Corrientes, miercoles 24 de julio de 2024

Opinión Corrientes

No es la corrupción es la impunidad, estúpido

08-10-2023
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La sociedad argentina tiene con el peronismo una dosis de tolerancia en cuestiones morales y éticas que nunca se las prodiga al resto de la política” -Joaquín Morales Solá, La Nación

( Por Jorge Simonetti). Lujo pornográfico, desvergüenza, corrupción, mostraron las imágenes del “Yategate” que, en medio de la campaña presidencial, vuelve a poner en serio entredicho a la política. Hace su centro en el peronismo bonaerense y su red de intendentes, de la que Insaurralde es conspicuo integrante.


                   La pregunta es: ¿los políticos son todos iguales? ¿Son todos corruptos? Hay mucha corrupción, mucha, en la política, pero cometeríamos un grave error en ingresar a generalizaciones indebidas, tal como las promueve, con pureza actuada, el liberautoritario Milei, cuando nos habla de la “casta chorra”, obviamente excluyéndose el mismo.

                   Cuando la fantasía invade la mente colectiva de una parte importante de la sociedad, es muy difícil razonar, no ya para cambiar una creencia sino tan sólo para hacer pensar acerca de la misma. Porque, precisamente, se trata de una creencia, no del convencimiento razonado. Es como la religión, se cree o no se cree, se tiene fe o no, no hay espacio para una confrontación con la realidad.

                   Cuando se producen escándalo tras escándalo de corrupción, el ánimo social es campo orégano para cualquiera que se presente como el kilómetro cero de la honestidad, travestido de ángel guardián.

                   Vayamos por parte. ¿Cuál es la mejor manera de hacer pasar desapercibido a un elefante? Llevarlo en medio de una manada de elefantes. Ergo, generalizar la corrupción política en la “casta chorra”, significa que el verdadero político “chorro” pasa desapercibido entre todos los políticos.

                   Es la mejor manera de relativizar la corrupción: todos son chorros, entonces el verdadero chorro es uno más de tantos y los ojos de la justicia y de la sociedad no se posan en ellos particularmente.

                   De acuerdo al glosario mileísta, el político, por el sólo hecho de serlo, integra la “casta” y por ende es “chorro”. Los radicales son lo mismo que los peronistas, los cambiemitas que los kirchneristas, Balbín es lo mismo que Perón, Alfonsín que Kirchner, Macri que Cristina. Todos en una misma bolsa.

                   Obviamente, Milei y sus acompañantes se autoexcluyen, porque son genéticamente honestos como producto de la inteligencia artificial o vaya a saber de qué.

                   “La casta política son los otros”, parece ser su lema, a pesar de que es diputado, candidato a presidente, tiene un partido que no ha rendido los fondos de campaña electoral de 2021, utiliza los pasajes gratuitos de la Cámara de Diputados para fines políticos y charlas pagas y es plagiador serial de libros y artículos ajenos. Pequeñas corruptelas.

                   Sin embargo, en sus acusaciones generalizadas contra la casta, se cuida particularmente de no identificar los casos de corrupción, sobre todos los actuales, tales como el “yategate” y el “chocolategate”.

                   También ha callado sospechosamente la corrupción kirchnerista que asoló el país en los primeros lustros del siglo, corrupción que no sólo estuvo en la prensa y en el imaginario social, sino en las numerosas causas, la mayoría pendientes de resolución, algunas ya con condena.

                   Uno se preguntaría ¿por qué? La respuesta puede estar en el rótulo que el dirigente liberal José Luis Espert le puso a Javier Milei: “es un kirchnerista de segunda generación”, lo que en buen criollo significa que el liberautoritario podrá ser, una vez en el poder, el fino ejecutor de la fase superior de la impunidad kirchnerista.

                   La corrupción está siendo endémica, la seguirá habiendo porque la democracia representativa supone que sean unos pocos los que manejen los bienes de todos. Se dice que achicando el estado hay menos oportunidades de corrupción. Es verdad, pero no toda la verdad, porque la corrupción no es un fenómeno simplista, tiene muchas cabezas y formas.


                   Milei es admirador de Menem y su política privatizadora. Sin embargo, en tiempos del riojano, la corrupción llenó los bolsillos de los privatizadores, que quedaron con suculentas “comisiones”.

                   Asimismo, la corrupción ya no fue por la sustracción directa de fondos estatales, como el caso del kirchnerismo, sino por la injerencia privada en la fijación de políticas públicas que favorecieran a las empresas prestatarias, la vulgar “coima”. A Insaurralde no fue el Municipio el que lo hizo rico, sino los empresarios del juego, se dice.

                   Y aquí llegamos al punto que queríamos llegar. El problema de la corrupción, así como la de todo delito, no es el hecho en sí mismo, sino sus consecuencias. Sin castigo, es un monstruo que se retroalimenta y nos devora a todos. Es decir, el verdadero problema es la impunidad.

           El peronismo bonaerense es el bastión del kirchnerismo. Los varones del conurbano, con Máximo, Kicillof, Cristina, todos mentores de Insaurralde, quieren mantener ese coto de caza aunque pierdan en la nación



Cuando hablamos de los delitos cometidos por funcionarios públicos, nos estamos refiriendo a la corrupción en el Estado, que también puede tener un soporte externo de tipo privado.


La “impunidad” se genera, tal como lo conocemos en nuestra Argentina, a partir de un sistema penal lento, ineficaz y muchas veces cómplice, excepciones hechas de muchos funcionarios y jueces que trabajan honestamente y con riesgo de sus propias integridades.

La corrupción generalizada del kirchnerismo, documentada en decenas de causas y que tiene como protagonistas principales a sus más destacados dirigentes como Cristina, no tienen todavía el desenlace ejemplificador que debiera. Entonces, el entorno corrupto de esa fuerza política, viendo que no pasa nada, profundiza su matriz.

Hay que tener en cuenta, por ejemplo, que Insaurralde representa lo más granado del kirchnerismo en la Provincia de Buenos Aires, jefe de gabinete de Kicillof, principal aliado de Máximo Kirchner. Es en ese bolsón de corrupción, dónde el movimiento político quiere mantener sus bases, aunque pierda en la Nación.

La corrupción se retroalimenta en la medida que haya impunidad. Su existencia no sólo se debe al sistema judicial ineficiente, también a una sociedad que sigue votando a sus ladrones.

Pero, el deficiente funcionamiento del sistema penal no es la única causa de la “impunidad”. Es también la propia sociedad, que vuelve una y otra vez a votar por quienes le roban.

Recordar el editorial del diario El País de España, en 2019, cuando luego de las elecciones de ese año en que triunfara Alberto Fernández, el periodista Raúl Arias escribiera un artículo que llevó por título: “Cuando los pueblos aman a sus propios ladrones”.

No es ametrallando indiscriminadamente con acusaciones abstractas como se lucha contra la corrupción, es identificando al acusado, denunciando a la justicia, instando a los poderes públicos y al sistema penal a la actuación tempestiva. El resto, como lo hace Milei, es “jueguito para la tribuna”, que nunca acaba en gol sino con la pelota afuera. Ergo, impunidad.

Pero, la sociedad no es del todo inocente en el proceso de la impunidad. Si gran parte de los votantes se comen los amagues de un “vendedor de humo”, que en última instancia juega, consciente o inconscientemente, en favor de los verdaderos corruptos, estamos en el horno.

No volver a votar a los que nos roban debe ser una consigna de hierro, la otra, identificar al “idiota útil”, que con ampulosas descalificaciones, termina jugando para los primeros.

Eso o cuatro años más de funcionamiento pleno de la maquinaria.