Corrientes, domingo 23 de junio de 2024

Opinión Corrientes

"El loco de la motosierra, una distopía argentina", por Ae Germys

07-11-2023
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La distopía es una forma literaria de interpelar el futuro. Interpelar, sí, los futuros probables que parecen improbables. La distopía es política porque, desde la mirada de los autores que la imaginan, su relato se organiza sobre sociedades indeseadas y oprimidas por reglas brutales y terroríficas. Como el real socialismo o el fundamentalismo neoliberal, igual de atroces en sus antípodas.

Ejemplos hay montones, mencionamos dos obras que contraponen sociedades distópicas. En 1887 aparece La república del futuro de la estadounidense Anna Bowman Dodd, que describe en entregas epistolares una futura Nueva York del año 2050 en la que sus ciudadanos se visten igual, trabajan dos horas por día y viven una vida monótona; los viajes están prohibidos e incluso la mediocridad está impuesta por ley, los artistas y científicos son sometidos a exámenes y si resultan más talentosos que el promedio, son expulsados.

La República del Futuro reacciona a los utópicos de su época, que defendían el socialismo, el feminismo y, claro, al progreso tecnológico. Uno de los aspectos que llamó nuestra atención en la distopía neoyorquina de Dodd fue que la comida tradicional fue reemplazada por pastillas nutritivas. El Loco de la Motosierra también expresó su deseo de ahorrarse el ingrato placer de comer y suplantarlo por un complejo vitamínico.

En la vereda de enfrente, aparece en 1908 El talón de hierro de Jack London, que describe una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía dominante que utiliza a la clase media para aplastar a la clase obrera y una vez acometido su disciplinamiento, la primera finalmente aplasta a la segunda, valiéndose de métodos terribles. Tanto en una como en otra ficción sus autores interpelan los temores a los avances tecnológicos y económicos sobre los cuales las sociedades afianzan las leyes sobre las cuales se organizan.

La distopia surge como contraposición a la utopía. Se atribuye al filósofo inglés John Stuart Mill el primer uso documentado del término distopía, durante una intervención parlamentaria en 1868. Que su primer uso fuera político, no es poca cosa, teniendo en cuenta el carácter activo en la vida social de Mill en Londres durante esos años, en los que también escribió El sometimiento de la mujer, en apoyo a los derechos de la mujer, incluido el derecho al sufragio.

La literatura distópica o —por su nombre más actual, si se prefiere— de ficción especulativa, entonces, en resumidas cuentas, fantasea (desde la perspectiva de sus autores) una sociedad futura indeseada, cuyos valores están alienados y, para alimentarse a sí misma, estructura su disciplinamiento a través de métodos brutales impuestos por opresión. Supone así, el sentido común, que deben escandalizar, generar el terror e interpelar acerca de los peligros que persiguen a la condición humana. De esto modo, para Jack London el capitalismo es una distopía, y para Anna Bowman Dodd el comunismo —en tanto antiutopía— es una distopía.

La irrupción de El Loco de la Motosierra en el escenario de la política argentina es tanto o más extravagante que las distopías literarias más desesperantes. Una distopía anarcolibertaria, o sea, digamos que. Un porteño snob que monta sesiones espiritistas interespecie con su perro muerto que le da consejos económicos. Que, en esas apariciones, puede comunicarse también con los delirantes espectros de la escuela Austríaca; con Jesús, a cuya resurrección asistió, precisan sus biógrafos, en al menos tres regresiones ocultistas. Hasta habló con Ann Ryan, que le transmitió la profunda sabiduría de La rebelión de Atlas.

Su fanatismo por la libertad total absoluta de mercado es tan pero tan extravagante y psicótico y espeluznante que su mirada del mundo parece sublimarse al maniqueísmo Oferta y Demanda, el Bien y el Mal. Lejos estamos de buscar y razonar sobre las causas de su invención. Cerca, en este ejercicio, de imaginar una sociedad futura argentina cuyo Estado fue reducido a una oficina en las cuevas de un célebre vendedor vip de lavarropas de la city porteña apodado el Croata y existe un mercado sin ninguna regulación para todo lo que tu retorcida fantasía pueda comprar pueda vender. Órganos humanos, niños, niñas, virus letales, millas náuticas, y ballenas cotizan en bolsa.

El delirio es grotesco hasta el retorcimiento. El escritor, traductor e investigador doctoral en la Universidad de Nueva York, Michel Nieva (léase La infancia del mundo) sostiene que para el capitalismo el fin del mundo es una mercancía más. Para el largoplacismo radical (véase aceleracionismo) de William MacAskill hay que dejar de poner alimentos en el estómago de las personas; el mundo tal y como lo conocemos está perdido de una forma u otra porque el apocalipsis es inminente y lo que importa es que la especie sobreviva, no las personas.

El apocalipsis climático es irreversible, capaz. Sólo Elon Musk y un conciliábulo de multimillonarios apropiadores de la riqueza que produce el planeta tendrá el dinero y el conocimiento que les proporcionará la inteligencia artificial para sobrevivir, quién sabe, colonizando metros cuadrados en la Luna o en Marte, donde seguramente también reproducirán una sociedad libertaria total donde todo puede ser comprado todo puede ser vendido.

Si la historia está más o menos bien (siquiera escrita, poco mejor) contada, listo ya está, se venderán miles de ejemplares. Es un bucle de Sísifo o un Sísifo saltando en bucle. Con la roca. Y la montaña. La historia parece ser así, da vueltas sobre sí misma. A veces cae en la caverna de Platón. Con la roca. Y la montaña. Si la historia está más o menos bien (siquiera escrita, poco mejor) contada, listo ya está, cagamos todes.

Como sacando soldaditos verdes de plástico de los bolsillos, en rededor de El Loco de la Motosierra aparecen toda clase de personajes excéntricos y desaforados con ideas tan descabelladas y estrafalarias que vuelven a poner en discusión los acuerdos comunes que nuestra historia construyó sobre la sangre derramada de miles, nuestra soberanía nacional permutada por un dólar.

Los microfascismos se enraízan más fantasmáticamente cuando la democracia no da soluciones a las necesidades básicas sobre las cuales se funda el capitalismo triunfante después de la Segunda Guerra Mundial. Una señora de clase media laburante dijo que si había que elegir entre Frankenstein (Massa) y Freddy Krueger (Milei), ella elige a Freddy. Otra señora, trabajadora doméstica, proclama que hay que garpar lo que hay que garpar por un pasaje de colectivo que su salario no alcanza a cubrir sin intervención estatal. Desde su sacrificio para llegar a fin de mes, un remisero putea como lo harían los camisas negras más enervados de Benito Mussolini. Una doña coqueta de la city grita desde su balcón afrancesado: ¡Con Milei no, Macri!

En su clásico Ciencia Ficción: Utopía y Mercado, Pablo Cappana describe: “El Siglo XX vivió las dos peores guerras de la historia y dos de las más profundas revoluciones tecnológicas. Si el debate ideológico enfrentaba democracia y totalitarismo, capitalismo y socialismo, nacionalismo y mundialización, pronto el triunfo comenzó a definirse en favor de quien tenía el poder tecnológico. La creencia de que la tecnología es capaz de resolverlo todo es el único dogma que quedó al margen de los debates ideológicos y hoy sigue estando en el eje del discurso único. La ciencia ficción supo encarnar las fantasías de la modernidad, y la posmodernidad se constituyó sobre la base de esas mismas ficciones en cuanto comenzaron a realizarse… De todo esto podemos extraer algunas conclusiones. Si este mundo le parece un poco loco, no se olvide que la ciencia ficción tuvo que ver mucho en su diseño…”

Las sesudas gansadas de El Loco de la Motosierra superan ampliamente el Tratado de Filosofía Muy Interesante de la ex candidata presidencial Patricia Bullrich y los dislates de ex presidente ndrangheta Mauricio Macri. La ucronía es también una manera (peculiar, lpm) de putear, inútil e insistentemente, qué hubiera pasado si. Qué hubiera pasado, por ejemplo, si Evita sobrevivió al cáncer, milagrosamente, así como la bala del odio no mató a Cristina. Tan cierto como que la Argentina de Sarmiento imaginó el futuro escribiendo utopías, Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata. La distopía reacciona a la utopía a las trompadas. No es el mundo que imaginamos. Es el mundo que tenemos miedo de imaginar.

El escritor ruso Yevgueni Zamiatin escribió una distopía precursora, Nosotros (1921). Zamiatin, que también fue un ingeniero notable en Newcastle, en los astilleros del río Tyne, durante la Primera Guerra Mundial, vivió de cerca la Rusia antes y después de la Revolución de 1917. Fue preso por el régimen zarista y luego por los bolcheviques, que sostenían que el artista a lo único que debe aspirar es a representar el alma socialista. En Nosotros existen personas-números que viven en una ciudad de cristal y acero regida por el Estado Único, donde todo puede ser observado, nadie tiene vida privada, el yo fue suprimido por el nosotros.

El cuento Los lacayos de Midas (1901) de Jack London es una parábola sociopolítica donde la muerte resulta tan abstracta que se vuelve voraz. London fue un socialista convencido, aunque profesaba el individualismo, creía ferviente y sinceramente en la solidaridad colectiva de los trabajadores y sabía que si no se unían para luchar por salarios justos y vida digna su futuro sería el peor. Los lacayos de Midas tensiona esta pulsión confrontativa, el individualismo no puede ser sin el colectivismo, pero son las personas quienes deciden luchar solas o acompañadas u organizadas. Podríamos decir que Los lacayos de Midas son una agrupación anarquista que extorsiona mediante epístolas a un magnate multimillonario. No tienen ningún remordimiento por las víctimas inocentes que asesinan para extorsionar al rico, quien a su vez tampoco cede ante las muertes que suceden en su rededor.

Un tramo de la primera carta enviada por Los lacayos de Midas, dice así:

El presente sistema social está basado en el derecho de propiedad. Y, en último análisis, el resorte que da ese derecho del individuo a detentar una parcela de propiedad reposa entera y únicamente en el Poder. Los caballeros con cotas de malla de Guillermo I, el Conquistador, se apoderaron y repartieron Inglaterra a golpe de espada. No fue de otra manera (aunque usted no estará, naturalmente, de acuerdo), como impusieron las propiedades feudales. Con la invención del vapor y la revolución industrial, nace la clase capitalista en el sentido moderno del término. Los capitalistas sobrepasaron prontamente la antigua nobleza. Los capitanes de la industria han, prácticamente, expropiado a los descendientes de los capitanes guerreros. Pero su dominación está igualmente basada en el Poder, del que ha cambiado solo la calidad. Anteriormente los barones feudales devastaron el mundo con el hierro y el fuego; en nuestros días, los barones de las finanzas explotan el mundo empleando contra él sus fuerzas económicas. Es éste el espíritu que nos gobierna, y no el de los músculos y el de los mejores calificados para sobrevivir.

Nosotros, Los lacayos de Midas, nos negamos a convertirnos en esclavos asalariados. Los grandes trusts y las grandes compañías comerciales (entre las cuales se encuentra ola suya) nos prohíben elevarnos a una situación para la cual nuestra inteligencia nos califica. ¿Por qué? Porque estamos desprovistos de capitales. Pertenecemos a la clase de las manos negras, pero con esta diferencia: nuestros cerebros son de primera calidad, y en el orden moral o social no conocemos ningún prejuicio imbécil. En tanto esclavos asalariados, penando desde el alba hasta el anochecer y viviendo mezquinamente, no habríamos podido, en sesenta años —ni siquiera en veinte veces en dicho tiempo— reunir la suma necesaria para entrar con probabilidades en la lucha contra la masa de capitales existentes actualmente. Por lo tanto, entramos en liza y lanzamos el guante contra el capitalismo mundial. De buen o mal agrado hay que luchar.

A golpes de mazo, el socialismo impuso ética al capitalismo aciago. El Loco de la Motosierra representa lo más inhumano, repugnante y sanguinario del individualismo neoliberal más exacerbado. Más allá de sus inestabilidades emocionales, sus prácticas ocultistas, su desprecio por la condición humana, puede convertirse en una distopía devastadora para Argentina, cuya historia, ya sabemos, fue construida sobre arenas movedizas.