(Por Alejandro. Bovino Maciel). La televisión viene en caída libre desde hace unos años. El público sub 20 casi no ve televisión. Son hijos de los teléfonos inteligentes que surgieron allá por el 2000 y vinieron para quedarse. La publicidad, que es el fondo fiduciario del que viven los medios de comunicación, se trasladó en gran parte a los ‘influencers’ de YouTube, Tik Tok, Facebook, Instagram y X.
Este menoscabo presupuestario que va en picada se reflejó de inmediato en las pantallas televisivas: se terminaron las producciones, no hay casi obras de ficción, ni programas cómicos, ni novelas, ni tiras de entretenimiento. La TV se reconfiguró con lo más barato. Algunos sorteos de kermesse escolar, programas de preguntas y respuestas, paneles de opinantes que le buscan la ontología a las chucherías y chismes de la farándula, gente cocinando mientras quien conduce intenta hacer chistes de velorio, algún que otro informe sobre la sociedad, noticias y el gran hallazgo de Occidente: el Gran Hermano.
El Gran Hermano (título pirateado de una novela del gran Orwell) es una casa postiza donde convive un tiempo un grupo de personas con serios trastornos de personalidad, que exhiben sus fallas con histrionismo no exentos de gritos, escándalos, insultos, llantos y peleas de conventillo.
La gente (hablamos de un público mayor de 30 años, no escuché un solo joven o adolescente que viera esa jaula como su refugio) se adhiere de un modo pegajoso a las truculencias domésticas de ese grupo con cámaras de vigilancias las 24 horas y una especie de prisión domiciliaria conflictiva. La gente comenta qué hizo o no hizo tal personaje, toma partido buscándole la razón a lo que es básicamente un ejercicio irracional, ya que todo el combo es artificioso y está montado con el asesoramiento adecuado para hacer de las miserias humanas un espectáculo de 24 horas corridas. El juego de base es agitar pasiones. Los sentimientos raramente afloran, y cuando aparece un afecto es tan artificial como la esencia de vainilla: está tomado de las películas de Hollywood que exporta ese sentimentalismo barato del osito de peluche hallado entre los escombros de una catástrofe, de la que también se salvó un niño, y eso recompensa los esfuerzos del héroe que se batió con mil adversidades para salvar a un inocente. Los cientos de víctimas que murieron ya no importan, qué le vamos a hacer, pero ese niño con el osito que se salvó merece la lágrima del abnegado paladín que atravesó paredes, explosiones, balas, derrumbes, hierros candentes, fuego, humo y mil adversidades más para llegar a dar ese beso llorado.
El sentimentalismo de Gran Hermano no necesita de intrepidez ni grandes hazañas. Aflora cuando, después de una pelea en la que se destrataron como si fuesen trapos de piso, alguien parece recibir una epifanía y se vuelve absolutamente espiritual. No faltan condimentos de new age y retoques de magia travestida en pseudociencia, como vidas pasadas, constelaciones de la parentela y signos del zodíaco para allanar diferencias, y entonces los contendientes se abrazan y sobreviene una paz tan falsificada como inútil en la que cada cual “comprende” al otro, no porque hayan analizado sus mutuos argumentos, sino porque la tregua era necesaria después de tanto desgaste de energía en pirotecnia pasional.
En psiquiatría vemos todo ese despliegue con escepticismo. Ya venimos tratando desde toda la vida los trastornos límites de la personalidad, que es una conformación anómala de la estructura psicológica que invade todas las áreas del sujeto: el área mental donde está la consciencia que toma decisiones y a partir de allí, el enfermo/a “desparrama” su malestar crónico a todo cuanto lo rodea. No puede ser de otra forma, porque la mente está conformada defectuosamente y cuanto menos tratada está la persona afectada, menos herramientas tiene para manejar sus pasiones y encaminarlas a conductas que no terminen empeorando su situación. Los trastornos fronterizos (o borders) son difíciles de tratar. Adhieren fácilmente a desbordes emocionales como los de Gran Hermano. Son propensos a esas descargas histéricas llenas de gritos e insultos que no llevan a nada. Son los clientes ideales de todas las adicciones (fuman, usan drogas cuando pueden, se alcoholizan, les gustan los riesgos físicos, la ludopatía) les es difícil mantener amistades por mucho tiempo porque son básicamente insoportables, no saben qué quieren ser, cambian de carrera cada año, no mantienen una responsabilidad más que por unos meses, desordenan el ritmo de vida (duermen de día y vampirizan de noche), son desordenados, sienten un vacío interno que necesitan llenar con ruidos, sustancias o escándalos. Necesitan tratamiento porque no pueden con ellos mismos.
Los huéspedes de Gran Hermano son, en gran medida, eso. Tal vez esté guionado, como muchos sospechan. Pero ver una sesión es una clase magistral sobre trastornos de la personalidad.
E.C.P. BUENOS AIRES, DICIEMBRE 2024
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