Corrientes, domingo 22 de marzo de 2026

Política Corrientes

El Yate de Insaurralde y el Fiat 1500 de Illia.

04-10-2023
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( Por José Miguel Bonet*).La corrupción es la semilla del mal que ha permitido que el populismo sea una alternativa real hoy.

Mucha de la actual dirigencia politica se niegan a darse cuenta de que el binomio impunidad-corrupción ha destruido las bases de la confianza pública en todos los continentes. Ignorando que no se puede condenar a los populismos y, al mismo tiempo, convivir con la lacra de la corrupción, creyendo que esa enfermedad mortal para la democracia se va a solucionar solo con articular nuevas leyes o con declaraciones heroicas.



Sin duda, la corrupción es, en gran parte, la semilla del mal que ha permitido que el populismo sea, ante el fracaso del sistema actual, una alternativa real en muchos países,para muestra sobre un boton.

Los populistas nacen cuando los sistemas se agotan moralmente y se diluyen en sus objetivos nacionales, crecen cuando la frustración y las situaciones que fomentan la vía salvaje de la explosión popular se conjugan como si fueran un caballo desbocado que cabalga directo al precipicio.Que las elecciones no son garantía de democracia es algo que pasan por alto quienes consideran que elecciones y democracia son sinónimos,

Una creencia tan extendida como injusta es que a las democracias liberales las está minando la corrupción, que ésta acabará por

aquello que el difunto comunismo no logró: desplomarlas. ¿No se descubren a diario, en las antiguas y en las novísimas, asqueantes casos de

gobernantes y funcionarios a quienes el poder político sirve para hacerse, a velocidades astronáuticas, con fortunas? ¿No son incontables los

casos de jueces sobornados, contratos mal habidos, imperios económicos que tienen en sus planillas a militares, policías, ministros, aduaneros?

¿No llega la putrefacción del sistema a grados tales que sólo queda resignarse, aceptar que la sociedad es y será una selva donde las fieras se

comerán siempre a los corderos?

Es esta actitud pesimista y cínica, no la extendida corrupción, la que puede efectivamente acabar con las democracias liberales,

convirtiéndolas en un cascarón vacío de sustancia y verdad, eso que los marxistas ridiculizaban con el apelativo de democracia «formal». Es una

actitud en muchos casos inconsciente, que se traduce en desinterés y apatía hacia la vida pública, escepticismo hacia las instituciones, reticencia

a ponerlas a prueba. Cuando secciones considerables de una sociedad devastada por la inconsecuencia sucumben al catastrofismo y la anomia

cívica, el campo queda libre para los lobos y las hienas.Cuanto más crece la percepción de que la política es baladí, menos personas esperan algo bueno de ella. El número de afiliados a los partidos políticos desciende, la participación en las elecciones se hunde, el sentimiento de comunidad se debilita, al igual que el respeto por el trabajo parlamentario. Van Reybrouck llama a esta enfermedad "síndrome de fatiga democrática", un cansancio colectivo del sistema que se extiende a todo el planeta. La sociedad civil pierde fuerza y el Estado abandona a sus ciudadanos o trabaja en su contra.

No hay una razón fatídica para que esto ocurra. El sistema democrático no garantiza que la deshonestidad y la picardía se evaporen de las

relaciones humanas; pero establece unos mecanismos para minimizar sus estropicios, detectar, denunciar y sancionar a quienes se valen de

ellas para escalar posiciones o enriquecerse, y, lo más importante de todo, para reformar el sistema de manera que aquellos delitos entrañen

cada vez más riesgos para quienes los cometen.

No hay democracia en nuestros días en que las nuevas generaciones aspiren a servir al Estado con el entusiasmo con que hasta hace pocos

años los jóvenes idealistas del Tercer Mundo se entregaban a la acción revolucionaria. Esa entrega llevó a las montañas y selvas de casi toda

América Latina en los años sesenta y setenta a centenares de muchachos que veían en la revolución socialista un ideal digno de sacrificarle la

vida. Estaban equivocados creyendo que el comunismo era preferible a la democracia, desde luego, pero no se les puede negar una conducta

coherente.El desapego a la ley ha nacido en el seno de los Estados de derecho, y consiste en una actitud cívica de desprecio o desdén del orden legal

existente y una indiferencia y anomia moral que autoriza al ciudadano a transgredir y burlar la ley cuantas veces puede para beneficiarse con ello,

lucrando, sobre todo, pero también, muchas veces, simplemente para manifestar su desprecio, incredulidad o burla hacia el orden existente. No

son pocos los que, en la era de la civilización entretenida, violan la ley para divertirse, como quien practica un deporte de riesgo.

Una explicación que se da para el desapego a la ley es que a menudo las leyes están mal hechas, dictadas no para favorecer el bien común

sino intereses particulares, o concebidas con tanta torpeza que los ciudadanos se ven incitados a esquivarlas. Es obvio que si un gobierno

abruma abusivamente de impuestos a los contribuyentes éstos se ven tentados a evadir sus obligaciones tributarias. Las malas leyes no sólo van

en contra de los intereses de los ciudadanos comunes y corrientes; además, desprestigian el sistema legal y fomentan ese desapego a la ley

que, como un veneno, corroe el Estado de derecho. Siempre ha habido malos gobiernos y siempre ha habido leyes disparatadas o injustas.

Pero, en una sociedad democrática, a diferencia de una dictadura, hay maneras de denunciar, combatir y corregir esos extravíos a través de los

mecanismos de participación del sistema: la libertad de prensa, el derecho de crítica, el periodismo independiente, los partidos de oposición, las

elecciones, la movilización de la opinión pública, los tribunales. Pero para que ello ocurra es imprescindible que el sistema democrático cuente

con la confianza y el sostén de los ciudadanos, que, no importa cuántas sean sus fallas, les parezca siempre perfectible. El desapego a la ley

resulta de un desplome de esta confianza, de la sensación de que es el sistema mismo el que está podrido y que las malas leyes que produce no

son excepciones sino consecuencia inevitable de la corrupción y los tráficos que constituyen su razón de ser. Una de las consecuencias directas

de la devaluación de la política por obra de la civilización del espectáculo es el desapego a la ley.El fracaso de los líderes actuales ha creado una generación mundial de populistas, y pese a que tal vez esos líderes tuvieron buenas intenciones, no hay que olvidar que los cementerios y la historia están llenos de catástrofes desencadenadas por los bien intencionados.

La Argentina hoy,muestra estos contrastes,

El Yate de Insaurralde a 11000 euros por día de alquiler y la virtud de otro Argentino, Don Arturo Illia al asumir, en 1963, había declarado una propiedad en Cruz del Eje (obsequiada por los vecinos para que la utilice de casa-consultorio), un auto y un depósito bancario de 300.000 pesos. Al dejar el gobierno sólo le quedaba la casa en la localidad cordobesa. La plata la había gastado y el auto, un Fiat 1500, lo vendió en pleno ejercicio de la Presidencia para afrontar gastos por la enfermedad de su esposa. Más datos: dispuso en tres años de 240 millones de pesos para gastos reservados (que no requieren rendición de cuentas) y sólo utilizó 20 millones, entre otras cosas para llevar obras de teatro a Europa de Universitarios Cordobeses.


Con la corrupcion no se come,no se educa no se cura.




*Desde Mburucuyá


*Citas. La civilizacion del espectaculo-