(Por Alejandro Bovino Maciel*) Cuando reclamamos un derecho estamos recriminando al conjunto social, con argumentos legítimos, el haber desprotegido una medida justa que, al no existir el derecho que la consagre, perjudica con inequidad a un conjunto o colectivo social.
Por ejemplo, cuando sobrevino la famosa crisis de las subprimes hipotecarias en EEUU del 2008, los bancos, que ofrecieron irresponsablemente créditos inmobiliarios sin garantías y totalmente especulativos, en forma casi graciable, desataron la lógica necesidad humana de tener una vivienda, o ampliar la que tenían o cambiarla. Esa epidemia crediticia que acarreó la crisis financiera global fue promovida por la Banca. Los bancos y las grandes empresas financieras (Lehman Brothers, que fue la principal, terminó en quiebra) fueron los creadores de esa epidemia crediticia de alto riesgo.
Recordarán que esa banca especuladora, que es la parte de Goliat en la ecuación social, ya que los ciudadanos somos hormigas frente a su poder económico, jamás reconoció su fraude fogueado por la codicia desmesurada que suelen padecer esas corporaciones. Jamás se sacian. No solo no reconoció su delito, sino exigió el desalojo y la devolución de las propiedades hipotecadas y además, un seguro que tuvo que pagar el gobierno de Obama (la crisis se había gestado durante la administración del poco iluminado Bush (h) pero don Barack tuvo que pagar los platos rotos) por una suma multimillonaria para “salvar” la banca.
De inmediato nos incita a preguntarnos, ¿qué diferencia de trato existe entre esta nueva nobleza bancaria/financiera y los siervos de la gleba feudal?
En nuestras playas también el poco iluminado señor Macri dijo que había pedido el préstamo al FMI para “salvar” los bancos.
La derecha política se ha vuelto redentora de bancos.
La inequidad, que es el desequilibrio ante la ley, entre Goliat y las hormigas, se presenta así: de un lado todas las ventajas para la banca, y del otro todo el sufrimiento, avalado por nobles jueces que viven en mansiones, para la sociedad en su conjunto. Entonces, la democratización de la sociedad, donde cada ciudadano tenga exactamente la misma cuota de derechos que los demás, ha devenido en farsa grotesca. La indignación y la ira social, en este caso, como fue en diciembre de 2001 en Argentina, es absolutamente legítima ante la afrenta que supone la arbitrariedad de un poder político dominado por decisiones financieras, y avalado por una justicia tuerta.
Un derecho es, precisamente, la necesidad de volver al equilibrio de fuerzas ante la ley. Nadie tema reclamar un derecho cuando lo cree legítimo el conjunto social.
ALEJANDRO BOVINO MACIEL
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Alejandro Bovino
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