(Por Jose Miguel Bonet*) Los antiguos objetos de lujo aportaban placer y bienestar . Algunos factores claves para considerar un objeto como lujoso eran la distancia o la dificultad que suponía producirlos o adqquirirlos
El lujo nos revela muchos secretos de la mente humana. Es el deseo de lo superfluo, y aunque parezca una pulsión egocéntrica, su última motivación es social. No busca un disfrute personal, sino el prestigio, un sentimiento de superioridad y, en muchas ocasiones, un claro deseo de despertar la envidia. El afán de distinguirse, el gusto por la desigualdad, apareció muy pronto en la historia tal como ha señalado Walter Scheidel, lo que parece sorprendente en una especie hipersocial como la nuestra. En la división que he hecho de los deseos humanos –hedonistas, sociales, expansivos del ‘yo’– el lujo ocupa un lugar intermedio. Busca el reconocimiento social, pero precisamente de una cierta superioridad. Forma parte de una pulsión expansiva que se manifiesta en el afán de poder, la ambición, la codicia, la exploración, la conquista científica, técnica o territorial, la fama, la seducción o la creación artística.
Esta competitividad del lujo es lo que ha hecho que con frecuencia se desconfiara de él. En Roma, el antiguo código de las Doce Tablas prohibía los gastos excesivos en los funerales, lo que fue sistemáticamente incumplido. Posteriormente, la ley Opia prohibió a las señoras tener más de media onza de oro, llevar vestidos de color variado y servirse de carruajes, pero las mujeres consiguieron la abrogación de esa ley. Durante la Edad Media hubo muchos intentos de reprimir el lujo. Enrique II de Francia prohibió el uso de vestidos de seda a quien no fuera príncipe u obispo, y una ordenanza de 1577 reglamentó los banquetes. En España también hubo muchas leyes contra el lujo para evitar que las familias se arruinasen por la ostentación. Al final, los Estados siguieron el consejo que había dado el severo Catón y decidieron aprovechar esta poderosa pulsión para crear un nuevo impuesto sobre el lujo.
Frente a los que dicen que una vez satisfechas las necesidades básicas el dinero no puede comprar más felicidad, Scheidel sostiene que eso sucede porque no saben realmente dónde comprarla. ¿Por qué la gente se empeña en gastar dinero en lujos, cuya satisfacción va a ser pasajera, y no en cosas que les harían más felices, como tener más tiempo libre o disfrutar de más vacaciones? La explicación de Franz es simple: el consumo de lujo sigue sus propias reglas psicológicas. Se refiere a cosas que son visibles para otros y que se suelen tomar como manifestaciones del éxito relativo de otras personas. Por eso cada movimiento de una persona hacia el lujo devalúa la posición de los demás. Haidt lo resume en una frase: el consumidor de lujo no se preocupa de la felicidad, sino del del prestigio
En el siglo XVIII hubo una interesante polémica sobre el lujo. Un ilustrado de la época de Carlos III, Juan Sempere y Guarinos, trazó en Historia del luxo un esbozo histórico de los usos suntuarios y, a través de ellos, de las costumbres, deteniéndose en particular en su propio tiempo. El objetivo de su obra, una apología ilustrada del lujo, era la defensa y justificación en el orden moral y económico del consumo suntuario. Se trataba de presentar el lujo, por una parte, como un estímulo para la economía y un mecanismo de redistribución de la riqueza que los gobiernos no debían prohibir, sino en todo caso encauzar. Se oponía así a la postura tradicional de los moralistas, que relacionaban el lujo con la corrupción moral y denunciaban las costumbres de su tiempo, contraponiéndolas a la supuesta austeridad del pasado. Así, el obispo de Teruel advertía que con frecuencia el lujo hace que se «resfríe la caridad».
Mientras esto ocurre, tenemos entornos laborales en los que nos entregamos como si de una divinidad o ideal sacralizado se tratara. No es que estemos dispuestos a esforzarnos, lo que es algo natural, sino que vamos más allá y nos sacrificamos por ello, y a veces al hacerlo rozamos los límites de lo aberrante. Cuando nos sacrificamos, asumimos pérdidas o nos perjudicamos a nosotros mismos porque ponemos por delante algún tipo de cosa idealizada. Siempre ha existido la necesidad de esforzarse, incluso en sociedades neolíticas existía el hecho del sacrificio. En las sociedades jerarquizadas actuales se ha decidido, de alguna forma, que unas personas tienen que sacrificarse más que otras. Desde el principio, se empezó a ver cómo ciertos seres humanos prefieren acaparar los recursos y mantener su nivel de estatus por encima del de otros en una especie de competición en espiral en la que hay ganadores y vencidos,derrochamos esfuerzos,el error que cometemos es pensar que el esfuerzo es una cuestión lineal. En todos los ciclos biológicos hay distintas fases en las que, además de un esfuerzo, es necesario un tiempo de descanso para recuperarnos. A nivel global pasa lo mismo. Solo tenemos que pensar en los recursos naturales y materiales del planeta que generaciones pasadas y las presentes explotan sin dar tiempo a que se recuperen. Ahora tenemos varios indicadores que señalan un colapso. Intentar mejorar constantemente es similar, algo perjudicial para el trabajador.Y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos y no saber a donde vamos ni de donde venimos. Ruben Dario.
*Extracto de varios artículos.
* desde Mburucuyá.