Miembros del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos (WGA) en manifestación frente a sede de Netflix, en Los Ángeles. EFE/EPA/Etienne Laurent
( Por Arturo Zamudio Barrios, para momarandu).El sueño ya viejo, -o pesadilla- que desde hace cien años suena a civilizado, acerca de que las máquinas habrían de terminar gobernando a los humanos, parece aproximarse en lo que ha dado en llamarse IA, o Inteligencia Artificial.
Elon Musk, por ejemplo, uno de los mayores multimillonarios del día, acaba de advertirnos sobre su significación, aun cuando él haya sido uno de sus promotores. Y la Inteligencia Artificial, puntualiza Leif Weatherby, muestra una arista singular, la de motivar cambios en algunas realdades calificadas por Kissinger como rotundas en la visión que de ella tenemos, aunque sean sólo “kiftsh predigeridos arrancados a la mentalidad dominante, o soportes hegemónicos, como hubiera dicho Gramsci.
En otros términos, apelando a Noam Chosky, formatos que develan a su través la mano humana que tratan de ocultar, algo así como la cosa en sí, kantiana, escondida solamente por la IA para que la “nueva visión de la realidad” de Henry Kissinger, pueda ser celebrada por sus ricos propietarios. En resumen, puntualiza además Leif Weatherby en Jacobin, un nuevo engaño –espejo ideológico, podría llamarlo acaso Marx- que trata de escarbar en el ámbito de las clases dominantes cuando el orden que las gestó y mantiene, declina poderosamente.
Pero la tradición poco compatible entre la expansión del Capital y el trabajo humano ofrece momentos muy definidos desde los días iniciales del Capitalismo. A mediados del siglo XIX, por ejemplo, una enorme cantidad de hombres en paro y sin posibilidades de superarlo, pobló el planeta hasta los rincones menos pensados. Lo que hoy llamamos Argentina, tenía en los primeros tiempos (1853, un millón doscientos mil habitantes; media centuria más tarde rayaba en los 9 millones, mientras América del Norte constituía un receptor voraz de inmigrantes). Sin embargo, en esa etapa irrumpe, para prenderle fuego a la competencia de las máquinas, el ludismo, defendiendo, a pesar de todo, sus perspectivas genuinas, humanas: disminuir las horas de trabajo del obrero y aliviar, en líneas generales, la actividad necesaria.
En nuestros días, con trayectorias aún más complejas no falta quien se asuste porque ya hasta el pensamiento cabe en los ordenadores, y volvemos a Weatherby y su advertencia sobre una utilización ideológica –imagen engañosa de acuerdo a Marx- cuyo resultado podría seducir todavía más que el realismo habitual, como dijera Vattimo. Y la anécdota registrada por los guionistas norteamericanos, es, en tal sentido, harto elocuente. Veámosla.
Estos Guionistas –en número de veinte mil en todo el territorio- constituyen la vanguardia ilustre de un sector social que ha empezado a redescubrir su fisonomía de clase, tras la opacidad sufrida durante la segunda mitad del siglo pasado. Por supuesto, la patronal hollywoodense no lo apreciará de ese modo, y últimamente, frente a la inflación que se acelera, respondió a los huelguistas con una singular amenaza: reemplazarlos mediante algoritmos, aunque a costa de la calidad habitual. Y, de hecho, los formatos de suplantación extraídos de la IA, según se dijo, fueron lamentables, por más que hayan servido para rechazar las exigencias salariales que los guionistas habían formulado a la Patronal.
Muy pronto, empero, el episodio de la inteligencia artificial en litigio, se tradujo en un conflicto quizás simple, pero salido del seno de la Lucha de Clases. Núcleos de Conductores africanos, tocados por la solidaridad de clase, se manifestaron adversos a una maniobra destinada a emplear esquiroles capturados en África en contra del genuino reclamo de los guionistas californianos, el verdadero algoritmo de la Patronal. Y la solidaridad intercontinental de los trabajadores pudo más: los empresarios se vieron obligados a pagar a los guionistas el reclamo salarial en exigencia, mientras del mal llamado Oriente –China está al Occidente del Continente americano- llegaban otros efluvios: los obreros, por su cuenta, recortaban las horas de trabajo activo y facilitaban, al mismo tiempo, el ingreso de mayor número de jóvenes a la plantilla.
Es la herencia de Mao, cuestionada aquí y allá por ciertos detractores, airosa desde 1949 con la Revolución China, tras veinte años de Guerra Civil1, algo que más de un desmemoriado trata de no percibir, sin ver que el papel de la máquina en relación con el trabajo humano, pasa en verdad por allí.