Corrientes, martes 18 de junio de 2024

Sociedad Corrientes

Compromiso Verde: promueven apadrinamiento de árboles

03-06-2024
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( PorJose Miguel Bonet).Leí con gran alegría este proyecto que trata de lograr una residencia con los árboles que son seres vivos, que sienten el afecto y cuidado que podamos darle. Me trae a la memoria el dicho,Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol” -Martin Luther King.

Hoy, pese a las proclamas verdes, las ciudades talan árboles, los parques menguan, y proliferan las plazas de hormigón,la plaza Cabral es un claro ejemolo.Desaparecen los bancos donde sentarse a dejar pasar las horas gratis, donde sentir la bienvenida de una convivencia improvisada. Su ausencia nos empuja a pagar la factura de la comodidad en terrazas, restaurantes o tiendas. Triunfa el urbanismo poco confortable, los desiertos de cemento, la intemperie sin doseles vegetales: la áspera hostilidad frente a la hospitalidad. El espacio público se parece cada vez menos a una extensión colectiva del hogar, y cada vez más a los fríos corredores de un centro comercial. Quien no quiere o no puede gastar, exiliado del consumo, solo puede circular, como peatón errante.

Aunque parezcan poco trascendentes, las decisiones urbanísticas tienen inmensas consecuencias porque modelan las pautas de nuestros movimientos y definen los vínculos entre las personas. En Muerte y vida de las grandes ciudades, la escritora y activista Jane Jacobs reflexionó sobre las calles como territorios de encuentro entre personas diversas. Pocas personas han hecho más por el activismo ciudadano que Jane Jacobs. Y pocas conocen tan bien su capacidad de cambiar las cosas como la dificultad de hacerlo.

En 1950, ella misma recogía firmas para impedir que una carretera atravesara Washington Square. Pedían firmas entre quienes se sentaban al sol, jugaban allí con sus hijos, leían un libro o paseaban a perros. El caso es que muchos de los ciudadanos que usaban la plaza rehusaron firmar la petición de salvarla. Estaban convencidos de que firmar la petición podría resultar peligroso. “Fue en esa época cuando aquel extraño temor lo invadió todo, pero también recuerdo cuando se disipó, estando en plena lucha por salvar un barrio”.En una época presidida por corrientes opuestas, Jacobs defendió los barrios donde conviven, se entremezclan, chocan, juegan y se hacen favores mutuos personas de distintos orígenes. Defendía la complejidad organizada de las ciudades, el ballet de gentes que se cruzan y se descubren en sus itinerarios cotidianos.

Los bancos —para sentarse— y la celosía vegetal de los árboles favorecen los encuentros: alivian, templan, vuelven habitables y acogedoras las rutas de los días. Las conversaciones son más probables en lugares atractivos para detenerse. Las personas enfermas o ancianas necesitan asientos donde descansar en sus paseos. La vitalidad urbana pende de un hilo finísimo que nadie debería cortar. En 1923, la anarquista zaragozana Amparo Poch, una de las primeras mujeres licenciadas en Medicina, escribió en el periódico La Voz de la Región, tras una tala en los alrededores de su casa: “Yo he visto desaparecer los árboles que eran el collar y la vida de esta pobre calle. He llorado las muertes de mis compañeros árboles”.


Nuestros antepasados griegos inventaron el ágora como un espacio urbano para estar juntos. En origen no era el mercado, como muchas veces se traduce, sino un lugar de reunión donde los ciudadanos nacidos en libertad podían congregarse —en un primigenio Congreso— para escuchar los anuncios cívicos y conversar sobre política. Más tarde albergaría también a los tenderetes de los mercaderes. Las primeras representaciones de las tragedias y comedias clásicas sucedieron en la plaza de Atenas o sus alrededores. El sofista Protágoras enseñaba en los edificios públicos; Parménides, Anaxágoras y otros visitaban el ágora, donde compartían sus ideas con el público; allí Sócrates interrogaba sin rodeos a los conciudadanos sobre sus valores. Fuentes, arquitecturas, porches y jardines ofrecían protección frente al sol y la lluvia. De los pórticos atenienses —estoas— deriva el nombre del estoicismo, pues en ellos el filósofo Zenón de Citio impartía sus enseñanzas. El sabio Diógenes encontró a su sombra una buena solución para la vida de un exiliado con economía bajo mínimos. “Mirad el pórtico de Zeus y la avenida de los desfiles— decía el filósofo— parecería que los atenienses los han decorado para que yo tenga aquí mi casa”.

La vida en común necesita expandirse por espacios amables, plazas que nutren el poso y la pausa, con cúpulas de árboles, fuentes refrescantes, bancos para descansar y descubrir al prójimo. Con sombras que resguardan el juego infantil, la lectura al aire libre, una espera anhelante, una cita, una comida veloz, un océano de tiempo. Abiertos a todos, sin necesidad de gastar. Allí, en la convicción de que juntos pensamos mejor, se edifica la conversación pública que nutre la democracia. Si perdemos esa confianza y esos lugares de confluencia; si, como advierte Jorge Dioni en El malestar de las ciudades, nuestros territorios de socialización son privados y basados en el consumo, corremos el riesgo de pensarnos solo en primera persona, sin contexto: autoayuda, autopromoción y autoexplotación. Al optar por la primacía de lo individual, transitaríamos el viaje inverso: del ágora al ego.

Celebró esta iniciativa del Municipio De Corrientes y espero que muchos otros se contagien.


* desde Mburucuya

Bibliográfia artículos varios.