Corrientes, viernes 20 de marzo de 2026

Política Corrientes

La política argentina en crisis

24-02-2024
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( Por Alejandro Bovino Maciel). Toda vez que debatimos con amigas y amigos de cultura acerca del desconcierto de este segundo decenio del tercer milenio, repito la misma posición: la irrupción de Internet a partir del año 2000 vino a cambiar los códigos de comunicación humana.

Desde al menos tres mil años a. de C. la comunicación se venía dando a través de la lectura / escritura y repentinamente aparecen las redes sociales donde predomina lo audiovisual. La comunicación se mediatizó: ya se podía hablar y ver a una persona que estaba físicamente a mil kilómetros de distancia, conversábamos como cuando estábamos frente a frente y además podíamos vernos, detectar los gestos que acompañan al discurso, notar sus alegrías o tristezas. El predominio de lo audiovisual llevó a Giovanni Sartori —experto italiano en sociología de la a publicar Homo Videns donde analiza esta supremacía de la vista por sobre los demás sentidos. El lenguaje escrito, esclavizado por lo audiovisual, se hizo secundario. Los mensajes escritos se abreviaron, y mucho de lo que se necesitaba expresar se reemplazó con imágenes de caritas, dibujos, stickers (pegatina o adhesivo que expresa situaciones o sentimientos, dice el diccionario) y toda lectoescritura se fue simplificando.

Esto hizo ganar velocidad y perder contenidos en la comunicación.

Esto de perder contenidos, no es algo menor. La comunicación depende enteramente del espesor del contenido de la misma. Si simplificamos en exceso el mensaje queda reducido a formas muy simples, que obligan a aceptar pasivamente sin posibilidad de análisis posterior ni crítica por parte del receptor. La persona se va sumiendo en un mundo de respuestas inmediatas sin preguntas, la capacidad de analizar por parte del receptor se va anestesiando y de ese modo los medios y las redes nos cargan de contenidos vacíos que vamos aceptando sin la posibilidad de detenernos a pensar si lo que dice es verdad o está sesgado por algún interés. Hay una crisis social donde impera el desconcierto: no saber qué es qué ni qué sitio ocupa en el conjunto. Leer la sociedad no es tan simple como leer un emoticón. Y mucha de la gente entrenada con el smartphone como chupete, no sabe descifrar un mensaje con mediana complejidad.

Esa desinformación, más la trivialización en la que entró la clase política occidental (en Oriente, los chinos, japoneses e indios siguen con la fe tan firme en el Estado como desde hace diez siglos) ha colmado el clima de banalidad encumbrando personajes sombríos (pensemos en Trump, Bolsonaro y ahora el Presidente) venidos de las oscuridades de la sociedad con un discurso de prepotencia, descalificación y agravios gratuitos para galvanizar el odio colectivo en una forma de comunicación que se parece más a la de las redes sociales y video juegos que a la vida real. La sociedad está dividida, pero no por una grieta como gusta “descubrir” al señor Lanata. Ya en tiempos de Rosas había unitarios y federales. Sarmiento inauguró la división entre civilización y barbarie. En los ’40 peronistas y antiperonistas, después vinieron militares y civiles. Hoy la cosa no es tan simple. Hay muchas tribus urbanas ideológicas y nadie parece dispuesto a conversar con nadie. Y mucho menos a intentar comprender las razones del otro. Estamos creando enemigos imaginarios todo el tiempo, igual que en los comics baratos. El sistema político de representatividad republicana no puede funcionar en estos términos porque el alma de la política es el diálogo que busca consensuar, negociar acuerdos que beneficien al mayor número de ciudadanos. Este es el punto grave de la crisis: las instituciones históricas parecen no servir ya para las necesidades de un mundo cambiado, pero las nuevas que irán a reemplazarlas todavía no aparecen.

En este umbral de incertidumbre y penumbras crecen los monstruos.

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BUENOS AIRES, febrero 2024