecho insoslayable de nuestra libertad y, por ende, el hecho de que lo que hacemos y lo que somos es siempre consecuencia de nuestra decisión.La conducta de mala fe es la conducta por la que nos tratamos como cosas: el rasgo fundamental de las cosas es el de no ser sujetos, el de ser lo que son como consecuencia de algo ajeno a ellas mismas, el no ser dueñas o autoras de sí mismas, y así precisamente nos tratamos cuando vivimos en la mala fe.

En efecto, el ser violento implica que lo otro –sea un objeto de la realidad o un sujeto– no tiene ningún valor para mí. Nada de lo otro vale para mí y por eso lo puedo destruir, desgarrar, eliminar, a menos que la violencia del otro me detenga. En cierto modo, la mala fe equivale a la frase “el fin justifica los medios”, aunque en términos más radicales, absolutos: el mundo entero es sacrificable (C. Amorós, 2000: 360 y ss). Puedo destruir el objeto, pero tengo que contar con la existencia previa de ese objeto; puedo someter a otro, pero ese otro debe de tener voluntad para evitar ser sometido y debe de tener conciencia para aceptar mi sometimiento. La mala fe es aceptar una realidad para negarla y negar una realidad para aceptarla. Dicho de otra manera, Sartre evidencia que la violencia reclama “su” “derecho” a la violencia. En el universo de la violencia, el mundo se reduce a un telón de fondo que se recorta precisamente para negarlo de modo radical, simplista, plano y unilateral. Esa es justamente la percepción del mundo que parece tener un terrorista que porta entre sus ropas la bomba que hará estallar en un santuario, sin importarle nada ni nadie. ¿Qué es el mundo para este terrorista? Una nada absoluta, una escenografía que no tiene ningún sustento frente a la decisión de “acabar” a cualquier precio con ese mundo. Pero debe de contar con la realidad de ese mundo. ¿Qué es una persona para un secuestrador? Nada en absoluto, un simple medio para conseguir dinero y poder. ¿Qué significa el muchacho o la muchacha que se droga para un vendedor de estupefacientes? No significa más que unos cuantos dólares, pues está en calidad de simple “cosa”.

Por supuesto: hay circunstancias en las que no nos queda otra opción, como cuando defendemos nuestra existencia de una agresión

brutal. La defensa legítima está moral y jurídicamente sustentada. Estamos hablando de la resistencia activa a una agresión injusta a una persona o a sus bienes, pudiendo producirse incluso la muerte del agresor.

En algunas circunstancias, la legítima defensa no sólo es un derecho sino inclusive un deber para quien es responsable de la vida de otros, del bien común de la familia o de la sociedad.

En su ensayo El problema de la guerra y las vías de la paz (1982),

Norberto Bobbio argumenta que el modo más común y convincente de justificar la violencia es la afirmación de que la violencia propia es la única respuesta en determinadas circunstancias. En consecuencia, la violencia tendría dos modalidades: la violencia originaria, es decir, aquella que es ajena a nosotros; y la violencia derivada, o sea, aquella que es la única respuesta posible a un acto de violencia. Sólo esta segunda se considera lícita: cumple la doble condición de ser necesaria y extrema. Pero, ¿quién decide cuál es la violencia originaria y cuál es la derivada?, se pregunta Bobbio.

La violencia no es sólo un comportamiento turbador, sino un fenómeno en muchos sentidos –intensamente– paradójico. Es frecuente la aseveración de que es un acontecimiento generado por los otros, los extraños, los extranjeros, los enemigos, los que no forman parte de mi familia, los que carecen de “educación, decencia y buenas costumbres”, los que son diferentes a mí, los que profesan “otra” religión, los que tienen orientación sexual “anormal”, los mentalmente enfermos…

La centenaria sugerencia –‘si quieres la paz, prepárate para la guerra’– es elocuente de que la violencia es inevitable ante la existencia de os conflictos humanos. Puesto que los conflictos subsisten y subsistirán, la violencia sigue y seguirá presente. Incluso es un lugar común hablar de que “la violencia genera más violencia”. Y es por eso que en muchísimos procesos violentos no se puede establecer cuál fue la violencia originaria y cuál la deriva.

Por otro lado, cuando las personas afrontan la cuestión de su propia agresividad, tienden a considerarla como algo que les resulta absolutamente ajeno y así negar su capacidad para realizar actos violentos.

Sin embargo, es un hecho que la pulsión agresiva no sólo está potencialmente presente en cada uno de nosotros, sino que resulta imprescindible para nuestra sobrevivencia. La violencia es necesaria para defendernos de los ataques de otros. Es por eso que la ética asume esta capacidad cuando establece la justificación moral de la defensa legítima.

Inclusive, la agresividad es necesaria para que podamos acometer empresas de cierto riesgo, para afrontar la lucha diaria en el trabajo y para responder a los desafíos sociales y personales que se nos presentan cotidianamente. Por el contrario, cuando la pulsión agresiva disminuye demasiado o de plano nos falta, nos puede dejar inermes y desprotegidos frente a ciertos acontecimientos de la vida ante los cuales no sabremos responder adecuadamente. La pulsión agresiva es parte de nuestra herencia biológica, nos acompaña desde el nacimiento, y su fuerza puede ser utilizada constructivamente. Es decir, la pulsión agresiva puede ser profundamente destructiva y llevarnos a la eliminación mutua; pero también es útil e inevitable para la construcción de lacultura y para enfrentar nuestra propia naturaleza.

¿Significa que debemos aceptar la violencia y tolerar a los violentos?

Por supuesto que no. Una cosa es aceptar que la violencia es algo que nos pertenece y admitir incluso que nos resulta útil para ciertas finalidades de sobrevivencia, pero otra cosa muy distinta es mostrarse conforme con que la violencia dé rienda suelta a todos sus excesos. Precisamente para protegernos de la violencia se han creado las instituciones represivas del Estado. Para prevenir los abusos derivados de la violencia y salvaguardar a los más vulnerables, existen los derechos humanos, que son una construcción tan humana como lo es la agresividad.

La violencia quiere imponerse por la fuerza (física o psicológica) negando los valores sobre los que se edifica la civilización y la cultura.

La violencia pretende reducir a “cosa” a las personas, negando su dignidad, lo cual resulta intolerable desde el punto de vista ético y jurídico. Sin embargo, la lucha contra la violencia. ser tomada de manera absoluta. Como decía Santiago Genovés –un estudioso de los fenómenos violentos– hay que aprender a “entender más y a juzgar menos”. Lo cual significa que en la medida en que avancemos en nuestro autoconocimiento, tendremos mejores elementos para evitar prejuicios y favorecer un mejor sustento para nuestras instituciones. Entender la violencia, paradójicamente, nos servirá para afianzar mejores condiciones de existencia para todos.

Si algo nos enseñó Miguel de Unamuno es que la violencia puede imponer silencios, pero nunca convencer. Puede generar miedo, pero jamás justicia. El verdadero cambio se construye con diálogo, con ideas y con la voluntad de transformar sin destruir. Porque solo desde la razón y la convivencia se pueden edificar sociedades más justas y libres.

La tarea que enfrentan los devotos de la no violencia es muy difícil, pero ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión.

Mahatma Gandhi




* desde Mburucuyá

/Bibliográfica Walter Taboada