(Por : Janira Gómez Muñoz y Federico Cué Barberena*). El 7 de octubre de 2023 ha quedado impreso en la historia y ha marcado el inicio de una fase aún más sangrienta y peligrosa del conflicto israelí-palestino.
Benjamin Netanyahu había superado récords de violencia en Cisjordania ocupada, no vistos desde 2005. Hoy el futuro solo promete un conflicto mayor.
"¡Estamos en guerra, eh!", grita desde la acera un residente judío colombiano. Oírnos trabajar en español lo invita a enunciar la frase más repetida hoy en Israel, dicha por primera vez por Benjamin Netanyahu.
El primer ministro israelí le ha ido añadiendo desde el 7 de octubre los adjetivos "larga", "necesaria" (en su versión más reciente, "no vamos a parar, la batalla no está cerca de acabar") y, así, entre los israelíes ha pasado de ser una declaración a la justificación sin límites de una "guerra contra el terrorismo" que afirman que ganarán.
'#Ganaremos', reza una pegatina en el mercado Mahane Yehuda de Jerusalén Oeste; "ganaremos" tiene eco en los labios de una mujer israelí, orgullosa de que su marido sea soldado voluntario.
El lenguaje siempre ha sido una desigualdad más del denominado conflicto israelí-palestino.
Se siente en algo tan sencillo como hablar con palestinos de Jerusalén Este y Cisjordania ocupadas. En su mayoría aluden a "esta situación", jamás mencionan la palabra "guerra", y cada vez más se refieren a "masacres", "limpieza étnica" o directamente a cámara denuncian un "genocidio" en curso contra su pueblo.
Si del lado palestino nadie vocifera desde la calle para dar su opinión, preguntar cómo estás es aún más incómodo. "Hoy en día no hacemos esta pregunta. Nadie puede responder, no sabemos cómo sentirnos. Estamos tristes, frustrados, decepcionados. Ha pasado mucho tiempo sin que se haya producido ninguna reacción", canaliza Fadi Atrash, jefe del hospital jerosolimitano Augusta Victoria, apuntando al resto del mundo.
Y es que, pese a las varias generaciones de colegas que han narrado esta tierra, la actual "guerra" y "masacres" no tienen precedentes en 75 años de violencia, en el marco de la ocupación y las políticas israelíes.
Nunca antes el brazo armado de Hamás –considerado terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea– lanzó un ataque sorpresa dentro de Israel junto a otras milicias palestinas, burlando el sofisticado (y millonario) aparato militar y de inteligencia israelí, y perpetró en un solo día la matanza de 1.200 civiles y soldados fronterizos, más el rapto de unos 240 adultos mayores, mujeres y niños. Con todo, el atentado y la captura de rehenes más grande en la historia del Estado y que más ha conmocionado a su sociedad.
Con un clamor de venganza, tampoco nunca antes Israel sostuvo un asedio tan extenso, arrojó decenas de miles de bombas de forma indiscriminada e invadió por tierra la Franja de Gaza, al punto de arrasar zonas enteras, desplazar por la fuerza a casi la totalidad de la población y protagonizar la "carnicería" –término del director general de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus– de más de 21.000 palestinos (dos tercios de los cuales son mujeres y niños, si bien la cifra, que crece de forma imparable, no refleja los miles de desaparecidos y cuerpos debajo de los escombros).
Mientras expertos consultados por la agencia estadounidense 'AP' declaran que la campaña militar israelí es una de las más mortíferas y destructivas de la historia mundial reciente, en Israel el activista de derechos humanos Hagai El-Ad se preguntaba hace poco, en una columna de opinión del diario 'Haaretz', "¿cuánta más sangre puede absorber esta tierra antes de que nos vomite a todos?".
"En poco más de dos meses, la ofensiva ha causado más destrucción que la devastación de Alepo en Siria entre 2012 y 2016, Mariúpol en Ucrania o, proporcionalmente, los bombardeos aliados de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Ha matado a más civiles que la coalición liderada por Estados Unidos en su campaña de tres años contra el Estado Islámico", detalla 'AP'.
Gaza, el horror inhumano a una escala no vista
Ni las palabras ni los números alcanzan a retratar las escenas repetidas de cuerpos palestinos ensangrentados y a la vez grisáceos del polvo de la destrucción, desperdigados en calles y hospitales, aplastados bajo el hormigón o amontonados en fosas individuales y comunes sin nombre.
El daño físico, emocional, social, sanitario y económico ejercido por Israel en 86 días de 2023 contra los habitantes palestinos de distintos credos e infraestructura de Gaza –desde casas hasta hospitales y escuelas, pasando por las bibliotecas, mezquitas e iglesias históricas– sobrepasa el horror.
El Gobierno de extrema derecha de Netanyahu insiste en que uno de sus objetivos es "eliminar a Hamás", mantiene que hace de todo para "ser preciso" y "evitar dañar a civiles", y acusa al grupo islamista de ponerlos en peligro y de usarlos como "escudos humanos" (grupo que compara con el yihadista Estado Islámico y a sus líderes con los nazis).
Sin embargo, al mismo tiempo, entre el 40 y el 45% de las municiones que ha arrojado sobre Gaza son no guiadas, según una evaluación de la inteligencia estadounidense recogida por CNN el 14 de diciembre. Llamadas 'bombas tontas', son menos precisas y representan una amenaza mayor para los civiles, sobre todo en un enclave tan denso y sin escapatoria como el palestino.
"La conducta de Israel en Gaza es ilegal, inmoral e irresponsable", resume Francesca Albanese, abogada y relatora especial de la ONU.
Israel no ha revelado qué tipo de artillería o munición usa –la mayor parte de fabricación estadounidense–, pero sus ataques por aire, mar y tierra, indica Unicef, han convertido a Gaza en el "lugar más peligroso" para los niños, incluidos los que están por nacer; y en este conflicto, el más letal en décadas para los periodistas, los trabajadores sanitarios y el personal de Naciones Unidas, la cual en ningún enfrentamiento había visto morir a tantos empleados en tan poco tiempo, sin obviar al tejido de académicos, escritores y artistas, deportistas, comerciantes...
Las bombas israelíes han masacrado a familias enteras con decenas de miembros, otras han quedado desgarradas para siempre o con cientos de niños huérfanos, y entre los supervivientes, elegir entre la muerte o la amputación de una o varias extremidades, se ha convertido en una escena común, también para los niños. Unicef informa que como mínimo a 1.000 se les ha hecho esta cirugía "en condiciones inadecuadas y sin anestesia", debido a un "diezmado sistema de salud de Gaza (que) es una tragedia", de acuerdo con la OMS.
Su desprotección ha afectado asimismo a adultos mayores, a personas sin movilidad, con alguna discapacidad o los enfermos dependientes de máquinas. En el caso de las mujeres embarazadas, están dando a luz bajo las bombas.
"La muerte de familias enteras significa que los registros de estas personas y sus vidas sociales han desaparecido (…) Estas pérdidas resultan en el borrado de memorias e identidades compartidas para aquellos que sobreviven. Va a tener un impacto traumático", aseguró al Financial Times Dina Matar, profesora de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres.
Y esto solo por obuses israelíes, en una cantidad equivalente a dos bombas atómicas. La enumeración de las acusaciones de oenegés, de civiles y periodistas locales, que transmiten y documentan en directo otros presuntos crímenes de Israel durante su invasión terrestre, es tan larga, que vaticinan un largo proceso de investigación. Tras el 7-O, se han reportado arrestos masivos, desapariciones y encarcelamientos; ejecuciones sumarias; agresiones a convoyes humanitarios y hospitales; destrucción de cementerios y robo de órganos, entre otros.
En esta línea, Sudáfrica presentó una solicitud ante la Corte Internacional de Justicia –órgano judicial principal de la ONU– para iniciar un procedimiento contra Israel, alegando que ha violado en Gaza la Convención sobre Genocidio: "Los actos y omisiones de Israel tienen carácter genocida, ya que se cometen con la intención específica requerida (…) de destruir a los palestinos en Gaza como parte del grupo nacional, racial y étnico palestino más amplio".
Sobre los casi 2 millones de desplazados de una población gazatí de 2,3 millones, la urgencia es seguir con vida. Refugiados en hospitales y escuelas, en campamentos oficiales o improvisados, o a la intemperie con frío y lluvias, aunque sin garantías de estar a salvo. Tampoco en el sur, donde aún no han llegado los tanques, pero como repiten residentes y organizaciones en el terreno, "en Gaza no hay lugar seguro".
"No hay ninguna seguridad sobre nuestras vidas por los incesantes bombardeos", expresa Salah desde una Gaza que grita a diario de desesperación y critica un abandono internacional.
Las continuas "órdenes de traslado" israelíes han desplazado primero y arrinconado después a cerca de un millón de personas en Rafah, donde está el paso fronterizo con Egipto y se da el escaso reparto de la ayuda humanitaria, bloqueada y controlada por Israel desde el 7-O. Así, Rafah ha mutado en la gobernación más sobrepoblada de Gaza, con 12.000 personas por kilómetro cuadrado, de acuerdo con la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU.
El hacinamiento, la severa escasez de alimentos y agua potable –las mismas organizaciones humanitarias critican que Israel utiliza el hambre y la sed como armas de guerra– y la falta de servicios sanitarios adecuados (horas y días para poder ir al baño o apenas darse una ducha o en el caso de las personas menstruantes encontrar toallitas o tampones) son ya una amenaza adicional a las bombas.
De acuerdo con UNRWA, el 40% de la población de Gaza está ahora mismo en riesgo de sufrir hambruna. Combinado con la falta de higiene y las enfermedades infecciosas crecientes, el cóctel es una multiplicación de las muertes, muchas ya reportadas, una causa que como las amputaciones es difícil de llevar registro.
Además, para estos desplazados, que en su gran mayoría ya eran refugiados palestinos o descendientes de estos, se trata de un trauma revivido, una suerte de nueva 'Nakba' (en árabe significa 'catástrofe' y alude al éxodo forzoso de más de 700.000 palestinos tras la creación del Estado de Israel en 1948), expresión usada por funcionarios como el ministro de Agricultura de Israel, Avi Dichter, quien admitió el deseo de una nueva expulsión: "Estamos, de hecho, desplegando la 'Nakba' en Gaza. 'Nakba' 2023. Así es como terminará".
Muchos de los que se han visto obligados a dejar sus hogares no saben si tendrán a donde regresar en esta Gaza con vastas zonas, sobre todo del norte, borradas, invivibles.
Según el recuento de la organización de derechos humanos Euro-Med Monitor –que cifra los muertos palestinos en más de 29.000–, casi 66.000 viviendas han sido completamente destruidas y más de 177.000 han sufrido daños parciales; lo mismo ocurre con más de 1.500 instalaciones industriales, 305 escuelas, 135 centros de salud, 183 mezquitas y 165 oficinas de
Un nivel de devastación que ha llevado a algunos analistas y expertos en derecho internacional a considerar que Israel está cometiendo un "domicidio", un concepto con cada vez más aceptación aunque sin reconocimiento legal. En un artículo en 'The Conversation', el investigador de la Academia Británica, Ammar Azzouz, lo define como "la destrucción deliberada del hogar, o el asesinato de la ciudad o del hogar", entendida no solo como "el entorno físico y tangible construido de los hogares y propiedades de las personas, sino que también se refiere al sentido de pertenencia e identidad de las personas".
En última instancia, el objetivo es volver el territorio inhabitable, como han confesado varios ministros israelíes y decenas de soldados que se graban en 'TikTok', mofándose de la devastación y las muertes palestinas, robando en sus hogares e instalando en ellos símbolos del judaísmo. En ambos casos, con un lenguaje que deshumaniza a los palestinos.
Para Ami Ayalon, exjefe del servicio de inteligencia interior israelí Shin Bet, este es "uno de los escenarios" que se plantea el liderazgo israelí para Gaza. "Algunos 'agentes del caos' dicen en televisión que nuestra meta política debería ser crear un desastre humano en Gaza porque a partir del caos comenzaríamos de nuevo", afirmó en una comparecencia virtual organizada por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional.
Es parte del debate que existe en Israel, de manera anticipada, sobre el hipotético 'día después' en Gaza, un debate que a nivel diplomático ha planteado algunas discrepancias entre el Gobierno israelí y su principal patrocinador, Estados Unidos.
Mientras Washington respalda devolver el control de la Franja a la Autoridad Nacional Palestina (hoy debilitada y deslegitimada en Cisjordania ocupada), el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha prometido que Israel se hará cargo de la seguridad, que no permitirá el regreso de la ANP –a la que ha equiparado con Hamás– y ha planteado "la migración voluntaria" de palestinos a otros países. Eli Cohen, ministro de Exteriores, ha criticado a las naciones árabes vecinas por no querer recibir a palestinos de Gaza y ha pedido al resto de países que "llamen o escriban un email para acogerlos".
"Si actuamos estratégicamente, ellos (palestinos de Gaza) emigrarán y nosotros viviremos allí. No dejaremos que 2 millones se queden (...) quieren irse, han estado viviendo en un gueto por 75 años", confesó este 30 de diciembre el ministro de Finanzas israelí y también colono judío, Bezalel Smotrich.
Una retórica radical, denunciada de "limpieza étnica", que no choca con el deseo del resto de sectores mesiánicos: volver a ocupar Gaza. Al respecto, la inmobiliaria Harey Zahav, especializada en erigir colonias, ya hace publicidad de un proyecto de viviendas en la costa gazatí.
Cisjordania, bajo violencia y control total
Con la atención puesta en la Franja, Cisjordania ocupada –junto a Jerusalén Este conforman el resto de Territorios Palestinos– está sufriendo una violencia exacerbada, a punto de explotar, teniendo en cuenta que la violencia en el lugar siempre fue permanente.
Si 2023 era el año más mortal desde la Segunda Intifada (2000-2005), a partir del 7-O las cifras solo han ido a peor: 313 muertes por fuego israelí de soldados y colonos judíos en un total anual de 512; más de 4.000 detenidos con casos documentados de abusos y humillaciones, también sexuales, por parte de oficiales; redadas a mayor escala y diarias del Ejército israelí, con ataques con drones más frecuentes; y agresiones de colonos, a un promedio de cinco al día, según OCHA, incluyendo el asesinato de ocho palestinos y el desplazamiento de 1.200 campesinos.
"Los beduinos que viven cerca de los asentamientos israelíes (en el Área C, administrada por Israel) tienen miedo a los ataques", explica Julia, una monja y enfermera que reside en Belén. Julia pone el foco en otra de las dificultades: la desconexión completa entre las ciudades palestinas por más bloqueos, checkpoints y restricciones israelíes.
"La gente no puede desplazarse" entre las urbes, indica esta religiosa nacida en Estados Unidos, pero de padres mexicanos. Como ejemplo, menciona a una amiga que tiene a su hija en Hebrón y no puede ir a verla porque "es muy peligroso".
Toques de queda como los que el Ejército israelí impuso en Jenin o en 11 vecindarios del centro histórico de Hebrón o cierres de carreteras y comercios como el que comprobó France 24 en Huwara, por mencionar algunos ejemplos, han sido catalogados por organizaciones de derechos humanos de "castigo colectivo" contra la población, en represalia por el ataque masivo de Hamás.
"Israel está aprovechando que actualmente la atención local e internacional se desvía de Cisjordania para imponer medidas de gran alcance que constituyen un castigo colectivo, lo cual está prohibido por el derecho internacional", señaló la ONG israelí B'Tselem sobre los bloqueos en Hebrón.
Del lado de las agencias de la ONU, la denuncia más reciente sobre Cisjordania ocupada la hizo el 28 de diciembre la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OCHA). En síntesis, acusó a las autoridades israelíes del "rápido deterioro de los derechos humanos" en la zona desde el 7-O, por "una violencia y represión no vista en años", con "asesinatos ilegítimos" y "detenciones arbitrarias".
"Estamos en Cisjordania, no tenemos nada que ver con Hamás o las atrocidades que pasan en Gaza. Y aún así, estamos siendo sistemáticamente castigados", lamenta el joven Bilal, palestino-estadounidense originario de Huwara.
Al mismo tiempo, y pese a estar en estado de emergencia, el Ejecutivo israelí de extrema derecha ha aprobado un presupuesto adicional para financiar la construcción de asentamientos ilegales y las actividades de las colonias, a la vez que no ha cesado las demoliciones y desalojos de viviendas en Cisjordania y Jerusalén Este ocupados.
Para Issa Amro, palestino de Hebrón y reconocido activista pro derechos humanos, las medidas israelíes "no tienen nada que ver con mantener la seguridad" que alega, sino que responden "a una agenda política": "El objetivo es facilitar la anexión de Cisjordania por parte de Israel en el futuro. Cambia la realidad en el terreno durante la guerra". Una realidad que se modifica y que difícilmente podrá deshacerse, mientras en paralelo está propiciando la popularidad de Hamás en Cisjordania.
El descrédito de Netanyahu, y por ende de Israel
En la sociedad israelí, casi nadie discute la "guerra" emprendida contra Hamás –apenas se ve en imágenes– y la minoría que la cuestiona corre el riesgo de ser silenciada, encarcelada o ve amenazado su trabajo.
Una directora de escuela fue objeto de un abucheo de estudiantes y ciudadanos, y hasta del reclamo del Ministerio de Educación que la acusó indirectamente de "incitación y aliento al terrorismo", por escribir "no se nos muestran las consecuencias de los actos del Ejército en Gaza, pero debemos saber qué se hace en nuestro nombre".
O en el caso de los empleados de Naciones Unidas, Israel ya no les va a otorgar automáticamente visas por ser un "socio cómplice" de Hamás. "La ayuda no llega a las personas que la necesitan porque Hamás la secuestra y la Agencia para los Refugiados Palestinos (UNRWA) lo encubre". La recriminación del portavoz gubernamental Eylon Levy, sin pruebas, es solo una de las decenas de críticas de Israel a las agencias de la ONU.
En las encuestas, erradicar al grupo que gobierna de facto la Franja y rescatar a los 129 rehenes que quedan de los 240 iniciales son prioridades de una sociedad dolida por el 7-O, que despertó en pánico y sufrió una masacre, pero revitalizada por el revanchismo y el nacionalismo: "La sensación de la gente es que esto es una amenaza a la existencia de Israel", explicó a Reuters la politóloga Tamar Hermann, del Instituto para la Democracia, que realiza sondeos de opinión regularmente sobre "la guerra".
Una de estas encuestas, hecha en noviembre tras el cese al fuego de una semana, reveló que más de tres cuartas partes de los consultados apoyaba reanudar los ataques sin cambios, más allá de la matanza contra gazatíes o la presión internacional. Y aunque las miradas varían según la inclinación política, Hermann sostiene que la supuesta seguridad futura se impone entre los israelíes por encima del alto costo humano de sus soldados, y por último de los palestinos.
"Hay una sensación, primero, de venganza, principalmente en la derecha –amplía Hermann– y entre las personas de izquierda y el centro lo ven como, diría yo, secundario a los logros de la guerra, se percibe como un daño colateral".
Pero donde el consenso encuentra fisuras es en torno a Netanyahu, desgastado por nueve meses de protestas contra sus planes de reforma judicial. Si en los primeros días tras la matanza y la toma de rehenes cualquier crítica habría sido acallada por el sentimiento de unidad (y la represión de las fuerzas israelíes), esto está cambiando. El propio Dan Halutz, exjefe del Estado Mayor (2005-2007), ha llegado a asegurar que han "perdido la guerra" y que la única "victoria" sería la dimisión de Netanyahu.
La desconfianza y el descrédito pesan sobre el premier, que siempre se proyectó como garantía de seguridad, una imagen resquebrajada por la matanza de Hamás. Y si bien aún parece imponerse la idea de que las investigaciones sobre ese día, sobre por qué falló Israel a nivel de seguridad, deben esperar, las manifestaciones en su contra y los pedidos de dimisión se están extendiendo, especialmente por su manejo de la crisis de los secuestrados.
Los familiares son la nueva voz en estas marchas pues sienten, como los familiares de fallecidos y desaparecidos que tienen menor foco mediático, que el Ejecutivo no está haciendo lo suficiente para recuperarlos y peor, que están dispuestos a "sacrificarlos". Un recelo que se acrecentó luego de que el Ejército reconociera haber matado a tres rehenes que, tras escapar del cautiverio, pidieron ayuda en hebreo y ondearon una tela blanca.
*Publicado en france24.com