Corrientes, viernes 12 de julio de 2024

Opinión Corrientes

El periodismo y el peronismo, por David Pandolfi

10-06-2024
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Hoy, una vez más, el gobierno entiende que los periodistas deben ser los comunicadores del poder. Si no lo hacen, los descalifican, buscan desfinanciar la prensa convencional para reemplazarla por una serie de tuiteros o medios digitales que se parecen más a un agente de inteligencia que a un periodista y buscan, de una forma, silenciar, asustar, descalificar. El kirchnerismo no debe asombrarse; son los mismos que pedían a los niños escupir una foto de Magdalena Ruiz Guiñazú o aplaudían a un jefe de gabinete que rompió en público un diario porque no le gustaba una noticia (que, encima, era cierta). Antes de repudiar, debieran pedir perdón, porque el gobierno actual repite una y otra vez su mal ejemplo.

Hoy, los voceros del poder publican dibujos descalificantes para los periodistas en su día, en esa manía por buscar el escándalo, por ser leídos, por apoyar al gobierno.

Me he criado en la casa de un periodista político, donde el análisis, la explicación de los hechos, de los sentidos, de la forma de pensar de cada uno era el sentido del periodismo político. No quiero decir que no implicara contar una anécdota, sino entender qué dice el otro, y si se lo atacaba en un artículo era a través de sus dichos, de sus declaraciones, de lo irracional de su discurso. Como tal, me tocó vivir los setenta, donde muchos decidieron que valía un discurso único y cualquier razonamiento alternativo debía ser, por decirlo levemente, descalificado. Para el peronismo y luego los militares, su versión de los hechos era la única publicable; creían en un mundo de ángeles redentores (siempre ellos) y demonios que querían destruir ese paraíso. El periodismo era aquel al que le tocaba enfrentar ese poder armado con los dedos tecleando una Olivetti para ser publicado en algún medio. El peronismo tuvo dos versiones de la misma idea: en su versión full del terrorismo de Estado materializada por la AAA, y en su versión filofascista vergonzante (los montoneros). Ambos se creían con derecho a juzgar a los periodistas como forma adicional de controlar las noticias, a buscar llenarlos de miedo para generar el silencio. En los setenta, la muerte rondaba las redacciones, y uno debía acostumbrarse a que el miedo no debía paralizar.

Ana Guzzetti, quien desafió a Perón con una pregunta en una conferencia de prensa y le costó ser secuestrada y torturada, el Padre Mugica, condenado a muerte y exhibido en su cárcel del pueblo de papel por Montoneros, por escribir un artículo apoyando a Perón, y Heriberto Kahn, quien fue atacado salvajemente por la revista El Caudillo por escribir unos artículos que terminaron con la gestión de López Rega como ministro, todos formaban parte de una forma de hacer periodismo arriesgando su vida para explicar.

Les dejo una reflexión de mi padre (el periodista Rodolfo Pandolfi): “Todos, de una forma u otra, aprendimos a tener miedo: a saber que hiciéramos lo que hiciéramos, siempre habría un tribunal secreto estudiando si correspondía o no dictar la pena de muerte contra nosotros. Por lo demás, de una manera directa o indirecta, vivíamos amenazados y sin protección. Una organización terrorista de origen fascista y retórica ultraizquierdista nos avisó, en determinado momento, que uno de los hombres del staff de Confirmado sería castigado (por decirlo levemente). Luego vendrían sucesivas amenazas, muchas de las cuales eran, lógicamente, “corridas con la vaina” en un momento de especiales tensiones. En otros casos se trataba de intimidaciones auténticas. [...] Todos nosotros nos sentíamos jaqueados por alucinados de ambas puntas, que nos resistíamos a diferenciar demasiado. No entendíamos la actitud de algunos amigos –a veces en pocos días ex amigos– que se transformaban sorpresivamente en admiradores, simpatizantes o disculpadores de los criminales”. También relata, en el exilio, uno de los diálogos entre ambos en esa noche de la historia: “Puede ser que tenga miedo -me dijo Heriberto-, pero me falta mucho para estar en pánico. Quizá una noche, entrando a la revista, vislumbre la cara de alguien que me vigila; estudie por un segundo sus ojos. Y puede ser que entonces me deje llevar por el terror. Todavía no. Pienso además, que en estos momentos no se van a dedicar a golpear contra nosotros. Más bien van a golpearse entre ellos, en esta guerra de bandas: el turno nuestro vendrá después.”
“-Quizás llegue nuestro turno en cualquier momento -le contestó Rodolfo Pandolfi-, pero es posible que los terroristas prefieran, por ahora, hechos de mayor impacto propagandístico. Sin embargo, podríamos caer. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuál es la lógica de esas cosas.”.

Tal vez, ante semejantes energúmenos -unos, otros y los que vinieron después-, la sociedad entendió que era perder la libertad. Por eso, cuando surge el fenómeno de Alfonsín, que enfrentaba al poder con las ideas, vieron que había una sociedad distinta a la de los violentos: se trataba de la democracia, una historia que descubrimos a pleno en el año 1983.

Alfonsín tenía un enorme monopolio de canales de televisión de medios amigos del poder que había heredado de los militares y que había generado el peronismo. Con ese poder, podía haber elegido poner un nuevo Raúl Apold; en cambio, puso un equipo para construir pluralismo.

Alfonsín hizo visible las diferencias entre la democracia y los energúmenos que creían que matar era un detalle, y que la libertad era prescindible. Alfonsín enseñó que los medios del Estado eran de todos y no del gobierno, donde se podían escuchar en ellos distintas voces; no pocos opositores tuvieron roles destacados en los noticieros y canales estatales. El jefe de campaña del candidato derrotado pasó a ser el jefe de un noticiero en un canal estatal, otro pasó de ser una figurita de la TV pública a derrotar al candidato radical a la intendencia de Morón.

Alfonsín enseñó que el Estado podía tener medios de comunicación que no fueran alcahuetes del poder, que una sociedad plural era posible, tanto desde la cultura como desde el periodismo. Usó los medios para difundir pluralidad, una cultura diversa y democrática. Se eliminó esa censura al cine que el peronismo y los militares habían compartido. Alfonsín enseñó que el silencio no es salud, como sostenía el peronismo, sino que vale la diversidad de las voces. La autonomía universitaria, que había pasado de largo entre el 73 y el 76, volvió a las universidades, y los radicales tuvimos que esforzarnos por ganar cada centro de estudiantes, cada facultad; no pedimos su disolución o un interventor amigo. Habíamos luchado para que convencer valiera la pena. En los ochenta surgió la contracara de la década anterior: emergió la pluralidad contra la bajada de línea, contra el miedo y el discurso único. Renacía la democracia y la libertad de expresión. No entiendo un periodismo que no pueda molestar al poder, que no pueda contar un pasado que incomode, o un negocio turbio, o un acuerdo político antinatural y secreto.

Eso no quiere decir que los radicales no tuviéramos medios donde escribir, pero estos eran propios, partidarios: cómo olvidar Inédito, Propuesta y Control, Argumento Político, El Ciudadano o Replanteo. No tomábamos los canales por las armas como hizo el peronismo en los setenta, ni construimos el relato de una sociedad totalitaria desde los canales públicos como hizo el peronismo en su versión K.

Me molestan los autoritarios de siempre que se quejan si un periodista es convincente pero no conveniente con el poder, pero la libertad siempre vuelve y a los amantes de las noches de la historia los podemos vencer con la luz de la libertad.