(Por Alejandro Bovino Maciel ).D. F. Sarmiento, que no es santo de mi devoción, tuvo sin embargo gloriosos aciertos cuando escribió “hay que educar al Soberano”. Escribió y fue coherente con esa idea de imponer una educación básica gratuita y obligatoria que fue promulgada después, bajo el gobierno de Julio A. Roca (Ley 1420 promulgada el 8 de julio de 1884). Esto supuso un gran paso para nivelar la sociedad a un punto de partida más o menos igualitario en cuanto a formación para esa época. Ya garantizaba de entrada dos o tres cosas: saber leer y escribir, y saber operaciones básicas de matemáticas para todo el mundo. Ya habilitaba la puerta abierta para el ciclo secundario y de ahí a la profesión u oficio.
Todo este proyecto tuvo una inmensa utilidad durante el siglo XX, pero al finalizar la década de los ’90 irrumpió el mundo de las computadoras con los video-juegos, y ya amaneciendo este desconcertante siglo XXI trajo de la mano Internet y nuestra vida humana no volvió a ser la misma.
Internet modificó la comunicación, que es la base de la humanización. Somos humanos porque tenemos lenguaje para comunicarnos. Ningún otro animal ha llegado a tal grado de sofisticación en las comunicaciones como para modificar su inteligencia y creatividad. Ese núcleo comunicacional depende del lenguaje audiovisual y allí es donde impactó la bomba de Internet. Todo se hizo inmediato, sucesivo, agitado, apurado, veloz, progresivo. Nuestra vida se convirtió casi casi en un video-clip. Todo muy divertido excepto que no somos máquinas y nuestro aprendizaje, que es un proceso de maduración neurológica y evolutiva, funciona de otro modo. Un video-clip no puede enseñarnos nada porque no da tiempo a reflejo alguno, no podemos reflexionar sobre lo que vemos ya que enseguida aparece otro estímulo que suplanta al anterior y cuando decido pensar en él ya aparece un tercero y la sucesión se acelera cada vez más. El resumen de ese mundo ficticio creado digitalmente es la nada. Se termina y mi mente necesita más, viene otra catarata de información y al final del día, si alguien me pregunta qué retuve de todo lo visto y oído, mi respuesta es “nada”.
Cuando Sarmiento escribió “hay que educar al Soberano” se refería a información cualificada que nos permitiera ser ciudadanos, esto es, ejercitar plenamente nuestros derechos respetando nuestros deberes para con la comunidad, empezando por las leyes. Lo que Sarmiento advirtió en el siglo XIX fue una gran masa de analfabetismo que arrastraba a todos a la ignorancia, en este siglo XXI volvemos a detectarlo, pero con otro signo: analfabetos escolarizados que han terminados estudios secundarios y no pueden diferenciar claramente opciones políticas porque desconocen el fundamento de los partidos y de las ideologías que amparan términos como Liberalismo, Comunismo, Socialismo, Social Democracia, Republicanismo, Libertad. Cuando alguien cacarea la palabra “Libertad” no pensamos en el himno Nacional, que la proclama. Ni en la Constitución Nacional que la establece. Pensamos que estamos prisioneros de algo y ese señor que grita como marchante vendrá a liberarme de ese yugo imaginario. No señor. Esa Libertad que gritonean los libertarios es la de mercado. Es la libertad que tendrá el patrón de despedirlo de su trabajo sin ninguna garantía ni indemnización. Y usted tendrá la libertad de ser despedido e ir a llorarle a Magoya. El analfabetismo político se paga caro. Muy caro. Carísimo. Puede costarle la vida de bienestar que se fue consiguiendo a través de arduas luchas en el pasado, pero su analfabetismo tampoco las conoce.
Como decía don Sócrates, la ignorancia del bien es la puerta del mal.
BUENOS AIRES, OCTUBRE 2023