Corrientes, domingo 03 de mayo de 2026

Sociedad Corrientes

La Comuna y el anuncio de los días que corren

01-03-2023
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( Por Arturo Zamudio Barrios, para momarandu). El 17 de marzo de 1871, tras la traición de buena parte de la tropa de “Napoleón, el Pequeño”, los obreros de París, junto a una milicia popular, organizada como partido político, se hizo cargo de la desventurada ciudad, en cuya periferia las tropas de Bismarck iban a lanzar con la victoria sobre el rival histórico el nuevo imperio alemán. Los obreros franceses, en cambio, pensaban en otra cosa y proclamaron a una el capítulo de una etapa que llega hasta hoy: “El primer gobierno obrero de la historia, escribió Atilio Borón; igualdad de mujer y hombre, paridad de salarios de funcionarios y obreros, revocatoria de mandatos y mandato de comunas.

 “Ambos ejércitos se acababan de enfrentar en la guerra franco prusiana… prosigue Borón…, pero esta realidad escapa a municipios como Lyon y Ruan, cuando desoyen el llamado parisién a defender a la Comuna. Louise Mitchell, con su aire de fatalidad tan de la mujer de ese tiempo, sabe que están perdidos en la capital y monta en Montparnasse, aprovechando las instalaciones del cementerio, todo el armamento del que la revolución dispone, mientras tanto, los combatientes de ayer -hombres de Bismarck y soldados de Tiers, que bastante poco valieron en combate-, caen sobre los comunards y comienzan la matanza: 17 mil hombres son ejecutados, 40 mil, detenidos, muchos de ellos muertos y, no pocos, deportados. Los adolescentes, respondones y dignos son cazados como salvajes por las calles (Atilio Borón: Gloria imperecedera a la Comuna de

París hace 150 años).
Casi media centuria más tarde Lenin, victoriosa la Revolución de Octubre, nos cuenta la neoyorkina Jacobin (“La Comuna de París sigue siendo faro para un cambio radical”), cuenta los días transcurridos tras ésta (61 días) y baila en la nieve al superar la cantidad de jornadas que aquella había vivido. ¿Ha empezado ese tramo de la historia cuya escritura correrá por cuenta de trabajadores y campesinos, la gente pobre de la ciudad, cuya unidad -tal como pensaba Howard Fast al recrear la gesta de los gladiadores de Espartaco- era el punto de partida para un orden social distinto?

Sí… Un nuevo tiempo nacía a pesar del odio y la maledicencia que desde hace 100 años trata de empañar la lucha de los pueblos, y nuevas tentativas de seguir rumbos más o menos cercanos, se atisban aquí y allá; como escribían en la revista norteamericana, que mencionamos, lúcido exponente de uno de los centros históricos donde “la burguesía procura disimular su dominio, creando la ilusión de lo común en cuanto es estrictamente disfrute privado (“el 1 por ciento de la población norteamericana”, y cabe remarcar allí el fin de los siete siglos de pandemias que el capitalismo ha arrojado sobre los hombres, desde la destrucción de las culturas del continente (90 millones de almas aniquiladas mediante enfermedades desconocidas en él) hasta la tuberculosis, inseparable del ciclo de expansión del capital y de la denominada “Revolución Industrial”.

Quizás no se vea con claridad hoy este fenómeno, debido a los altibajos y numerosos yerros que todo tiempo de cambios profundos arrastra consigo. Por lo tanto, suele ocurrir que se visualice mejor el desastre en incremento que las perspectivas también nacientes. “Ningún Ejército Rojo vendrá a salvarnos y nuestra labor reside en sobreponernos a los efectos de esa ideología que, opresivamente, gravita sobre nuestras consciencias”, añade Jacobin.

Pero la hora en esbozo, si miramos con objetividad, asiste a un estadio de inconsecuencia entre la labor humana y la naturaleza, motor de toda pandemia, y a un desajuste paralelo entre el producto bruto de ésta y su apropiación colectiva. No basta, por consiguiente, pensar en solo la memoria y el juicio para enfrentar lo sufrido, sino en una revolución cuyos efectos pongan a los hombres y el mundo que le rodea en condiciones totalmente diferentes. Lo que, mirado desde más cerca, se inicia pese a los fracasos en aquella gesta del ‘71; por eso, la experiencia obtenida, por los sucesivos acosos que enmarcaron a la Revolución de Octubre, recibió hace un año un reconocimiento que no se esperaba. Lo vaticinó sin tapujos el presidente ruso: el estado soviético no existe ya, pero subsiste su aparato de salud, y lanzó una campaña de creación de vacunas contra el coronavirus, cuyos resultados se mostraron pronto: hoy no alcanzan las dosis para responder a las demandas de todo el mundo, y China y su tradición revolucionaria también ha salido a ocupar su lugar en el ruedo, tanto como Cuba, mientras los monopolios del “imperio yanqui” (no las víctimas del pueblo estadounidense, indigentes y empobrecidas, obligadas en fábrica por la “disciplina empresarial” a orinar en botellas o defecarse encima) gozan de muy buena salud gracias a la atención estatal y bancaria de la crisis.


De ahí el recuerdo vivo de la Comuna, cuyos días de vigor, al parecer tan escasos, siguen vigentes mediante una historia pasada que, como decía Walter Benjamín, tiene repercusiones de ahora. Abrieron un ciclo los comuneros y voltearon la Columna de Vendòmme, llamando a los pueblos a la paz mientras las clases dominantes impulsaban las feroces guerras del siglo XX; y destruyeron al mismo tiempo el otro símbolo del despotismo, el de la Bastilla, cuya pervivencia recordaba al pueblo francés cuánto había sufrido en 1789 para que sobre él cayese el peso de la victoria burguesa. ¡Aleluya, entonces, por la memoria perenne de la Comuna de París!