Corrientes, miercoles 08 de abril de 2026

Sociedad Corrientes

Alfonsín no es de todos (Y no debería serlo) a 15 años de su muerte

30-03-2025
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(Por José Miguel Bonet).No existe en español una palabra que describa el sentimiento que resulta de darse cuenta hoy de lo que no se pudo, no se supo o no se quiso, darse cuenta en su momento. ¿Reivindicación tardía? ¿Auténtico arrepentimiento? ¿Oportuna simulación? Siempre dos palabras. Es como si Alfonsín fuese de todos, incluso, algunos, lo imitan emulando sus discursos. Suenan mal.

Desconozco si la apropiación de Alfonsín forma parte de alguna estrategia predeterminada porque representa valores generales con los que resulta difícil disentir. Como sea, debemos reflexionar al respecto para que la apropiación no termine en usurpación y desnaturalización. No se es radical por cenar en el Lalín.

Alfonsín no es de todos y no debería serlo porque en una sociedad democrática nada es al cien por ciento, para empezar.

Alfonsín no es de todos y no debería serlo porque el mismo Alfonsín no lo pretendía. Su plegaria laica de que “cada uno vaya con sus banderas y sus próceres, con su identidad y sus propuestas, pero que dejemos un lugar más arriba para que flamee la bandera argentina” sigue estando vigente.(Luis QUEVEDO)

Hace 15 años se hacía inmortal un Republicano y Demócrata ,quiero recordarlo como humanista convencido y como político practicante a través de sus dichos.!!


Aunque parezca increíble, muchas personas de buena fe suponen que la verdad se determina a través de las encuestas de opinión pública. Algunos políticos lo conocen muy bien y actúan en consecuencia, traicionando su labor docente.


El problema de la verdad es extremadamente complejo, y existen ocasiones en que no podemos, lisa y llanamente -como demostró Kant- acceder a la verdad. En esos casos, a los efectos prácticos, la verdad resulta incognoscible. Las ver­dades, además, son cambiantes. Existen también ocasiones en que hay más de una verdad, porque hay más de un plano en que se desarrollan las cosas.


En cuanto a la democracia, no es un pro­cedimiento para resolver el problema de la verdad, sino para elegir gobernantes: ge­nerar un sistema de contrapesos constitu­cionales basado en el equilibrio de poder; sustentar reglas de juego tales que per­mitan el recambio pacífico de esos gober­nantes y buscar la libertad y la igualdad. Pero no supone la infalibilidad de los oficialismos, aunque estén avalados por encuestas.


La democracia es un camino hacia la verdad, una búsqueda de la verdad, lo que no quiere decir que una relación numérica determinada constituya la verdad. Los pue­blos creyeron en gnomos y en genios que brotaban de una lámpara maravillosa. Ahora -supongo- no creen más en tales cosas. ¿Han llegado al fin de la his­toria o pueden creer en otras fantasías?.

La democracia es el único procedimiento co­nocido, en el mundo actual, para resolver en forma incruenta el problema del poder: en lugar de contar los cañones, o las metra­lletas, ganan quienes tienen más votos: ganan y tienen derecho a gobernar mien­tras respeten las opiniones de la minoría y permitan que ésta predique, y busque transformarse a la vez en mayoría. Pero ni siquiera quienes tienen más votos representan, por eso, la verdad. ¿Cuál sería la unidad de verdad?

La soberbia de los que se imaginan ven­cedores de hoy, olvidando que fueron los de­rrotados de ayer, inquiere: ¿Cree usted que el pueblo se equivoca?. Esto se parece al tipo de pregunta que los fariseos hacían a Jesús, buscando llevarlo a incurrir en una contradicción. La respuesta correcta, pienso, es que todos, como personas y como comunidades, podemos equivo­carnos, rectificarnos y encontrar verdades que, finalmente, no es seguro que sean defini­tivas.

En algunos países, la quema de brujas fue tan popular que era común la apelación de los poderosos a incinerarlas en los mo­mentos de crisis. El Ku Klux Klan fue muy festejado en el sur de los Estados Unidos. Casi nadie discutió, a lo largo de la his­toria, numerosas experiencias que luego re­sultaron ser falsas.


Durante la época del hitlerismo, en Ale­mania (1933-1945), Adolfo Hitler solía ser convalidado en plebiscitos por el 98 por ciento de los votos. No se creía en esas farsas electo­rales y los demócratas de conciencia tran­quila decían que nada estaba más lejos de la verdad que esos comicios, con partido único, sin posibilidad de disentir con el gobierno, ni de realizar propuestas alterna­tivas o, siquiera, de controlar los sufragios.


Por diez años más, los vientos de la his­toria parecían proclamar la inmutable verdad del nazismo y el final de las “tonterías” de la democracia social. Nada está más lejos de mí que hacer comparaciones alocadas y poner en ubica­ción de semejanza implícita a cosas tan distintas como el nazismo, o el neoconserva­dorismo. Pero afirmo que no puede haber pretención imperial compatible siquiera con los derechos básicos que otorga la República. Quiero decir, además, que aún las encuestas reali­zadas sobre alemanes que vivían en Es­tados Unidos demuestran la popularidad que alcanzó el nazismo en su período de auge, lo cual estuvo lejos de convertirlo en verdad.


Nuestro papel histórico no es decir a todo que sí: es preconizar las que creemos son nuestras verdades y que ma­ñana pueden ser las verdades de la mayo­ría, si ésta vuelve a acompañarnos.


Tomamos en cuenta el resultado de las encuestas, pero predicamos tozudamente aquello que creemos es verdadero y justo.


La defensa del patrimonio nacional de cualquier país y de su propia capacidad de decisión no es el nostálgico sueño de un imposible país autárquico, sino que es la defensa de las esperanzas de dignidad humana. Como puede verse, éste no es un esta­tismo alucinado sino, simplemente, un pa­triotismo elemental. Pero aún el patrio­tismo elemental necesita de una democracia con sentido social.


La democracia social no es un delirio ideológico: propone, en cambio, rescatar algunos papeles abandonados por el Es­tado. Propone la no neutralidad frente a hechos como el desastre ecológico, propone una política ecológica ac­tiva; impulsa la intervención en defensa y para la promo­ción de la mujer, históricamente poster­gada; propone educación para todos, buena educación para todos y en todos lados, porque es justo que así sea y porque, además, un pueblo culto está en mucho me­jores condiciones para enfrentar el por­venir. Propone el derecho de los jóvenes a pensar, y también a divertirse dentro del principio de que las libertades terminan donde empiezan los derechos de los demás, sin un constante hostigamiento que parece imaginarlos como sospechosos.


La democracia social, en lugar de con­denar al desamparo a los desocupados, pro­pone la discusión de toda la problemática relativa al tiempo libre, lo que implica el estudio de las condiciones que disminuyan las horas de trabajo y, sobre todo, permitan a cada trabajador vivir con un sólo empleo remunerado dignamente, lo que de por sí puede ser una estrategia, siquiera parcial, para con­trolar la desocupación.


También en esto, nuestros principios éticos son congruentes con el sentido prác­tico. La desesperanza del hambre y la mi­seria, la inseguridad incrementada por la desocupación, generan graves tensiones sociales y pueden llevar a estallidos cuyo costo, si se quiere decirlo en ese idioma, es impo­sible de ponderar.


Gran parte de los gastos sociales pueden contribuir a un clima de convivencia sana, a generar un sentido de pertenencia al país sin el cuál ninguna nación pudo jamás pros­perar, y a una intranquilidad imposible de lograr mediante políticas que terminan siendo represivas. Las prestaciones so­ciales pueden tener inconvenientes o pre­sentar anomalías, como todas las cosas (in­cluyendo el funcionamiento de las empresas). Pero lo que no debe atacarse es al Estado Social, con criterios de rentabilidad econó­mica.


Los más descarados añaden que toda inter­vención del Estado termina amenazando a las libertades públicas, pues las regula­ciones económicas generan a la larga regu­laciones políticas. Algunas de las personas que sostienen esa tesis son, lisa y llana­mente, cínicas. Y otras pueden repetir el dis­curso de buena fe.


Hasta la fecha, los supuestos Estados in­tervencionistas -los Estados Unidos en la época de los presidentes demócratas y, es­pecialmente, de Franklin Delano Roose­velt; las socialdemocracias europeas; al­gunas experiencias democratacristianas- se han convertido en una barrera impresio­nante contra el autoritarismo y en defensa de la libertad: habría que ver si en los tiempos en que la democracia peligraba se hubiera podido soltar en la selva econó­mica al animal salvaje de un capitalismo irrestricto y de un mercado autorregulado.


El comunismo totalitario ha acumulado muchos fracasos, hasta despeñarse en una derrota irreversible. Pero eso no equivale a la victoria de un capitalismo sin rostro humano, tan creyente en su inexorabilidad como lo fuera el stalinismo.


Los comunistas totalitarios, por querer centralizarlo todo, dejaron un inmenso caos económico y no pudieron cumplir sus propósitos de generar una existencia fra­ternal: las historias patéticas que nos llegan sobre mafias son un indicador muy expresivo sobre la deca­dencia de una utopía.


Pero la profunda crisis moral de los países más desarrollados -y, en ocasiones, más prósperos- no debe servir para una mi­rada crítica de tipo puritana sino para verificar hasta qué punto cierto tipo de capita­lismo insolidario, individualista, competi­tivo hasta la locura, ha llevado a muchas sociedades, y sobre todo a las franjas juve­niles de las mismas, hacia una desespe­ranza patética que se expresa a través de la velocidad, la drogadicción, las altas tasas de suicidios directos e indirectos, y la quiebra de toda clase de reglas de juego éticas. La Dolce Vita no sería hoy la exhi­bición de unos pobres jóvenes aristocrá­ticos que se deslizan en la radical orfandad del conformismo sino el retrato de mi­llones de jóvenes de las clases medias, des­pojados de ideales y de objetivos, carentes de ejemplos, desacostumbrados al uni­verso del razonamiento.


La modernidad no puede ser, para noso­tros, la introducción en la insensibilidad y en la decadencia. La modernidad no puede ser el otro nombre de la desesperación.


Es como si ahora se nos presentara un combate en dos planos: frente a quienes justifican la existencia de la miseria y la desesperación, planteamos la necesidad del Estado social; frente a quienes ubican todos los problemas en términos de bien­estar material, planteamos la primacía de la ética.


Contra la corriente, queremos cam­biar la sociedad. Creemos que la sociedad puede modificarse por sí misma, a través de cada uno de sus componentes, y creemos en el papel esclarecedor del de­bate ideológico, que solamente terminará cuando haya muerto el último hombre.


Por cierto, ninguna sociedad se cambia por decreto, sino a través de las formula­ciones y reformulaciones que, entre todos sus miembros, va elaborando. Pero no cambia espontáneamente, no cambia sin una voluntad política democrática, que implica consensos básicos y tolerancia para los disensos, no cambia si no es capaz de ofrecer una pro­puesta libre y solidaria, no cambia sin una exposición integrada, racional y compren­sible. Todo lo cual, en estos momentos, está contra la corriente que pretende seguir prevaleciendo en el mundo, aunque esté desmentida su verdad.

"¿Habéis notado que sólo la muerte despierta nuestros sentimientos? ¿Cómo amamos a los amigos que nos acaban de dejar? ¿Cómo admiramos a aquellos de nuestros maestros que han dejado de hablar, con la boca llena de tierra? Entonces brota naturalmente la expresión de admiración, esa admiración que tal vez esperaban de nosotros toda la vida. ¿Pero sabes por qué somos siempre más justos y más generosos con los muertos? La razón es simple. Con ellos no hay obligación". Albert Camus | La caída


*desde Mburucuyá