( Por Jose Miguel Bonet *) Con el tiempo hemos de tratar de algo misterioso, oscuro y muy difícil de captar, pues una parte de él ha acontecido y ya no es, otra está por venir y no es todavía y parece imposible que lo que está compuesto de no ser tenga parte en el ser.
Weber, uno de los padres de la sociología, afirmaba que fue la aparición de la nueva moral protestante la que facilitó el desarrollo del sistema capitalista: mientras los católicos trabajaban para vivir, los protestantes vivían para el puro hecho de trabajar.
Los protestantes, al fin y al cabo, eliminaron las garantías que suponían los sacramentos católicos. Ni bautismo, ni penitencia, ni eucaristía: ninguno de ellos avalaba la salvación. De hecho, en el caso de los calvinistas llega a existir incluso una doble predestinación: Dios, de partida, condena a algunos hombres y salva a otros. Por tanto, según explica Weber, los protestantes tuvieron que buscar otro tipo de señales que simbolizaran que Dios estaba de su lado. Es así como el éxito en la vida terrenal comenzó a ser visto como una marca del beneplácito celestial. Por eso los oficios se convirtieron en un fin en sí mismos; eran una manera de honrar a Dios y de multiplicar los talentos, tal y como se exhortaba en la Biblia.
Los católicos aspiraban trabajar para poder vivir, sabedores que el trabajo es una condena, mientras que los protestantes viven para trabajar. «Es un error afirmar que aquellos que huyen de los asuntos del mundo y se dedican a la contemplación llevan una vida angelical. Ningún sacrificio agrada más a Dios que el que cada uno se ocupe de su vocación y estudios para vivir bien a favor del bien común», afirmaba Calvino en sus comentarios a los Evangelios.
Un mundo feliz describe un mundo utópico, irónico y ambiguo donde la humanidad es permanentemente feliz, donde no existen guerras ni pobreza y las personas son desinhibidas, tienen buen humor, son saludables y tecnológicamente avanzadas.
La ironía de esta perfección creada por el ‘Estado mundial’, la entidad que gobierna en este mundo feliz, es la aplicación de medidas que eliminan a la familia, la diversidad cultural, el arte, la ciencia, la literatura, la religión y la filosofía.Pues al fin y al cabo, el consumo se ha convertido el motor de nuestro siglo con la creencia extendida de que el consumo excesivo y la obtención continua de bienes materiales nos harán más felices.
En nuestra sociedad hiperproductiva, en la que cualquier actividad ha quedado supeditada a los estándares de la rentabilidad, la dinámica propia del consumo y a una vertiginosa y anestesiante rapidez, pasear o deambular sin ningún tipo de finalidad puede parecer una rareza. Nos desplazamos para ir al trabajo o a nuestro centro de estudios, para acudir a terapia o para reunirnos con nuestros amigos. El «para» –es decir, la utilidad y el provecho– es el nuevo ídolo de nuestro tiempo: nada se hace sin que eso que se hace encierre un beneficio determinado.
Esta percepción de la realidad como un escenario en el que siempre se gana o se pierde lo ha convertido, a su vez, en un lugar inhóspito y hostil, en el que todos somos enemigos y donde las circunstancias se presentan como una oportunidad para lograr el éxito y el progreso esperados del sujeto, amenazado por las voraces y acechantes fauces del continuo rendimiento. O visto desde el prisma complementario, donde todos estamos a un paso del fracaso –considerado este como una no adaptación a lo exigible–, a las expectativas depositadas en el individuo contemporáneo: eficacia, fama, dinero.
A este respecto, el filósofo Byung-Chul Han se ha mostrado contundente. Como defiende en Psicopolítica, Somos conscientes prisioneros que, bajo una entusiasta ilusión de libertad, se autoexplotan: «Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. […] La explotación de la libertad genera el mayor rendimiento». Fundamentalmente, porque es una esclavitud libremente asumida: un sometimiento aceptado del que no nos podemos liberar salvo que queramos quedar atrás: «Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona». Ya antes que Han lo había denunciado el alemán Peter Sloterdijk en su breve ensayo, Estrés y libertad, donde se refiere a un malestar «que impregna nuestro ser en la civilización técnica de un sentimiento de fugacidad cada vez más intenso. Este sentimiento es indisociable de que nuestra sociedad está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito».
La ilusión de la velocidad es la creencia de que ahorra tiempo pero, en realidad, la prisa y la rapidez lo aceleran. En el mundo actual, la lentitud es tremendamente subversiva: necesitamos ir más despacio para poder vivir.Vivimos corriendo, sumidos en la rapidez, la prisa y lo inmediato; el running es el epítome de nuestro tiempo. Corremos como pollos sin cabeza, viajando hacia ninguna parte, en una rueda sin fin como ratones de laboratorio. Deprisa, deprisa fue una polémica y premiada película de Carlos Saura que reflejaba con crudeza la vida sin destino de unos jóvenes delincuentes del extrarradio madrileño, acelerados, violentos, sin rumbo (¿como nuestro mundo?.Se conoce como la Gran Aceleración al fenómeno de rápidas transformaciones socioeconómicas y biofísicas que se inició a partir de mediados del siglo XX como consecuencia del enorme desarrollo tecnológico y económico acontecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial y que ha sumido al planeta Tierra en un nuevo estado de cambios drásticos inequívocamente atribuible a las actividades humanas, dando lugar a lo que se conoce como era de los humanos o Antropoceno, caracterizada por el enorme crecimiento del sistema económico-financiero mundial, el desarrollo tecnológico y la profunda crisis ecológica y biofísica.
Ante este panorama apresurado, acelerado, necesitamos parar, sosegarnos, reflexionar, determinar fines para la vida buena, tomar perspectiva. En este sentido, la lentitud es tremendamente subversiva. Necesitamos ir más despacio para poder vivir. Mirar, contemplar, recrearse, fijarse en el detalle, caminar y no correr, y hacer camino al andar, en palabras del maestro Antonio Machado
Es en este contexto donde nace la economía de impacto. A mí me gusta llamarla «economía con sentido»: nace, por un lado, de la necesidad personal de sentir que contribuimos en positivo, que tiene sentido la cantidad de horas que trabajamos y la energía que le dedicamos; por otro, nace con la vocación de cambiar paradigmas muy arraigados, como el éxito de la empresa y sus ejecutivos (basado exclusivamente en la rentabilidad) y el del inversor (que sólo valora el retorno de su inversión sin preocuparle a qué contribuye su dinero). Necesitamos urgentemente una transformación sistémica: un cambio de mentalidad, otra forma de evaluar qué tendencias queremos apoyar como sociedad y para qué.
De ahí, y esto es clave, la necesidad de nuevos incentivos que provoquen que el dinero y el talento se sienta atraído por resolver desde la empresa problemas reales y retos clave a medio y largo plazo. En definitiva, que se sienta impelido a contribuir a revertir nuestra tendencia autodestructiva de una forma consciente y sistemática. La economía de impacto, así, pretende incentivar el nacimiento, el crecimiento y la consolidación de empresas que, siendo rentables, tienen como objetivo hacer un mundo mejor; empresas que miden cuánto, pero también cómo lo consiguen, y que no renuncian a tomar decisiones con ese criterio como protagonista.
En 2004, el ensayo ‘Elogio de la lentitud’ (RBA), del periodista y escritor canadiense nacido en escocia, Carl Honoré, se convirtió en un ‘best-seller’ internacional: de sus páginas nació un movimiento tan potente como vivificador, el movimiento ‘slow’. Desde entonces, millones de personas de todo el mundo se han esforzado por fraguar la serenidad y el paso firme con el desafío que representa la cultura de la prisa y las nuevas tecnologías. En 2022 nació en España el movimiento Tiempo de arte, iniciativa que pretende impulsar el modo de vida ‘slow’ a través del arte y de las infinitas posibilidades transformadoras que ofrece para el ser humano.
Lo que hice fue la copia de un popurri de muchos:artículos,para que nos ayuden a reflexionar y pensar como gastamos nuestro tiempo.
* Desde Mburucuyá.